El aiguader, el seré o el femater: los oficios que han desaparecido de las calles de Valencia

Las antiguas calles de Valencia albergaban oficios que ya no existen en la actualidad. /Rafael Solaz
Las antiguas calles de Valencia albergaban oficios que ya no existen en la actualidad. / Rafael Solaz

La ciudad de Valencia albergó algunas profesiones que ya no están presentes en la actualidad y que tuvieron su importancia en el pasado

BLANCA SÁNCHEZValencia

¿Quién se encarga ahora de abrir los portones en Valencia? ¿Dónde quedaron los que transportaban cántaros de agua por la ciudad? ¿Cómo se anuncian ahora los bandos? Son algunas de las ocupaciones que fueron en su día habituales en la ciudad, pero de las que ya no quedan rastro. «Hace relativamente poco era posible ver al matalafer que aparecía en casa de vez en cuando a arreglar los colchones», recuerda también el documentalista Rafael Solaz, que ha investigado mucho sobre oficios desaparecidos en nuestras calles. «Muchas han desaparecido porque no han evolucionado o porque han sido arrasadas por las nuevas tecnologías y el cambio de comercio», señala.

Oficios como el de 'seré', 'pregoner' o 'femater' eran de lo más comunes en las vías valencianas. Para el historiador Antonio José Mira, profesor de la Universitat de Valencia (UV), este tipo de empleos son «recuerdos de la infancia que han quedado muy lejos, como el afilador que pasaba por la puerta de mi casa o el lechero». «Son actividades desaparecidas debido a un cambio en el sistema social y económico y a la especialización de la mano de obra», apunta.

Existen varios testimonios que permiten trasladarse a otras épocas para conocer las profesiones y profesionales que iban tejiendo la capital del Turia. Uno de ellos es 'Los valencianos pintados por sí mismos', que da muestra de de distintos trabajadores con los que cualquier transeúnte se podía cruzar en las calles, plazas, locales y tiendas de la Valencia de 1859. La obra, de carácter polifónico, construye la estampa de la ciudad del momento y ayuda al lector actual a crear un imaginario que lo envíe hasta esa fecha.

Otra forma de conocer estos oficios obsoletos es realizar el mismo ejercicio que María Francisca Olmedo, periodista, escritora e historiadora, hizo en su obra 'Callejeando por Valencia', un recorrido por diferentes puestos que ocupaban las personas y que ya no existen.

Algunos de estos oficios que no han sobrevivido al paso del tiempo son:

El seré

El auténtico vigilante de la noche. Ese era el sereno, quien se encargaba, además, de abrir los portones con esas pesadas llaves antiguas y regular la iluminación de las farolas. Pero no era ese su único cometido. Actuaba, además, como un despertador humano, infalible en su desempeño de despertar a cualquier vecino que se lo demandara.

Conchín Felip, una vecina de Valencia nacida en el barrio de Ruzafa hace 86 años, cuenta cómo el sereno despertaba a los ciudadanos «a horas intempestivas, mediante una simple marca o número en el portal de la casa para saber la hora a la que tenía que acudir a avisarles». Habla, además, con nobleza de este oficio, pues su padre ejercía de sereno en la actual calle de las Barcas: «No había oficio más noble y meritorio».

La capital del Turia puede presumir de haber formado el primer cuerpo de serenos en 1777, que después copiarían Vitoria y Toledo y, luego, el resto del país. Además, esta figura valenciana se encargaba de anunciar las horas punta de la ciudad y el estado meteorológico.

El historiador de la Universitat de Valencia, José Miguel Palop, destaca lo «imprescindible» que fue esta figura durante su infancia. «A mí, de pequeño, no me daban las llaves de mi casa, y cuando salía al cine, por ejemplo, con mis amigos y era de noche, como tenía una hora de llegar era el sereno el que me abría siempre la puerta», recuerda.

Los serenos disponían de las llaves de los portales de los domicilios de la ciudad.
Los serenos disponían de las llaves de los portales de los domicilios de la ciudad. / LP

El pregoner

Una visita a un hogar de jubilados es una fuente inagotable de saber popular. Tras contactar en uno de ellos con José María Sánchez, nacido en el barrio del Carmen hace 88 años, este rememora otro ejemplo de estos empleos que ya no existen: «En una excursión a Requena hace más de 50 años tuve que solicitar la ayuda del pregonero (o alguacil) del pueblo para que anunciara un bando (mandato) particular: había perdido mi cartera».

Antecesor de los medios de comunicación, su labor era vital en la vida de las localidades valencianas pues era la forma con la que los ciudadanos anunciaban algún mensaje y, también, la vía de enlace entre las fuerzas de poder y los vecinos a la hora de comunicar las decisiones del Ayuntamiento y otros asuntos de interés público. El pregoner debía leer con claridad y escribir con precisión, porque muchas veces eran ellos mismos los que redactan el bando.

El operador de central telefónica

Otro de los recuerdos de este vecino valenciano le llevan a Yátova, población de la Hoya de Buñol, donde pasó buena parte de su infancia. Hace relativamente poco, «unos 45 años, en esta población y muchas otras de España, cualquier llamada telefónica tenía que operarse a través de una central de datos». Esto es algo inimaginable en esta era digital, en la que José María lamenta que «se está perdiendo esa costumbre de llamar por teléfono».

El femater

Caminar por la noche de la Valencia actual pone en el camino muchas veces a camiones recogiendo los contenedores de la ciudad. Estos son los herederos de los antiguos 'fematers', encargados de recoger la basura de las calles de Valencia.

Como la mayor parte de los residuos dométicos eran orgánicos, al no existir los plásticos, esta materia servía de abono para los huertos y los agricultores necesitaban este producto para sus cultivos, lo que motivó la aparición de este oficio.

El 'femater' no cobraba por su trabajo, puesto que este consistía en un «trueque lógico» como expone el periodista valenciano José Soler: «el uno se llevaba lo que necesitaba y el otro se deshacía de lo que le molestaba». Cada domicilio tenía su 'femater' y era muy común escuchar a los niños preguntar: «¿Hay basura?» a lo que se les contestaba: «Si no lo hay, la habrá».

Una cuestión de «higiene», comenta Solaz, es lo que llevó a una progresiva desaparición de este oficio, así como el inicio de la comercialización del abono químico. No obstante, en algunos paisajes europeos como las vías italianas, aún es común dejar la basura fuera de la casa para que la recojan al más puro estilo de los fematers.

«Tuve que solicitar la ayuda del pregonero porque había perdido mi cartera»

Vendedores ambulantes y barberos en el cauce del Turia

Aunque aún es común tropezarse con personas que venden diferentes objetos por las calles de Valencia, la especialización y el tipo de producto que ofrecen ya no es el mismo.

Según Rafael Solaz, hace unos años era común encontrarse con «vendedores ambulantes de todo tipo: de pescado, de boniatos al horno, de polos, de hielos, de arrop i talladetes», entre otros. Estos últimos, relata el historiador, «eran muy reconocibles, puesto que cuando aparecían sonaba una canción que anunciaba su llegada, la cual aún recuerdo».

Las razones por las que fueron desapareciendo estos trabajadores son «puramente higiénicas, no pasarían ningún examen de Sanidad hoy en día», añade Solaz.

Entre estos vendedores, Solaz ha querido destacar a los barberos que se situaban en el antiguo cauce del río Turia a cortar la barba de los clientes que hasta allí acudían.

El matalafer

Es el nombre con el que en Valencia se conocía a los colchoneros, que sobrevivieron en la ciudad hasta bien entrado el siglo XX.

Según el periodista valenciano José Soler Carnicer, el 'matalafer' era la persona encargada de «arreglar y rejuvenecer los colchones». Para ello, descosía la funda del producto, sacaba la lana y la desapelmazaba hasta que adquiría su forma esponjosa y rellenaba, así, el colchón de nuevo. De ahí el dicho popular de: 'Fer i desfer, com la faena del matalafer'.

Un trato de lo más personal, pues el 'matalafer' iba a los domicilios de los valencianos que conservaban colchones de este material y se recorría «casa por casa para cardar la lana», comenta Solaz. Pero los materiales sintéticos y los colchones de muelles como relleno hicieron que este oficio despareciera.

Los trabajadores de la huerta

El campo y, en concreto, la huerta, ha sido especialmente prolija en el desarrollo de profesiones artesanas que ya no se sustentan hoy en día. Sergi Mestre, profesor de la Universidad Jaume I (UJI) y nacido en Alboraya, recuerda algunos empleos relacionados con esta fértil comarca de la huerta valenciana.

Labores como la del carrero que se dedicaba a la fabricación de carros, el cedacero, relacionado con la tarea de elaborar tamices a mano, posteriormente utilizados en el tratamiento de la chufa o el cestero, fabricante de cestas de esparto a mano, son oficios que por «la gran destreza y habilidad manual» que requieren no se encuentran ya en las calles de esta localidad valenciana.

«No había oficio más noble y meritorio que el del sereno»

El guarnicioner

Otro oficio claramente artesanal que ha sido borrado con el tiempo de los mapas de la ciudad es el del 'guarnicioner', que trabajaba con los artículos de cuero específicos para cualquier tipo de producto relacionado con el mundo ecuestre.

Cabe recordar que, anteriormente, cualquier trabajo que implicara un mayor esfuerzo físico iba acompañado del caballo y de los carros, así que este negocio estaba siempre en auge. No obstante, como argumenta el historiador Rafael Solaz, «con la aparición de los automóviles este oficio va para abajo. Van desplazándolo hasta que, finalmente, carros y caballos desaparecen».

El material de carros y caballos era tratado por los guarnicioneros. La aparición de los coches hizo que desaparecieran. / Rafael Solaz

Ama de cría

Eran las nodrizas, también llamadas madres de leche. Esta figura tenía varias denominaciones. Se dedicaban a amantar a los bebés de otras madres que no podían hacerlo.

Según la matrona del Hospital La Fe de Valencia, Isabel Piles, la labor de estas mujeres era muy común en Valencia. «Eran muchas las madres que no podían producir leche o no deseaban amantar a sus niños por diferentes razones». Nacen así las nodrizas que «no trabajan en hospitales ni recibían dinero», simplemente aprovechaban que «acababan de ser madres para dar la leche que les sobraba a otros bebés».

De hecho, la enfermera recuerda que su abuela le contaba que ella fue una ama de cría en más de una ocasión. «Una amiga del pueblo no podía dar leche a su hijo, así que fue mi abuela quien lo hizo».

El aiguader

Una de las imágenes más típicas de la Valencia de los últimos años del siglo XIX. Transportaban en sus carretillas cántaros llenos de agua e iban paseándose por las calles valencianas ofreciendo su mercancía. Era fácil encontrarse con los 'aiguaders' a la caída de la tarde. Repartían el agua realizando tres o cuatro viajes a la semana y, cuando llegaban al destino, se iban distribuyendo los pedidos por la ciudad y las localidades que así lo demandaban.

Según la historiadora Beatriz Santamaría Campos, la comodidad que proporciona la «red de agua potable, el sistema de almacenaje, embotellado y de cisterna» son el conjunto de causas que llevaron a la desaparición de estos repartidores de agua.