Antonio Llombart: «He jugado poco con mis hijos y ahora, con los años, siento que me lo he perdido»

Antonio Llombart es uno de los médicos más prestigiosos de la Comunitat. El IVO es su gran obra. /Damián Torres
Antonio Llombart es uno de los médicos más prestigiosos de la Comunitat. El IVO es su gran obra. / Damián Torres

La admirada figura de un padre cosmopolita y entregado a la investigación de enfermedades como el cáncer marcó la trayectoria de uno de los médicos valencianos más importantes. Ya rebasados los ochenta, todavía mantiene una gran actividad: divide su tiempo entre la facultad de Medicina y el IVO

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Entrar en el despacho de Antonio Llombart, el doctor, el catedrático, el maestro, es abrir la puerta a un pedazo de la historia de la medicina, de sus avances, de sus reconocimientos. De la contribución de una persona que ha dedicado su vida al cáncer, con la fundación del IVO, una de las instituciones más valoradas a nivel internacional. Apenas cabe espacio en las paredes para más títulos, menciones y fotografías, y en los estantes para más carpetas y documentos. «Es que todavía trabajo mucho», parece justificarse Llombart, con la bata blanca y su nombre bordado que cada día se pone sobre la camisa y la corbata, a pesar de que ya ha rebasado la barrera de los ochenta y podría dedicarse a la vida de jubilado. Pero, claro, su vida es esa bata blanca.

-Le tengo que decir que es un honor para mí poder sentarme aquí y hacerle una entrevista.

-(Corta) No, mujer, no diga tonterías.

-Es que si miro su currículo es impresionante lo que ha hecho. Abrumador, diría yo. ¿Qué es lo que siente usted ahora si mira atrás?

-Es una sensación un poco especial, porque uno se da cuenta de lo mucho que ha evolucionado la sociedad española y la medicina en temas como el cáncer, y en lo que he tenido la suerte de participar. Porque en estos cincuenta años de carrera profesional es cuando se han producido los mayores cambios en la medicina. Piense que yo nací antes de la Guerra Civil y, obviamente, apenas tengo recuerdos de ella, pero sí de la Segunda Guerra Mundial, de la posguerra. Y veo que le debo mucho a mi padre, porque en aquella época tenía una visión muy clara de lo que era la formación universitaria, así que a los diecisiete años me mandó a Alemania a pasar el verano e incluso hice una especie de Erasmus adelantado.

-Es que las cosas eran muy distintas entonces, claro.

-Yo creo que fui uno de los primeros en salir al extranjero, que entonces era toda una peripecia. Mi padre tenía un amigo en Colonia y después de la guerra contactó con él, quien le propuso que pasara el verano con ellos. Fui en tren vía Barcelona, Portbou, Basilea, hasta llegar a Colonia. Aquello fue una odisea, dos días en tren, el mismo recorrido que ahora se puede cubrir en dos horas. Aquella experiencia me fue muy útil porque aprendí alemán, y con una beca del gobierno bávaro acabé allí la carrera e hice la especialidad. Fueron tres años, sumado a otro más en Inglaterra y una temporada en Francia, donde conocí a mi mujer. En París nos casamos. Toda una peripecia, ¿eh?

Antonio Llombart conserva en su despacho en la Facultad de Medicina decenas de reconocimientos.
Antonio Llombart conserva en su despacho en la Facultad de Medicina decenas de reconocimientos. / Damián Torres

-Su padre también fue médico, y muy prestigioso. ¿Usted no se lo pensó? ¿Tenía clara su vocación en ese sentido?

-Quizás lo elegí un poco por mimetismo, al ver lo que hacía mi padre. Él había sido discípulo de un gran patólogo e histólogo español, Pío del Río-Hortega, y fue quien le mandó con una beca a París y a Berlín, antes incluso del nacimiento del nacional-socialismo en Alemania en los años treinta. Por ese motivo tuvo siempre una mentalidad muy abierta, europea, y a sus hijos se lo transmitió igual. Me acuerdo, además, que en la calle de la Paz -todavía hay una placa en el número 31- tenía una clínica de anatomía patológica, y de niño me pasaba mucho tiempo en el laboratorio, con el microscopio.

-Siguió incluso con su misma especialidad.

-Bueno, me gustaba, pero creo que no tiene ningún mérito porque fue una continuidad, quería seguir la labor que desarrolló mi padre, e incluso conseguí la plaza que él dejó libre aquí en la Universidad al jubilarse. En realidad, este despacho es el que tenía él, aunque ahora esté muy modificado.

«En los años cincuenta pasaba los veranos en Alemania. Tardaba dos días en llegar»

-Son valencianos, pero cosmopolitas en una época, como usted mismo ha dicho, en que poca gente se movía de su ciudad. Usted nació en San Sebastián.

-Al volver de Alemania a mi padre le dieron un puesto de trabajo en San Sebastián. Era entonces 1933, y allí vivieron durante diez años. Creó una entidad, el Instituto Radioquirúrgico, uno de los primeros hospitales de cáncer que hubo en España, junto a un grupo de amigos médicos, que pensaron que era, ya entonces, una de las enfermedades más graves. Todavía existe el centro. Nuestra vinculación con el País Vasco ha seguido con los años, porque, aunque de allí fueron a Madrid y luego a Valladolid, mi padre compró una casa en un pueblecito llamado Urnieta, en Guipúzcoa, donde hemos ido muchos veranos todos los hermanos.

-Una zona difícil si hablamos de terrorismo.

-Es uno de los pueblos con más problemas desde el punto de vista abertzale y el separatismo vasco, pero nosotros en aquella época estábamos muy integrados. Es más, tengo dos hermanas que se casaron con vascos, y que viven en Tolosa. Mire qué curiosidad, cuando yo estuve en París conocí a mi mujer, y trabajando allí le dije a otra hermana, técnica histológica, que se viniera conmigo para desarrollar unas técnicas un poco delicadas. Conoció a un patólogo y se casó, así que hemos hecho intercambios (ríe).

-Las inquietudes de su padre no acabaron en las consultas. Estuvo implicado, también, en política.

-La lucha contra el cáncer y la política estuvieron, en el caso de mi padre, muy unidas. En Valencia esa batalla la empezó mi padre junto al marqués del Turia, don Tomás Trénor, cuando él era alcalde y mi padre teniente alcalde. Fue un hombre de derechas, muy liberal y a la vez religioso, católico practicante. Estuvo en la CEDA durante la Guerra Civil, en la que no participó porque ya estaba casado. Posteriormente se implicó mucho en la Asociación Católica de Propagandistas, y cuando don Tomás le preguntó si quería ser concejal de sanidad no se lo pensó. Y en ese puesto estaba cuando se produjo la riada del 57.

-¿Nunca quiso usted meterse en política?

-No. Uno siempre tiene tentaciones pero es tan desagradecida la política… tan efímera, tan cruel, y necesitas tener un armazón tan duro que me produce rechazo.

-Lo vio en su sobrino, Manuel Llombart, que fue conseller de Sanidad en el último Gobierno del PP de Alberto Fabra. ¿Le pareció bien?

-Una de las cosas que más respeto es la libertad de las personas, y cómo no, de todo aquello que hagan mis hijos y mis sobrinos. A Manu lo aprecio como si fuera un hijo, él lo sabe y se lo he dicho en varias ocasiones, que yo no lo hubiera hecho. Pensó que sería interesante, que además beneficiaría a la institución, porque entonces era director general del IVO. Creo que hizo una buena obra, que, en conjunto, el balance fue positivo, aunque no estuvo exento de críticas que yo mismo le he trasladado en más de una ocasión.

En la facultad de Medicina, Llombart ha dirigido más de un centenar de tesis doctorales, la última se leerá el próximo mes de diciembre.
En la facultad de Medicina, Llombart ha dirigido más de un centenar de tesis doctorales, la última se leerá el próximo mes de diciembre. / Damián Torres

-¿No ha tenido ningún problema en decirle lo que pensaba de sus actuaciones?

-No, y en algunas no me ha hecho ni caso (ríe). Por eso son los políticos los que toman sus decisiones. Que, por cierto, tengo una hija, Patricia, que no es política, pero casi, porque ocupa el cargo de embajadora de la Comunidad Europea en Colombia. Abogada de formación, ha hecho toda su carrera en la UE y como directora general de seguridad estuvo muy implicada en todos los temas relacionados con Oriente Medio.

-¿Siente a veces más orgullo por lo que han hecho sus hijos?

-Desde luego, tengo la satisfacción, además, de que mis hijos han sabido triunfar en la vida.

-¿Cuánto cree que tiene usted de culpa en ese éxito?

-Yo creo que los padres enseñan a sus hijos a través del ejemplo, dándoles además la libertad de opción para que cada uno hiciera lo que quisiera. Tengo dos médicos y otros dos de letras, y a ninguno le forcé a que siguiera un camino. Quizás sí les enseñé lo dura que es la vida, que hay que trabajarlo mucho, de eso sí estoy orgulloso.

«De Francia me llevé a mi mujer y nos casamos en París; yo, que era germanófilo»

-¿Cuánto le ha dejado la intensidad a nivel laboral para su vida fuera de las aulas, de los despachos, de las consultas de los hospitales?

-Tengo un remordimiento de conciencia con mis hijos cuando eran pequeños. Yo entonces estaba en plena evolución de mi carrera y en eso le tengo que agradecer mucho a mi mujer, Nadine, que se ocupó de ellos, y siempre fue una gran madre. En esa época no me dediqué tanto a mis hijos como me hubiera gustado. Primero estuve preparando oposiciones, que en aquella época era durísimo, una verdadera batalla con plazas limitadas y concursos muy competitivos que se parecían más a una notaría. Y en aquella época me encerré a estudiar, publicar, trabajar… iba a contrarreloj. He jugado poco con mis hijos y eso, ahora a mi edad, siento que me lo he perdido.

-Le pasa a mucha gente, que entre los veinticinco y los cincuenta están más ocupados en su vida profesional.

-Tratas de triunfar en tu profesión y eso lo paga la familia, los hijos. Y en el caso de las mujeres es peor. Mi mujer estudiaba Arquitectura en Francia, se dejó los estudios al casarse, y una vez aquí hizo informática y estuvo trabajando en el Instituto Rodríguez Piñero, pero a tiempo parcial. Ella sacrificó su carrera y su vida a los hijos, eso lo tengo bien claro, que ha sido una de las perdedoras. Bueno, le tengo que decir que durante veinte años fue cónsul de Francia en Valencia.

-¿Qué tiene usted de francés?

-Le tengo que decir que mis sentimientos con Francia no eran demasiado afines porque en mi juventud me sentía muy germanófilo, hasta que conocí a mi mujer. Imagínese, que ahora soy 'chevalier' de la Legión de Honor (ríe).

-Antes comentaba que considera que la vida es dura. ¿A usted le ha costado mucho lograr todo lo que ha conseguido? ¿Cuál cree que es el secreto para lograrlo?

-El secreto es el trabajo y la constancia, y centrarse en lo que uno hace, no desperdigarse en otros proyectos porque de otra forma te pierdes. Y esa constancia es lo que le da a uno capacidad para conseguir alguna cosa, aunque yo no creo que sea mucho lo que he logrado.

«A mi sobrino Manu le hice críticas como conseller. En algunas no me hizo caso»

-Perdone mi cara de incredulidad.

-Se lo digo con sinceridad, lo único que he alcanzado, a mis ochenta años, es poder trabajar hasta hoy y seguir unos años más.

Es increíble cómo se resta méritos mientras las paredes del despacho desmienten sus palabras. Pero no solo hablan los cuadros. Antes de comenzar la visita me enseña el departamento de Patología de la facultad, y nos asomamos a una de las clases de prácticas, llena de futuros médicos frente al microscopio. El profesor del aula le pregunta, con una mezcla de admiración y respeto, si quiere explicarles a los alumnos la suprarrenal, que sería un honor para ellos.

Antonio Llombart forma parte de la historia de la medicina
Antonio Llombart forma parte de la historia de la medicina / Damián Torres

-¿Nota el cariño de la gente, la admiración?

-Siento el respeto, el cariño; que yo esté aquí en estos momentos es una situación excepcional, porque soy profesor emérito, de honor, y todas esas cosas, pero además he mantenido mi despacho, sigo teniendo colaboradores, trabajando en proyectos de investigación, en tesis doctorales...

-¿No ha querido dejar de aprender?

-Es que no se debe dejar de aprender nunca.

-¿Ha tenido esa curiosidad siempre?

-Sí, es que es apasionante cómo está evolucionando la medicina. A mí me parece algo increíble.

-¿Siente que no verá muchas cosas?

-Bueno, no, yo lo que quiero es ver bien las que existen ahora, y predecir un poco lo que va a ser el futuro, que está cambiando de modo vertiginoso. El otro día estuve en el Congreso de la Sociedad Europea de Patología, que se reunió en Bilbao en su treinta aniversario, y me invitaron a dar la conferencia de apertura. En mi intervención dije que el microscopio va a desaparecer con la digitalización de las imágenes, un instrumento tan icónico para la investigación. Y ese es uno de los paradigmas.

«El conflicto del IVO con la Conselleria me quitó el sueño. Sentí que peligraba»

-¿De qué se siente más orgulloso?

-No sé. Orgulloso de haber podido continuar con el trabajo que inició mi padre, del IVO, que es una gran obra, y de este departamento. Yo podría haberla recibido a usted en el Instituto Valenciano de Oncología -ocupa el cargo de presidente del patronato-, o en la Real Academia de Medicina, donde soy académico de honor, pero prefería que fuera aquí porque cada día me pongo la bata y estoy feliz de ser profesor.

-Volvamos al IVO. ¿Cómo vivió usted los enfrentamientos con la conselleria?

-Lo viví como un reto. Es una institución que tiene un gran prestigio, que hace las cosas muy bien, y en aquel momento sentí que estaba en peligro y había que salvarlo. Teníamos que poner toda la carne en el asador y eso es lo que hice, al igual que el resto de patronos. Porque se creó una situación confusa, quienes lo atacaban lo hacían por envidia, diciendo que era una institución privada. No lo es, se trata de una entidad pública que está gerenciada por personas que no están en política, que no vivimos los vaivenes de derechas e izquierdas. Creo que es una de las obras más bonitas que tiene Valencia. Y hacía falta, porque de otra forma hubiera desaparecido. Y a mí aquella situación me quitó mucho sueño.

-¿Tiene ahora la conciencia tranquila?

-Eso sí. Es importante poder dormir por las noches, aunque en aquella época los políticos me quitaron el sueño. Que fue un momento muy duro y muy desagradable, porque lo importante es que los 24.000 casos de cáncer que hay en la Comunitat puedan tratarse. Y mi mujer es una de ellas. No conozco a ninguna familia que no tenga un caso. Afortunadamente se ha resuelto. Justo el otro día estuve con la consellera Ana Barceló, que me parece una persona con una gran sensatez.

-¿Usted ha tenido mucha mano izquierda?

-Hay que tenerla. He estado ocho años de decano, de presidente de la academia internacional de patología, de la mundial, la europea, todavía estoy en el comité de nominaciones. Y en estos casos hay que tener capacidad de gestión política, tragarse impertinencias y, en ocasiones, saber decir que no.

-Es difícil, a pesar de que uno sepa que no llega a todo.

-Sí, es importante, principalmente porque todo tiene un principio y un fin, y hay que saber dejar paso. Es difícil, porque a mi edad uno piensa que es imprescindible y no es verdad. Importante sí, necesario, nadie, aunque a veces uno puede caer en la tentacion de pensarlo. Que el mundo seguirá cuando desaparezca. Que esto se acaba.

-Con curiosidad e interés por seguir, supongo que todavía le queda mecha.

-A mi edad lo importante es tener salud, que yo veo a compañeros muy cascados… y sobre todo mantener la mente ágil, que aunque a veces tengo lagunas y se me olvida algún nombre, estar activo y tener ilusión es el mejor ejercicio.

-¿Ha llevado una buena vida?

-De joven sí que me he divertido, alguna vez me he emborrachado, y en Múnich, con la cerveza, incluso me han tenido que llevar a casa, pero he procurado hacer una vida sana, sin excesos, y algo de ejercicio. Todas las mañanas practico media hora de gimnasia sueca mientras veo la televisión y me cabreo cuando veo que han dejado de hablarse Sánchez y Casado. Que todo eso es teatro.

-Alguien que trabaja continuamente con el dolor, que se ha dedicado a la patología, es decir, al estudio de las enfermedades, puede plantearse esa situación en sí mismo.

-Sí, sobre todo el sentimiento de dolor; no somos inmunes, sobre todo en una enfermedad como es el cáncer. Porque morir con sufrimiento es lo peor que a uno le puede pasar.

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