Guillermo Carnero: «Los valencianos tienen derecho a usar el valenciano, pero no el deber de hacerlo»

Rodeado de libros. Guillermo Carnero, en un rincón de su estudio, durante la entrevista. :: irene marsilla
Rodeado de libros. Guillermo Carnero, en un rincón de su estudio, durante la entrevista. :: irene marsilla
  • El poeta cree que se debe despolitizar la polémica entre valenciano y catalán

Guillermo Carnero (Valencia, 1947) nos recibe en su domicilio, literalmente empapelado de libros, como era de esperar. Poeta y catedrático de Literatura española en la Universidad de Alicante hasta su jubilación, mientras se somete a la clásica sesión de fotos le pregunta a Irene Marsilla si sabe que su nombre, en griego, significa «la que trae la paz», a lo que mi compañera asiente.

-Hace unos meses escribió un artículo en Levante, 'De Herodes a Pilatos', en el que sostenía que la identidad del pueblo valenciano no se debe construir a partir de la consideración de su lengua propia como diferenciada o no del catalán, primero porque tan propia es el castellano como el valenciano, y segundo porque de lo que se trata es de eludir el eterno debate sobre si valenciano y catalán son o no la misma lengua. ¿Me equivoco en esta síntesis de su artículo?

- No se equivoca. Me parece que es una polémica que hay que despolitizar, y afrontar científicamente, en el ámbito filológico. Centrar la identidad de un pueblo en su lengua es muy peligroso y muy anticuado. Proviene de los nacionalismos incipientes del siglo XIX, que se dan cuenta de que ya no funciona el concepto de 'súbdito' como definición de la identidad de una persona, y hay que fundar esa identidad en la nacionalidad, y ésta en conceptos como la lengua, la raza, la religión y la Historia. Desde entonces ha llovido mucho y hay que ver las cosas de otro modo.

En ese artículo ponía el ejemplo de los países de América latina que hablan español: la lengua no los distingue unos de otros, para eso hay otras razones. Brasil, Portugal y Galicia son independientes entre sí y distintas, dos de ellas naciones, la otra no. Si puede haber dos países con la misma lengua, y un país con varias lenguas, la lengua no es el criterio definitivo. Si identificamos lengua y nación le damos la razón a Hitler, que invadió Austria porque los austríacos hablaban alemán, y luego reclamó la mitad de Checoslovaquia por lo mismo, y luego Polonia porque había polacos que hablaban alemán. Si partimos de esa base caeremos en contradicciones que son impropias del siglo XXI.

-Es decir, Valencia, reino, comunidad, país, como quiera, es pueblo con personalidad propia y diferenciado aunque a lo mejor su lengua no lo es. ¿Sería esa su tesis?

- A mi modo de ver, esa personalidad no viene determinada por la lengua a la que usted se refiere. Para empezar, en Valencia hay que decir «sus lenguas» y no «su lengua»: dos lenguas por lo menos, y no una. Luego, me parece peligroso centrar todo el problema en si hablamos la misma lengua que los catalanes o no. Siguiendo con ese razonamiento viciado que viene del XIX, resulta que la razón para no ser el felpudo de Cataluña será tener una lengua que no tiene nada que ver con la de Cataluña, lo cual es filológicamente complejo y muy discutible, pero sobre todo políticamente irrelevante.

- Ya, pero dentro de la Real Academia de Cultura Valenciana, de la que usted forma parte, ese argumento ha sido rebatido por otros académicos. Cuando usted dice que valenciano y catalán son la misma lengua...

- Yo no digo eso (me interrumpe), yo digo que son lenguas emparentadas, lo mismo que la lengua que se habla en Santander y la que se habla en Córdoba. Es muy difícil que un valenciano vaya a Cataluña y no lo entiendan, pero es posible que un balear venga a Valencia y no lo entendamos del todo, aunque estamos entre lenguas emparentadas también. En el fondo, para mí se trata de una cuestión demagógica, falaz y trasnochada. El hecho de que tu lengua no sea distinta de la de tu vecino no quiere decir que tengas que pegarte a él, ni ser su pedanía ni su hermano gemelo. Hay que plantear las cosas de otro modo.

- Vamos a viajar en el tiempo y nos vamos al 1238, la conquista de Valencia. Los partidarios de la unidad de la lengua dicen que.

- ¿De la unidad de qué lengua?

- Del valenciano y el catalán (le aclaro). A grandes rasgos, dicen que a partir de la conquista del Rey Jaime I el catalán fue traído a Valencia. Pero los defensores de que son lenguas diferenciadas dicen que no, que aquí ya se hablaba un romance que posteriormente, con las influencias de otras lenguas, fue convirtiéndose en el valenciano que ha evolucionado hasta nuestros días. En su opinión, ¿cuál de estas dos teorías es más correcta?

- Cualquiera, y además no me importa. Lo que ocurriera en el siglo XIII, en el XIV, en el XV, en el XVI., hasta el XX incluso, no cuenta para mí en absoluto como programa de futuro. Nosotros no tenemos que pagar facturas por el Compromiso de Caspe, ni la conquista de Jaime I, ni la Guerra de Sucesión. Mi opinión es que no debemos ser esclavos ni rehenes del pasado; el pasado se puede manipular y es ambiguo, en cambio lo que un pueblo quiera ser puede expresarlo perfectamente hoy, y no está necesariamente vinculado al hecho de tener una lengua propia, y cuál sea.

El asunto de la lengua debe afrontarse con objetividad científica, lejos de la política. En otro caso, estás cayendo en una trampa: los presupuestos de quien te plantea la cuestión en su terreno, no en el tuyo.

Es como si le exiges a un ateo que discuta contigo si la religión verdadera es la católica o la protestante. No debe entrar en el debate; debe decirte que no le concierne. En el siglo XV, cuando los bizantinos y los católicos andaban discutiendo si el Hijo procede del Padre a través o no del Espíritu Santo, si la naturaleza del Hijo es anterior a la del Padre, y cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler alguien sensato habría pensado: dejémonos de teologías, porque la cuestión es que vienen los turcos. Mientras se discutía si eran galgos o podencos, los turcos se apoderaron de Constantinopla.

- Usted dice que la lengua no es esencial para constituir la identidad de un pueblo pero el nacionalismo, evidentemente, no opina igual. ¿Cómo ve los intentos del Consell por dar prioridad al valenciano sobre el castellano?

- Si es como usted dice, me parecen un error y un abuso de poder. En las comunidades con dos lenguas cooficiales, todos los ciudadanos tienen el derecho - pero no el deber - de ser usuarios activos de ambas. Quien escoge una sola de ellas como usuario activo, asume el deber correlativo de conocer la otra como usuario pasivo. Si una persona es o quiere ser, por tradición familiar o por elección propia, usuario activo del valenciano, estará ejerciendo su derecho por una legítima razón identitaria. Pero si lo es del castellano o español, pasar a serlo del valenciano tendrá pocas ventajas objetivas o ninguna, en términos de esfuerzo, de empleo de medios y de recursos, a menos que se trate de una opción libre y voluntaria.

Obligar a usar activamente el valenciano a quien no lo quiere, imponiéndolo como lengua vehicular en la enseñanza, es estéril, antieconómico y anticonstitucional. A los funcionarios puede exigírseles que sean hablantes pasivos del valenciano (que lo entiendan), pero es un abuso de autoridad obligarles a que lo sean activos (que lo hablen y escriban). Los valencianos tienen derecho a usar el valenciano, pero no el deber de hacerlo. La vulneración de estos principios sólo exacerba el nacionalismo regional, en perjuicio de los ciudadanos y para único beneficio de quienes lo alimentan porque se alimentan de él.

- La lengua es una herramienta política para el nacionalismo. Lo ha sido en Cataluña, donde gran parte del proyecto soberanista se fundamenta en más de treinta años de inmersión lingüística. ¿Cree que el nacionalismo valenciano pretende copiar ese mismo modelo?

- No conozco bien los entresijos de la política, entre otras cosas porque no son asunto mío, y no soy partidario de ningún nacionalismo regional. Diría que hay dos nacionalismos valencianos, uno que sí lo quiere y otro que no, pero si Valencia no quiere ser un apéndice de Cataluña ni seguirla en sus extravíos, la razón no es que nuestra lengua no tenga nada que ver con la de los catalanes, es que queremos ser otra cosa, con la lengua o las lenguas que sea. Para desvincularse de la aventura catalana hay razones más sólidas que la lengua.

- Evidentemente usted es partidario de que la Real Academia se siente a hablar con la Acadèmia Valenciana de la Llengua.

- Sí, pero ¿sabe por qué?, porque el asunto no me interesa, tal como lo plantean los fundamentalistas de una u otra orientación y una u otra Academia. Que la Academia que se llama de la Lengua discuta su enfoque con quienes no lo comparten, estén o no en la RACV, pero que sea una discusión científica, no política. La lengua es una parte de la cultura, no su totalidad. Nosotros nos llamamos 'Real Academia de Cultura Valenciana', concepto que va más allá de lo tocante a una de las dos lenguas en las que se ha manifestado siempre la cultura valenciana.

- ¿Sobre qué se debería basar entonces un proyecto valenciano?

- Sobre la economía -contesta rápidamente-. La nuestra está basada en los servicios, en el turismo, y eso es muy peligroso, porque el turismo va y viene, y el valor añadido en el sector servicios no es tan grande como el que pueden procurar otras actividades.

- ¿Es usted autonomista? ¿Cree que la España de las autonomías ha funcionado bien?

- No; creo que es un sistema deformante y mal articulado, muy caro y poco eficaz; duplica funciones, introduce cortocircuitos y pone en marcha a un excesivo número de políticos y funcionarios a costa del dinero público. El problema de España es un gasto público desmesurado, que debería reducirse en vez de mantenerse y ampliarse aumentando los impuestos. El dinero es más productivo en manos privadas y empresariales, donde se utiliza con criterios de racionalidad, ahorro y rentabilidad. A mi modo de ver habría que echar una mirada al liberalismo clásico: cuanto menos nos sangre el Estado para malgastar y mantener su hipertrofia, mejor. Eso dejando a un lado la corrupción y los chanchullos.

El sistema autonómico debe ser reconsiderado, pero con frialdad, no con pasión nacional, ni española ni regional. Frialdad y números. ¿Hace falta ese paquidermo administrativo que ha creado el sistema de las autonomías? Y sobre todo, se mantenga o no, hay competencias que el Estado nunca debe delegar, y para mí la educación es una de ellas. La transferencia de competencias en educación es un error gravísimo. La conformación de los ciudadanos como seres responsables depende de que el Estado central tenga en sus manos la educación, como tiene la Defensa o los Asuntos Exteriores.

- Se ha adelantado a mi pregunta.

- Yo soy más partidario de la descentralización administrativa que de las autonomías. Eficacia desapasionada, no ideología visceral y mística.

- Ha sido catedrático y por tanto es un profundo conocedor de la Educación. Hablemos de cómo está en España.

- La decadencia de la educación es en buena medida culpa de las autonomías. Y el año 1983, en que se aprobó la Ley de Reforma Universitaria, es un año de luto para la educación en España.

- Pero además de las autonomías, tampoco los gobiernos nacionales han sido capaces de consensuar una ley estatal estable.

- Lo fundamental es que cada autonomía hace con la educación lo que le da la gana. Los cuerpos de funcionarios no son nacionales, un error gravísimo porque quedan subordinados a la política regional. Durante décadas he asistido al sistema de oposiciones creado por la estructura autonómica del Estado, y el resultado ha sido lamentable, no ha habido competencia sino una endogamia feroz, se ha perdido el derecho de traslado. Sólo han salido ganando los que tienen la cabeza metida en el comedero local, y quieren eliminar la competencia. Yo tenía un alumno militar, de los mayores de 25 años, un oficial; hicimos cierta amistad y me decía: «Guillermo, lo que os pasa a los catedráticos es como si cuando yo entro en Castilla-La Mancha me degradaran a soldado raso y tuviera que empezar otra vez mi carrera. Es absurdo que seas catedrático sólo en la Comunidad Valenciana, y para trasladarte tengas que hacer oposiciones otra vez».

- ¿Es la educación el problema español más grave?

- Es un problema gravísimo. La educación produce la cultura, y la cultura, de la que depende todo, en la esfera pública y en la privada, es bajísima. La gente no sabe hablar ni escribir porque no lee, y no se puede pensar fuera del lenguaje. El incapaz de pensar no puede tomar decisiones. ¿Qué clase de ciudadanos pueden ejercer sus derechos políticos con un cerebro que está estropeado no por su culpa sino porque no les han enseñado a leer ni a reflexionar, y porque no tienen cultura, ni saben Historia?

- ¿Ha notado una evolución a peor?

- Un empeoramiento absoluto. El bachillerato de hace cincuenta años era superior a una licenciatura de hoy, en términos de cultura general, de cultura general (recalca).

- ¿Piensa que los móviles, los iPad, los ordenadores, contribuyen a dispersar la mente de los jóvenes y de los no tan jóvenes que los utilizan (utilizamos) a todas horas?

- Bien usados son una gran ayuda, pero en otro caso pueden configurar mentalidades muy peligrosas. La primera es que todo mensaje tiene que ser corto. Hay cosas que no pueden ser breves. Lo que necesita un libro de 300 páginas para ser dicho no se puede decir en un mensaje de teléfono. Si configuramos nuestra mente para que sólo reciba mensajes cortos, estamos perdidos. La gente no lee libros pero lee millones de mensajitos anodinos. La mitad de los españoles no abre nunca un libro. ¿A dónde vamos con eso? A una cultura de medios audiovisuales, a la reducción de la capacidad intelectual del español medio.

- ¿Ese empobrecimiento intelectual explica un fenómeno que están ocurriendo en todo el mundo, el resurgimiento del populismo?

-Totalmente. El cáncer de la sociedad actual es el engaño colectivo a través de la propaganda. Ese señor (señala un libro sobre una mesilla, una biografía de Goebbels, el ministro de Propaganda de la Alemania nazi) decía que cuando a través los medios de comunicación de masas se repite veinte veces una falsedad, acaba siendo verdad. La gente se traga los mensajes publicitarios, sin darse cuenta de que no se debe dar crédito a quien los lanza porque se beneficia de ellos. Esa idea de que es importante una persona o un producto porque aparece en los medios, es penosa y grotesca. Hay quien va por ahí llevando como título de nobleza ser es el exnovio de no sé quién que fue expulsada de un concurso de televisión. ¡Por favor! Cualquier mequetrefe que sale en la televisión-basura se convierte en un referente. El mundo de hoy está lleno de mediocres que tienen miles de seguidores, porque ya no hay lectores, hay seguidores. Hay una subcultura paralela que no tiene nada que ver con la cultura como la entendemos nosotros. La cultura se está dividiendo de una forma peligrosísima, como en la Edad Media, donde había una cultura de masas, analfabeta, y una cultura minoritaria, letrada, con tradición y sabiduría.

- Hablando hace unos días a propósito del 150 aniversario de Blasco Ibáñez recordábamos la cantidad de periódicos que había entonces, a finales del XIX, en Valencia, y como los leía todo el mundo, al igual que las novelas.

- Y a quien no sabía leer se lo leían en un corrillo, en la taberna o en la calle. Ese deseo de leer y de saber ha desaparecido. Hay un sistema alternativo, que utiliza medios paralelos muy poderosos y facilones.

- Hace unas semanas, por cierto, y volviendo a Goebbels, murió su secretaria, con 106 años.

- Yo leí un libro suyo (creo que se llamaba 'La conquista de Berlín') en el que explicaba cómo se hicieron los nazis con el poder, y que me recuerda muchísimo lo que está pasando en Cataluña. Cómo los nazis se apoderaron de Alemania utilizando las ventajas que les daba el sistema democrático, con la intención de destruirlo, utilizando la libertad de expresión y los recursos legítimos para privar a otros de ellos. Ese es el error de la democracia blanda, la de los papanatas. La democracia es para los demócratas. La tolerancia es para los tolerantes, porque en caso contrario le das las armas al enemigo para que acabe contigo. La democracia y la tolerancia son clubs para quienes respetan las normas de entrada, y no hay que dejar entrar a nadie que quiera destruir el club, o hay que echarlo si está dentro. Lo contrario es la bobaliconería garantista de los tontos y los abúlicos. Y en Cataluña están haciendo lo mismo que los nazis.

- ¿Cómo cree que acabará el conflicto catalán?

- Acabará con la aplicación del artículo 155, que es como debería haber acabado hace años.

-La última: ¿es optimista ante el futuro?

- No, no lo soy en absoluto, porque lo que pasa en Cataluña pasa también en el País Vasco. La Constitución está mal hecha. La promulgaron con miedo y con pasteleo, y resultó una bomba de efectos retardados al dar al País vasco y a Cataluña un tratamiento diferenciado, y ventajas fiscales a vascos y navarros. ¿Qué aberracción es eso de 'nacionalidades'? ¿Por qué tenemos que seguir pagando la factura de las guerras carlistas? ¿En qué país ocurre eso? En un país de chicha y nabo, en que el Estado no tiene el coraje de hacer valer la ley, y se avergüenza de emplear la fuerza de la ley. Hay que reformar la Constitución pero no para que las desigualdades y las autonomías vayan a más, sino para todo lo contrario: para que no haya privilegios regionales, ni económicos, ni políticos, ni de ningún tipo, y para que el Estado recupere las competencias y los poderes que nunca debió abandonar.