Las Provincias

El centenario más fresco

El centenario más fresco
  • El Mercado Central celebra 100 años de la primera piedra

  • Los vendedores miran el futuro con críticas por la falta de accesos en coche y esperanza por la fidelidad de los clientes a sus paradas

Una mascletà en la 'catedral', la explanada de la plaza del Ayuntamiento, y una paella para 2.000 personas. No hay mejor manera de celebrar hoy el aniversario del inicio de la construcción del Mercado Central en 1915, el final de un año con varios eventos que dejan en el aire una pregunta inevitable: ¿Qué futuro tiene uno de los mayores mercados de fresco de Europa?

Ha pasado mucho tiempo desde que el Ayuntamiento aprobó el concurso para la construcción del edificio, en concreto el 7 de marzo de 1910, el mismo año que el Rey Alfonso XIII dio un golpe simbólico con un ladrillo a una pared, en lo que debía ser el inicio de las obras.

Pero algunas cosas no cambian y la primera piedra se puso el 30 de diciembre de 1915, en un acto al que no acudió el alcalde, Francisco Maestre, conde de Salvatierra. «Estaba haciendo la siesta, cuentan las crónicas de aquella época», indica Ángel Martínez, coautor junto a Andrés Giménez del libro 'Mercado Central. 100 años de nuestra historia», que se presentará el próximo 7 de diciembre.

El motivo fueron discrepancias políticas entre liberales, conservadores y blasquistas, un ejemplo de que la historia del cap i casal es cíclica. No fue hasta el 15 de marzo de 1928 cuando se inauguró de manera oficial con una comida regalada por los vendedores a los más humildes de la ciudad, que eran muchos.

Esa es la historia pasada hasta que el edificio modernista abrió sus puertas, aunque lo que interesa realmente es la opinión de los comerciantes acerca de un futuro incierto y un presente donde las relaciones con el Ayuntamiento se han enrarecido por las decisiones del gobierno tripartito en materia de tráfico.

El presidente de los vendedores, Francisco Dasí, responde a la gran pregunta a primera hora de la mañana, después de coordinar la carga de una furgoneta, repleta de cajas llenas de embutidos y otros productos que venderán en su puesto.

Entre apresurados bocados de tostada empujados con tragos de café con leche, rápidos como es la penitencia habitual del empresario autónomo, señala que el secreto del futuro para el gran mercado estará en mantener su oferta comercial. «Por eso la gente sigue viniendo, lo que encuentra aquí no está en otro sitio, la frescura y la profesionalidad; los comerciantes son catedráticos del producto fresco, que lo presentan y arreglan personalmente porque conocen al cliente».

En cuanto al futuro del mercado, medita unos segundos antes de añadir que es «complicado, hay que mantener el equilibrio, la esencia es lo que es pero también hay que evolucionar, como por ejemplo modificando los horarios pero sin entrar en competencia con la gente que tiene en eso su punto fuerte, porque entonces ya no podremos dar una buena atención personal».

En una superficie comercial de 8.160 metros cuadrados y con 297 titulares de puestos, el Mercado Central da de comer a más de un millar de familias. Para ser rentable necesita una afluencia elevada de clientes, lo que ahora se intenta combinar con el aumento de la venta a domicilio por internet.

«Hay que utilizar la tecnología, y todavía podemos tener más oferta gastronómica. Hay que procurar combinar la alimentación tradicional única de nuestra huerta más próximas con productos internacionales traídos desde miles de kilómetros. Si no, no se podrá sobrevivir».

Pero un problema ensombrece la celebración de los cien años de la primera piedra del edificio diseñado por Francesc Guardia y Alexandre Soler, colaboradores del gran Doménech i Montaner. «Teníamos un problema por la falta de aparcamiento al que ahora se añade el de la accesibilidad», dice tajante Dasí, quien apunta que del barrio «vendrá como mucho un 15% de los clientes. Necesitamos facilidades para todos los que quieran venir en su coche o en transporte público».

«Los vecinos de la zona son muy importantes pero vienen de todos los distritos y los pueblos, por ejemplo de Mislata, ahora que algunos critican esa línea de autobús. Se han acostumbrado a este mercado y cualquier cosa les parece poco; por eso nos desesperamos para que abra el parking de Brujas y cuando ponen trabas para el vehículo privado». En su opinión, el Ayuntamiento «ha de procurar que el entorno sea muy agradable, tenemos clientes muy fieles y mucho que agradecerles», en referencia a los que llegan de las afueras de Valencia

Por esa razón, la asociación envió hace tiempo una carta al alcalde Joan Ribó. «Le tuvimos que pedir amparo, que fuera más sensible y sensato, además de que hay cosas que debe paliar, como que el parking no esté en marcha y que el acceso no sea complicado. Es una pena porque es el único problema que tenemos con el Ayuntamiento».

Cada miércoles, los vendedores hacen un paro de unos minutos, junto a sus puestos y con las luces apagadas. Es la manera que tienen de protestar por la falta de respuesta del gobierno municipal. «Antes de intervenir en la plaza del Mercado se tenía que haber abierto el parking de Brujas», asegura. La principal petición pasa ahora precisamente en que no se haga nada más. «No pueden seguir interviniendo en el entorno hasta que abra el aparcamiento. Hablamos de la calle de la Paz, la plaza de la Reina o la calle San Vicente».

El Mercado Central es uno de los lugares más visitados por los turistas. «Generan una solución para algunos y problemas para otros, hay vendedores que viven de ellos, pero cuando llegan muchos a la vez... Ambientan el mercado y hablan bien de nosotros, pero no somos un mercado turístico, nuestro enfoque no es hacia ellos».

Dasí habla de cierta leyenda urbana acerca de que el Central es un mercado caro. «No es cierto, lo incluye todo. Cuando se dispone de 70 fruterías seguro que hay un rango de calidades y precios que lo incluyen todo. Si quieres un producto como la primera seta de la temporada o la mejor naranja, igual te cobran más, pero no hay problema en hallar otros a precio más bajo».

Del edificio apunta que el mantenimiento debe ser municipal. «Es un Bien de Interés Cultural, el mercado necesita que se mantenga limpio con un repaso de cristaleras y fachadas cada dos años. Eso por lo menos el Ayuntamiento debería hacerlo. En su día se hizo una inversión importante pero es insuficiente».

La comodidad de los clientes es lo primero, por lo que hace tiempo se colocaron unos ventiladores ante los problemas del aire acondicionado. «No han funcionado cómo queríamos, refrescan pero el género sufre, no creo que se gasten el próximo verano», apunta. Desde 1986 tienen un convenio de autogestión: «no creer en ese sistema sería como pegarte un tiro en el pie. En manos del Ayuntamiento esto no podría funcionar igual. Somos casi una empresa de servicios», finaliza.