Las Provincias

Grecia, el final inquietante de un gran error

Como estaba previsto, Syriza ha ganado con holgura las elecciones griegas, muy por delante de Nueva Democracia, y gobernará en solitario o con el apoyo de una de las minorías. La Troika, la propia Unión Europea tendrá que gestionar una coyuntura nada sorprendente que es, ante todo, la consecuencia de un grave error: el de haber apretado las tuercas del pequeño país hasta más allá de lo razonable.

Grecia, un país joven, afectado por una crónica inestabilidad que es sin duda el resultado de su gran vulnerabilidad estratégica, ingresó en la Unión Europea en 1981 y en la zona euro en 2001 -con los países más adelantados- pero su pertenencia al club europeo no ha sido capaz de redimirla de su subdesarrollo político y social. En el país heleno, los impuestos no han llegado a cuajar verdaderamente, y las privatizaciones exigidas por la troika han encontrado grandes dificultades porque la propiedad pública ni siquiera estaba bien documentada. En estas circunstancias, le lastre griego ha sido soportable mientras la UE estaba en la opulencia, pero la crisis, que sacó a la luz la falsificación del déficit que llevaron a cabo los gobiernos de Karamanlis –en 2009, al llegar Yorgos Papandreu al poder, se vio que el déficit no era del 3,7% sino de cerca del 13% del PIB-, convirtió la situación del pequeño país mediterráneo en el gran conflicto que a punto estuvo de representar el final de la moneda única.

En realidad, y como acaba de recordar Sami Naïr, todos sabíamos que el logro de la cohesión interna de una Unión Europea con grandes heterogeneidades económicas entre el norte y el sur sólo hubiera sido posible con un presupuesto federal muy elevado y con políticas fiscales comunes, lo que hubiera requerido, por ejemplo, que Alemania hubiese dedicado a tales menesteres cerca del 10% del PIB, algo impensable por muchas razones.

No hubo, pues, más remedio que plantear el rescate de un país claramente inmaduro, lo que requirió unas terapias probablemente insoportables por la ciudadanía helénica (hubiera sido mejor, más justo y psicológicamente más llevadero facilitarle la salida del euro y permitirle por tanto una devaluación radical). Y la troika ha actuado sin la menor sensibilidad, sin ver que se corría el riesgo de sobrepasar los límites de la resistencia ciudadana. Como ha recordado Vidal-Folch, la campaña del partido Nueva Democracia, que estaba gobernando, en las pasadas elecciones europeas se basó en el eslogan “no más recortes”, en un intento desesperado de frenar el ascenso de Syriza; y, sin embargo, el FMI, el BCE y la propia Comisión Europea no supieron reaccionar y continuaron con las exigencias insoportables –nuevas alzas en el precio de los medicamentos en un sistema sanitario ya devastado; más recortes en las pensiones después de haber dejado en la indigencia a los pensionistas…-. Y ello a pesar de que las instituciones encargadas de gestionar el rescate ya están predicando políticas distintas, más orientadas a la inversión que a la estabilidad, una vez que se ha constatado que la Unión Europea está estancada y al borde de la deflación.

Ha sucedido, pues, lo que tenía que suceder: la sociedad griega, hastiada, ha dicho basta a la inflexible ortodoxia que ha conseguido llevar a la miseria a las clases medias pero no que paguen impuestos, pongamos por caso, los armadores del país. Ahora Bruselas, Francfort y Washington tendrán que hacer encajes de bolillos para que la izquierda radical griega no lleve al euro al borde del precipicio… Y quienes gestionan políticamente la Unión deberán aguzar el ingenio para que la experiencia de Syriza no se contagie peligrosamente a todo el flanco sur Europeo, y quien sabe si más al norte. Porque, sin ir más lejos, grupos sociales de Francia están estudiando con interés el fenómeno del ‘Podemos’ español, que a su vez se inspira en el Syriza griego.

En definitiva, hemos asistido al desenlace de un gran error, que obligará al establishment europeo a reconsiderar hasta los fundamentos mismos de la construcción continental. Habría que afrontar la situación con comprensión, flexibilidad y gran capacidad de diálogo porque de cómo se afronte la cuestión desde las grandes instituciones dependerá, de entrada y en una medida nada despreciable, el futuro equilibrio político español.