La yihad en la Comunitat

Una mujer detenida en Gandia, acusada de reclutar combatientes./EFE
Una mujer detenida en Gandia, acusada de reclutar combatientes. / EFE

La región, punto clave de los terroristas en matanzas como el 11-S, 11-M y la cadena de atentados en Casablanca

A. Rallo
A. RALLOValencia

En 1997, la amenaza del terrorismo yihadista no era todavía palpable en Europa. No al menos con la dramática intensidad con la que se extiende hoy el terror, multiplicado desde el atentado de las Torres Gemelas. Pero hace dos décadas salieron a relucir por primera vez los nombres que más tarde, por desgracia, se convertirían en personajes clave del terrorismo en España. Y lo hicieron en la provincia de Valencia, en localidades como Picassent, Torrent y Alginet. Una investigación policial terminó entonces con una célula Grupo Islámico Armado (GIA), una organización sin apenas presencia en la Península pero con un sangriento historial de miles de muertos a sus espaldas. En la Comunitat financiaban sus actividades con pequeños delitos, en su mayoría robos.

En el listado de arrestados, una decena de jóvenes, aparecían Alekema Lamari y Abdelkrim Benesmail. El primero de ellos, años más tarde, lideraría el grupo que atentó en los Cercanías de Madrid, atentado en el que murieron 190 personas. Era el primer ataque yihadista que sufría España. Hay constancia de reuniones de Lamari y otros dos terroristas en la ciudad. Al menos una se celebró en una pollería de la avenida del Puerto. El local ya no existe en la actualidad. El propietario desapareció después de ser detenido y posteriormente puesto en libertad.

Lamari, uno de los suicidas del piso de Leganés, ejerció además de reclutador de terroristas. Fuentes policiales consideran que el cabecilla logró atraer a su causa a otros compatriotas. El CNI le seguía la pista desde que en 2002 saliera de prisión. Sólo había cumplido cuatro años de los 14 a los que fue condenado por dirigir la célula. Los espías españoles mantenían el foco sobre Lamari, conocedores de sus advertencias en la prisión de que presumía de un futuro ataque con coches bomba o suicidas. Ni la Policía ni la Guardia Civil profundizaron en esas pesquisas. Hoy en día, con la experiencia que acumulan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, parece menos probable que estos indicios no fueran analizados.

Ese fatídico año, el 2004, se desarrolló una de las operaciones más importantes contra el yihadismo en España. Casi 40 detenidos en una actuación de los juzgados centrales de Instrucción para abortar planes como volar la Audiencia Nacional y el Santiago Bernabeu.

Una de las principales zonas del despliegue del dispositivo policial fue la Comunitat. De nuevo, en los atestados policiales se recogía el nombre de viejos conocidos. Lo más sorprendente es que seis de los diez detenidos en la región ya habían sido arrestados con anterioridad por otro tipo de delitos y posteriormente habían quedado libres. Así, Jelloul apresado en Gandia tenía antecedentes por robos con fuerza en Melilla. Llevaba dos años en busca y captura. Algo similar sucedía con Salah Zelmat, Redha Cherif y Djamel Sediki. Algunos constaban en los archivos policiales por hurtos, estancia irregular e incluso por la falsificación de dinero. Este grupo, encabezado por Mohamed Achraf, se aprovechó de las estructuras del GIA y del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, organización desarticulada en La Costera en 2001.

Buscados por los juzgados

Valencia también ha sido lugar de paso e incluso formación para otros terroristas. Fue el caso, por ejemplo, de Saad Houssaini, uno de los cerebros del atentado en Casablanca que se saldó con 45 fallecidos. Ocurrió un año antes del 11-M. Mientras culminaba su doctorado en Química en la Universitat de Valencia aprovechaba para vender alfombras en el mercadillo de Benicalap. Otro de los líderes de esta sucesión de ataques en la ciudad marroquí también recaló en la ciudad del Turia. El conocido como Abu Mughen -apodado el hombre de las mil caras por sus numerosas identidades- se reunió en el barrio de Ruzafa con otro de los artífices del 11-M. De nuevo, arrastraba antecedentes. Un juzgado de Valencia mantenía unas diligencias por un delito de estafa. Ese mismo año, en Torrevieja, fue apresado Khaled Madani, el supuesto falsificador de los pasaportes para la célula de Hamburgo que preparó los atentados en las Torres Gemelas.

Eran los tiempos de Al Qaeda, la organización de Osama Bin Laden, que apostaba por núcleos terroristas más organizados. Más de una década después, el perfil de los atacantes -ahora del Daesh- se ha convertido en reclutadores de futuros «muyahidines» que enviar a Siria e Irak y en auténticos especialistas de la «yihad de la palabra», la guerra propagandística a través de las redes sociales. En el campo de la acción predominaban los conocidos como lobos solitarios, terroristas que perpetran sus acciones en solitario.

También la organización terroristas amplió su radio de acción a las mujeres y les dio un papel más activo. Por ejemplo, las dos jóvenes de 18 y 19 años detenidas a finales de 2015 en Xeraco y Gandia por captar y adoctrinar a futuros integrantes del Daesh. Era una novedad hasta entonces.

La Comunitat acumula alrededor de un centenar de arrestos por este tipo de delincuencia. La Safor, la Ribera o la Costera y las ciudades de Valencia y Alicante son los pun tos que copan las ilícitas actividades. Existen varias razones que explicarían esta concentración frente a otras zonas de España. La región dispone de buenas comunicaciones con el norte de África y, además, la importante actividad agraria ofrece un trabajo a buena parte de los emigrantes. Los expertos también han alertado del riesgo de que la Comunitat se vea afectada por el tráfico de armas de grupos yihadistas con destino a Siria y las proliferación de las mezquitas clandestinas, lugar propicio para ejercer el adoctrinamiento con menos probabilidades de ser detectados.

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