Tradición pascual con carácter valenciano

Un día de Pascua a mediados del siglo XIX en el cauce del río Turia. :: LP/
Un día de Pascua a mediados del siglo XIX en el cauce del río Turia. :: LP

Son innumerables las costumbres populares que a lo largo del tiempo se han sumado a celebraciones del rito eclesiástico

ÓSCAR CALVÉ

El particular modo de celebrar las fiestas es seña de identidad propia de cada territorio. La Comunidad Valenciana no es una excepción y la Semana Santa es buena prueba. Aunque las celebraciones litúrgicas deben respetar las normas establecidas por la Santa Sede, son innumerables las tradiciones valencianas que se desarrollan paralela o independientemente al rito eclesiástico.

Como muchos otros valores folclóricos, estas celebraciones populares parecen condenadas a formar parte de los libros de historia y de los museos. La 'Salpassa', comer la mona, volar el cachirulo o 'la tarara' son expresiones de ánimo colectivas del pueblo valenciano vinculadas a estos días de fiesta.

'La Salpassa'

Prácticamente extinguido se halla el 'día de la Salpassa' o 'de les maces' que se celebraba el Miércoles Santo. En el evento se mezclaba lo estrictamente religioso con lo popular. Una comitiva de niños armados con mazas de madera, palos y herramientas rurales acompañaba al sacerdote, al sacristán y a los monaguillos de la población, quienes se encargaban de bendecir una por una todas las casas. El sacerdote iba con sus ornamentos litúrgicos y rociaba con agua bendita personas y domicilios. Durante ese día las casas permanecían abiertas y a través de sus puertas se escuchaban cánticos infantiles: 'Porta oberta, bona coberta; porta tancà, bona maçà'. Lo más habitual es que en cada entrada el propietario esperase junto a una mesa con un plato de sal y huevos. El párroco pronunciaba su bendición, asperjaba agua y mezclaba la sal que traía bendecida con la de cada casa. Si la puerta estaba cerrada los niños tenían permiso para aporrearla y cantar canciones irreverentes contra el propietario de la casa -que tenía la obligación de dar un donativo en forma de huevos o dinero a la Iglesia- y contra el propio sacerdote: 'La Salpassa té maça pa pegar-li al retor, que se'n vaja d'este poble i que en vinga un altre millor'. Quizá ruborice al lector su carácter arcaico, pero no hace mucho la devoción popular percibía que ese era un rito indispensable para la llegada y el asentamiento de Cristo en su vivienda. También suponía la invitación a las fiestas del Tríduo Sacro que conmemoran la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Disfrutó de gran arraigo en la Marina Alta y la Ribera Alta.

Festejos en el campo y menú

Otras manifestaciones de carácter más profano parecen mostrar que el valenciano es más propenso al albedrío pascual que a la penitencia cuaresmal. Sirva de ejemplo la prolongación del periodo festivo hasta la celebración de San Vicente Ferrer. Pese a ello, el imparable avance de las nuevas tecnologías ha repercutido en las formas de relación social, y en este sentido, las fiestas pascuales como mera diversión también ven menguar su impacto. La Pascua más popular se festejaba bajo el cielo abierto, en el campo, en la cañada, junto a un río o una fuente. En lugares alejados de la Iglesia y del forzosamente silencioso centro urbano. Mientras que en las calles se instalaba una sepulcral quietud que incluso obligaba a la sustitución del redoble de campanas por las matracas o 'carrancs', los parajes naturales se veían invadidos de una muchedumbre deseosa de unas actividades que sólo se producían en Semana Santa. Como el especialista Ariño indicaba: «La Pascua consistía en tres días, sobre todo tres tardes, de expansión y de bullicio, de contacto con una naturaleza floreciente». Era necesario un contrapunto alegre a tantos actos religiosos severos dentro del templo.

Comer la mona y la longaniza de Pascua, así como volar el cachirulo era indispensable y exclusivo de aquellas tardes. La mona y la longaniza simbolizaban el final de las abstinencias impuestas por la Iglesia. El dulce, paradójicamente de origen musulmán y cuyo nombre era 'munna', era regalado por el padrino a su ahijado justo al acabar la misa del Domingo de Resurrección, no antes. Junto al embutido, era el refrigerio más práctico para reponer las fuerzas gastadas volando el cachirulo o bailando en círculos. El 'menú' se completaba con el huevo de Pascua, incluido en muchas poblaciones en la mona. Aunque en otros territorios la tradición se ha ido deformando y se elaboran huevos de chocolate, la costumbre era intercambiar huevos cocidos que habían sido previamente decorados en cada casa. Si uno quería un huevo con la cáscara naranja, bastaba con hervirlo junto a unas zanahorias. Antes de consumirlo, los refranes acompañaban la ruptura de la cáscara en la frente de un amigo: 'Ací em pica. Ací em cou. i ací t'esclafe l'ou'.

Las meriendas campestres manifestaban el júbilo por dos causas. Devocionalmente se exaltaba la Resurrección del Señor. En un nivel más terrenal se celebraba el regreso de la primavera, la regeneración de la luz y de la naturaleza más amable con el hombre. Los niños eran los que más disfrutaban esta última circunstancia. En los días previos se confeccionaban sus cometas (cachirulos, milochas o estrellas). Cuando las alzaban al vuelo veían recompensado su esfuerzo. No faltaba 'la tarara', cantada y bailada también por adultos. Se formaba un gran círculo que giraba en un sentido acompasado al ritmo de la melodía. El mejor modo de salvaguardar este patrimonio es ponerlo en práctica. Efectivamente, es una invitación.

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