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El 'Terror' emerge del pasado

El 'Terror' emerge
  • Encuentran en el Ártico el barco en el que hace 170 años desapareció el capitán Franklin con toda su tripulación cuando buscaba el mítico Paso del Noroeste. Un inuit dio la pista

El nombre del 'Terror' se inscribe en los libros de historia de la navegación en letras destacadas, junto a los de otros míticos navíos: el 'Endurance' del capitán Shackleton, que milagrosamente logró regresar a casa sin perder un solo hombre tras quedar atrapado en el hielo antártico; el 'Bounty' del capitán Bligh, hundido por su propia tripulación amotinada, que había buscado refugio en la isla de Pitcairn; la 'Santa María' de Cristóbal Colón, que embarrancó en La Española; el 'Endeavour' del capitán Cook... Al igual que todos ellos, el 'Terror' desapareció bajo las aguas, y su misteriosa suerte abrió la espita de ríos de tinta y dio pie a diversas expediciones de búsqueda, ensanchando su leyenda y la de su capitán. Ahora, 170 años después de perderse su rastro en los helados mares del Ártico, acaba de aparecer en el fondo de una bahía canadiense y en perfecto estado.

El 'Terror' y su compañero de expedición, el 'Erebus', fueron dos de los muchos barcos sacrificados por un sueño quimérico que durante siglos obsesionó a las grandes potencias marítimas, y particularmente al Almirantazgo británico: la búsqueda del mítico Paso del Noroeste, un corredor entre las grandes islas árticas y el continente americano que permitiría conectar el Atlántico con el Pacífico eludiendo el bloqueo de las armadas de España y Portugal y acortando enormemente el recorrido.

En 1817, cuando las potencias del sur de Europa languidecían y la Royal Navy dominaba los mares, la Corona inglesa quiso dar un nuevo impulso a este desafío ofreciendo una recompensa de 20.000 libras esterlinas a quien franqueara por primera vez el paso. Este suculento premio espoleó a navegantes y armadores, que en las décadas siguientes organizaron numerosas expediciones al Ártico. Las dirigidas por John Ross, William Edward Parry y James Clark Ross, entre otros, fueron abriendo camino en los mapas, no sin grandes dificultades.

El hombre que comió sus botas

En 1845, el capitán John Franklin, un curtido marino de 59 años en cuya hoja de méritos constaban su participación en la batalla de Trafalgar y diversos viajes por los mares del sur -llegó a ser gobernador de la isla de Tasmania-, logró que el Almirantazgo le financiara una ambiciosa expedición. Contaba con 128 hombres y dos barcos modernos, modificados para resistir la presión de los hielos y bien pertrechados, el 'Erebus' y el 'Terror'; dos buques gemelos de tipo bombarda, de 31 metros de eslora, tres mástiles y máquina de vapor. Disponía también de las cartas de navegación de sus predecesores en esta misión, que apenas habían dejado sin cartografiar quinientos kilómetros de costa. Y tenía su propia experiencia adquirida en varias expediciones previas, a pie y en barco, por el noroeste canadiense; en una de ellas, donde perdió a más de la mitad de sus hombres, los supervivientes pasaron tanta hambre que desde su vuelta se le apodaba «el hombre que se comió sus botas».

Zarparon de Inglaterra en mayo de 1845 y nunca se les volvió a ver. La falta de noticias no extrañó a nadie en los dos primeros años. La estrategia común a aquellas expediciones consistía en avanzar durante el verano todo lo posible antes de quedar atrapados en el hielo, y cuando eso sucedía sobrevivir al durísimo invierno a bordo, para continuar cuando la primavera siguiente derritiera los hielos. En la larga noche boreal, los hombres eran presa fácil del escorbuto y otras enfermedades.

Pasaron varios años y la espera de las mujeres de los marinos se empapó de temores y malos presagios. En 1954, el explorador John Rae, que cartografiaba la península de Boothia para la Hudson Bay Company, supo por un inuit que un grupo de unos 40 hombres blancos había muerto de hambre en la zona. Entre los objetos recuperados, varios fueron identificados como pertenecientes a la expedición de Franklin. Cinco años más tarde, el capitán Francis Leopold McClintock, a quien la esposa de Franklin había contratado en la última de las cuatro expediciones que financió para buscar su rastro, encontró bajo un mojón de piedras en la desolada isla del Rey Guillermo una nota datada el 25 de abril de 1848 en la que los supervivientes del 'Terror' y el 'Erebus' relataban sus múltiples penalidades. Llevaban dos inviernos atrapados en el hielo, nueve oficiales y quince marineros habían muerto -el propio Franklin había fallecido en la primavera del año anterior- y los restantes habían abandonado los barcos para dirigirse a pie al sur, en un intento desesperado de conseguir ayuda. En los siguientes años se pudo seguir el rastro de estos hombres famélicos a lo largo de un reguero de cadáveres que contaban una espantosa historia de sufrimientos, penalidades e incluso canibalismo. Ninguno de los marinos sobrevivió.

Recientes análisis de los cuerpos de varios de los marineros, congelados durante más de un siglo en el permafrost de la isla Beechey, permitieron descubrir en ellos síntomas de envenenamiento de plomo, comúnmente utilizado en aquella época para sellar los alimentos en conserva. Pero se sospecha que la mayor parte de esas muertes fueron causadas por el escorbuto, el frío, el hambre y el agotamiento.

Un palo en el mar blanco

Hace siete años, Sammy Cogvik, un guardabosques canadiense de la etnia inuit, recorría en su moto de nieve la superficie helada de una bahía del Ártico cuando divisó lo que parecía un mástil emergiendo del hielo. Intrigado, le sacó una foto y siguió su camino. Sin embargo, perdió su cámara y, por temor a que nadie le creyera, no dijo nada de su descubrimiento.

Pasaron los años y Cogvik, que casi había olvidado la anécdota, se enroló este verano en un barco, el 'Bergman', fletado por la Arctic Research Foundation para buscar el 'Terror'. En su primer día de navegación, el inuit reveló al jefe de la expedición, Adrian Schimnowski, lo que le había ocurrido, y le indicó el lugar en que sucedió. El pasado 3 de septiembre, el sonar del 'Bergman' localizó en el fondo de la bahía, a 24 metros de profundidad, los restos de la bombarda. El agua helada se había comportado como «una perfecta cámara del tiempo», según Schimnowski, y lo había preservado «en perfectas condiciones». Los cañones, los tres mástiles con sus aparejos, las anclas largadas, la campana de a bordo e incluso la vajilla y dos botellas de vino permanecían intactos, congelados en aquel fatídico invierno. El responsable de la Arctic Research Foundation asegura que el casco está incólume, hasta el punto de que si se reflotara podría navegar.

La muerte de los marinos del capitán Franklin no fue en vano. En los años siguientes a su desaparición, no menos de doce expediciones británicas y cuatro estadounidenses organizadas para tratar de descubrir el paradero del 'Terror' y el 'Erebus' -que apareció hace dos años en la misma zona- contribuyeron decisivamente a abrir la vía del Noroeste. El primero en recorrerla en su totalidad por mar fue el explorador noruego Roald Amundsen, que posteriormente se convertiría en el primer ser humano en hollar el Polo Sur. Entre 1903 y 1906, acompañado por una mínima tripulación de seis hombres, consiguió la hazaña a bordo del Gjøa, un velero de 21 metros de eslora, de un solo palo aparejado en sloop, y equipado con un renqueante motor de queroseno. El Paso del Noroeste había quedado expedito.