El mejor verano de Rosa Castellví

Rosa en el primer montañar a los 18 años. /LP
Rosa en el primer montañar a los 18 años. / LP

Xàbia es el lugar de referencia de la empresaria, donde ha disfrutado de estíos interminables de vida salvaje. Los baños en el mar, las cocas artesanas y el cine al aire libre marcaron su infancia

ELENA MELÉNDEZ

Rosa Castellví lleva Xàbia en su ADN. Sus padres ya iban antes de casarse, luego fue toda su familia paterna y, posteriormente, desde que ella nació. En una casa ubicada en el primer montañar la empresaria, socia del IVI y propietaria del restaurante Baobab, pasó los veranos de su infancia. «Llegábamos el día que acababa el colegio en junio y nos marchábamos casi en octubre. En esa época venía gente de Madrid y Bilbao y muchos franceses, nos conocíamos todos», explica Rosa.

Allí hacían una vida libre y salvaje, iban en autoestop al pueblo y llegaban hasta el puerto en bicicleta. Muchas mañanas salían en barco con su tío Paco y navegaban hasta el Cabo de San Antonio o la Cala Sardinera. Allí se zambullían en el mar pertrechados con un arpón y pescaban pulpos y morenas. «Cogíamos erizos pero entonces no había costumbre de comérselos, me llamaba la atención que los franceses les ponían un poco de limón y se los comían en las rocas vivos». A la vuelta hacían una parada en la casa de su tía Cáliz que tenía una norma: nadie podía meterse en la piscina hasta no haber nadado en el mar, pues no quería que los niños se acomodaran y se perdieran su baño en las rocas.

Por las tardes esperaban a que pasaba el señor Espí con el carrito de los helados y algunas noches iban a la terraza del Cine Jayán a ver las películas de estreno. De esos veranos de la infancia le ha quedado a Rosa el amor por el mar y la sensación de tener todo el día la piel cubierta de sal. «Recuerdo algunas noches al volver de casa de una amiga ver el montañar cubierto de luciérnagas, era precioso. Tampoco he olvidado el sabor de las cocas que comíamos en el merendero Diana ni las comidas en La Caleta, el restaurante de Cala Blanca».

Rosa con sus hijos en la actualidad y dos imágenes suyas antiguas, con su familia y su hermana Pilar. / LP

Los años pasaron y Rosa se convirtió en una adolescente inquieta que se reunía con sus amigos de la época, entre ellos los Colomina, las hermanas Pratdesaba, los Gómez Insausti o los Fernández Martos. Allí organizaban reuniones en las que ponían música en el tocadiscos y bailaban cogidos. También iban a cenar al Pósito y salían al Molí, a La Hacienda y al Vikingo, que era una discoteca del pueblo. Durante un tiempo fueron de copas al pub Negros, el primer lugar donde empezaron a poner buena música en Xàbia. Después llegó La Sal, una apertura que coincidió con el inicio de lo que para Rosa fue la mejor época. «A finales de los setenta, aún venía la Guardia Civil a la discoteca Diva para apagar la música. Con los ochenta llegó la libertad y la apertura. También hubo una parte mala, pues con la droga muchos amigos se quedaron con el camino».

Más tarde se convirtió en uno de los destinos de moda, algo que a Rosa nunca le ha importado. La empresaria disfruta del mar tanto en verano como en invierno y no se pierde el chapuzón de Año Nuevo si está allí el 1 de enero. Amante de las cosas sencillas, hay una costumbre a la que tiene especial cariño, «me encanta la gente que va con su silla, su mesa, su nevera y la tortilla de patata. Yo lo hacía con mis hijos de pequeños y lo disfrutaba muchísimo».

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