Se busca la réplica más adecuada de la Tierra

Ilustración del sistema TRAPPIST-1./
Ilustración del sistema TRAPPIST-1.

El reciente hallazgo de más exoplanetas es un filón para la NASA, la ESA y los demás protagonistas en la nueva carrera espacial

DANIEL CABORNEROMadrid

La revolución de los planetas extrasolares, o simplemente exoplanetas, empezó en noviembre de 1995 desde el Observatorio de Ginebra (Suiza) y a través de las páginas de la reputada revista Nature, cuando los astrónomos helvéticos Michel Mayor y Didier Queloz anunciaron oficialmente la detección de 51 Pegasi b, planeta de la constelación de Pegaso que orbita a unos 45 años luz de la Tierra y en torno a una estrella de tipo solar.

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Ese planeta, definido en primera instancia como "un cuerpo raro", tiene una masa 160 veces mayor que la Tierra y 1,5 mayor que la de Júpiter, que hasta ese momento marcaba el patrón de análisis debido a su gran volumen. No obstante, el objeto identificado por Mayor y Queloz era diferente de Júpiter, e incluso mucho más caliente al encontrarse muy cerca de su estrella cuasi solar. Y aunque existía acuerdo general sobre tal hallazgo, los expertos no coincidían para la denominación planetaria.

De no concretarse las recomendaciones de la Unión Astronómica Internacional sobre la nomenclatura, 51 Pegasi b podría llamarse Epicuro como homenaje al filósofo griego que imaginó hace más de dos mil años, en una de sus Cartas a Heródoto, la existencia de otros mundos. Esta propuesta la hizo en su día el propio Mayor, cuya investigación luego fue ratificada por los estadounidenses Geoffrey Marcy y Paul Butler, inaugurando una galopada de revelaciones con su apogeo en mayo de 2016. Ahí la Agencia Aeroespacial Estadounidense (NASA) confirmó la existencia de 1.284 exoplanetas para añadir a su lista cada vez más extensa, pues ya se conocían otros 600 de estos cuerpos extrasolares.

Pero la fascinación por los planetas externos al Sistema Solar no es nueva y propicia bastantes conjeturas, inclusive en las altas esferas políticas. El ejemplo más reciente es el ex primer ministro británico Winston Churchill (1874-1965), quien escribió un ensayo para divagar sobre la posible existencia de vida extraterrestre. Ese documento, de once páginas mecanografiadas y desveladas también en la revista Nature, fue analizado por el astrofísico y escritor israelí Mario Livio, quien destacaba la calidad de sus razonamientos científicos.

"En un momento en el que numerosos políticos rechazan la ciencia, me parece que es emocionante recordar a un líder que se comprometió con ella tan profundamente", se congratulaba Livio hace pocas semanas y respecto a este ensayo que Churchill escribió como primer borrador en 1939, bajo el título '¿Estamos solos en el Universo?'. "Él reflexionaba de manera clarividente sobre la búsqueda de vida extraterrestre", apuntaba el analista israelí.

Planetas ya habitados o para colonizar

Aparte de la hipótesis del mencionado Churchill, de las cábalas en torno al régimen nazi de Adolf Hitler o del secretismo gubernamental en EE UU y su Área 51, las preocupaciones de la comunidad científica parecen fijarse en la colonización. De la misión de telescopios como el Kepler, en órbita gracias a la NASA, se desprende un sutil reto de toparse con planetoides similares a la Tierra y que sean aptos para la vida humana.

Varios equipos de investigación vinculados estrechamente a la NASA, como el Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian (CfA) o el Centro de Investigación Ames, ya han constatado la presencia de numerosos planetas potencialmente habitables y de un tamaño similar al de la Tierra, en órbita alrededor de estrellas llamadas enanas rojas; éstas son más pequeñas y menos calientes que el Sol pero muy frecuentes en nuestra galaxia.

Y a sabiendas de que estas enanas rojas son los cuerpos estelares más frecuentes en la Vía Láctea, el exoplaneta hermano de la Tierra más próximo se encontraría a trece años luz (un año luz equivale a 9,46 billones de kilómetros). Así, se antoja crucial que la NASA haya anunciado este mismo miércoles el descubrimiento de un nuevo sistema solar, con siete planetas cuasi terrícolas en los que podría haber agua y vida.

Esto seduce a los expertos por plasmar de forma tangible el concepto de otros mundos habitados, que ya era debatido en la Antigua Grecia. Tal idea fue sustentada por pensadores islámicos hasta el s. XIII y reapareció con fuerza debido al trabajo de Copérnico, Kepler, Galileo o el pensador Giordano Bruno, quien fue condenado a muerte por la Inquisición por enseñar, entre otras cosas, que las estrellas eran en realidad soles, con sus propios planetas y que estos "tenían sus animales y habitantes".

La intuición de Bruno era acertada, pues desde hace casi 30 años se ha ratificado la razonable conjetura de que alrededor de algunos soles externos al nuestro haya otros planetoides; pero, paradójicamente, la posibilidad de que contengan vida es mucho más pequeña de lo que se podía imaginar en el siglo XVII. Quizá sea el exoplaneta Kepler-78b, pese a sus temperaturas que oscilan entre 1.500 y los 3.000 grados, el que genere mayor interés sobre habitabilidad al poseer un tamaño y una composición muy parecidas a las de nuestra Tierra.