¿Quién es Miguel del Rey?

El arquitecto Miguel del Rey está considerado uno de los grandes profesionales de Valencia. /Irene Marsilla
El arquitecto Miguel del Rey está considerado uno de los grandes profesionales de Valencia. / Irene Marsilla

Se ha jubilado como profesor en la universidad, pero no lo hará como arquitecto. Sí quiere tomarse el trabajo con más calma, escribir, una actividad que le ha mantenido activo en épocas más relajadas. «En esos momentos hay que retirarse a los cuarteles de invierno»

MARÍA JOSÉ CARCHANO

El cuartel militar le permite a Miguel del Rey ver el cielo desde su despacho, en un bajo de la calle General Gil Dolz. No hay paredes, sino cristales, que hacen que este pequeño lugar donde se ha ubicado junto a otros tres socios, entre ellos su mujer, paisajista de profesión, parezca más grande. Es lo que significa ser arquitecto, un gran dominio del espacio, que ha sabido manejar en proyectos como el jardín de las Hespérides, y en otros en marcha como el edificio multiusos de Torrefiel, aunque su especialidad ha sido la arquitectura rural valenciana, de la que tiene varias publicaciones. Miguel del Rey ya ha cumplido los setenta años pero mantiene la ilusión de siempre, esa que le ha permitido hacer de su profesión una diversión, quizás el secreto de su éxito: ha ganado premios y está considerado uno de los grandes profesionales de Valencia.

-¿Nos queda mucho patrimonio en l'Horta?

-En lo que se refiere a arquitectura rural, me he convertido, más que en constructor, en arquitecto forense. Me da mucha lástima, pero al menos queda constancia de lo que había y ya ha desaparecido.

«A veces pienso que no sé por qué me pagan. Trabajaría gratis»

-Pero usted ha hecho muchas más cosas. Por ejemplo, ha sido profesor en la universidad.

-Me ha gustado mucho el contacto con los alumnos, los he apreciado y ellos creo que a mí también. También me interesa mucho la investigación, aunque no tanto la institución en sí. Por ese motivo me jubilé, porque pensaba que la universidad había cambiado demasiado, que ahora es una fábrica de títulos que no sirven de mucho y su desprestigio es importante.

-¿Usted sí quería ser arquitecto?

-Yo sí. Vengo de una familia donde no había precedentes, pero a mí me encantaba la construcción. Visto con perspectiva, la arquitectura tiene un componente de juego, y yo he jugado mucho. El tiempo no cuenta, sí seguir divirtiéndose.

-¿Se lo ha pasado bien, si mira atrás?

-No solo me lo he pasado bien, sino que a veces pienso que no sé por qué me pagan por hacer lo que hago. Yo en realidad lo haría gratis, aunque claro, hay que vivir. Me ha gustado, además, el hecho de no ser una persona anclada en una idea, sino que he evolucionado muchísimo, y en algunos momentos me ha interesado más la docencia, en otras la construcción, en ocasiones la investigación, e incluso el paisaje. No siento atracción, en cambio, por la vivienda, así que solo he podido ir a concursos públicos.

-Pero ha habido años en los que la licitación de proyectos por parte de las instituciones ha sido nula.

-En esos momentos te tienes que retirar a los cuarteles de invierno (ríe). Y dedicarme a otra cosa, como a escribir libros. Publiqué incluso una novela histórica, de la que he vendido 600 ejemplares, que tampoco está tan mal. Este despacho también es un cuartel de invierno.

ESPINA CLAVADA

-Al centrarse en concursos públicos se ha visto obligado a relacionarse con políticos. ¿Ha llevado bien los despachos?

-Tengo mis ideas, pero la verdad es que me he encontrado gente estupenda y gente inútil en todos los partidos, de un signo o de otro. Todo depende de las personas.

-¿Le hubiera gustado que sus hijas fueran arquitectas?

-Nunca he influido en ellas, han estudiado lo que han querido; una es odontóloga, la otra trabaja para la Comisión Europea, y las dos viven en Barcelona. Sí les he transmitido el valor de trabajar aportando algo a la sociedad.

-¿Es difícil trabajar junto a su mujer?

-Para nosotros no. Sabes de qué hablas sin hablar, porque tenemos muchas vivencias juntos. Además, me interesa mucho lo que ella hace y para mí es una referencia en paisaje.

-Se ha jubilado de la universidad, ¿piensa hacerlo de la arquitectura?

-No, nunca me jubilaré, aunque quizás a partir de ahora tenga menos intensidad de trabajo. Prefiero no venir por la tarde, quiero terminar un libro que estoy escribiendo, aunque al final acabo apareciendo por aquí (ríe).

-¿Cómo desconecta?

-Tenemos un jardín en una casa de campo en Altea y es como un hijo más. Hay que cuidarlo.

-Altea es maravillosa.

-No me gusta tanto en qué se ha convertido, aunque ese paisaje, con su bahía encerrada entre montañas, tiene mucha fuerza. Me atrae mucho, en cambio, la simbiosis que se ha creado a nivel cultural con gente venida de otros países, porque me interesa mucho la cultura, no tanto la identidad.

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