Alfredo Esteve: «Valoro mucho la amistad, sé que doy más de lo que recibo»

Alfredo Esteve no ha dejado de ir un solo día a la tienda que regenta desde hace veintiocho años./Irene Marsilla
Alfredo Esteve no ha dejado de ir un solo día a la tienda que regenta desde hace veintiocho años. / Irene Marsilla

Honestidad, pasión, obsesión y familia son palabras que definen al sastre que prefiere denominarse «trapero», que ha mantenido los pies en la tierra gracias a su pueblo, Meliana, y a su hermana, Roseta, a quien define como «mi gasolina»

TEXTO: MARÍA JOSÉ CARCHANO | FOTOS: IRENE MARSILLAValencia

De pequeño, Alfredo Esteve tenía un sueño, tan sencillo como el de hacer realidad uno de esos escaparates que imaginaba en su cabeza, y que tanto le fascinaban cuando escapaba a la ciudad. Aquel adolescente quería olvidar la azada que le estaba adjudicada en su casa de Meliana para trabajar en los campos que habían cultivado sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos. Y lo consiguió. Alfredo Esteve cuenta que fue duro, seguramente tuvo más resistencia en casa de la que él mismo quiere reconocer, tan amable y respetuoso que no quiere molestar a nadie, y menos la memoria de sus padres. La realidad es que, en aquella época, querer dedicarse a la moda en un pueblo de cinco mil habitantes podía considerarse algo parecido a una quimera. Varias décadas después, Alfredo es uno de los últimos «traperos», como le gusta denominarse a sí mismo, que ha sobrevivido a los embates de las crisis económicas, a la llegada de las eras de Zara, de Internet y de Amazon. Ahí mismo, en el centro de la tienda de la Gran Vía, mientras entra gente que habla en varios idiomas y otros a los que saluda por su nombre, hablamos; Alfredo Esteve ha tenido la habilidad de servir a un público masculino muy variopinto: el hombre que viste ropa extravagante de Givenchy y el clavario del pueblo que llega con la madre para comprar un traje bien bonito que pueda lucir (ella ante sus amigas) en las fiestas patronales.

-¿Cuánto tiempo lleva en el mundo de la moda?

-Desde siempre. Al frente de la tienda, 28 años. Para mí, toda una vida, que se ha traducido en pasión, pasión y ganas de trabajar.

-¿En qué momento se dio cuenta de que era lo que quería hacer con su vida?

-Desde muy pronto. A mí la moda me ha gustado siempre. Soy de Meliana y todo lo que ganaba me lo gastaba en ropa. Había algo que tiraba de mí hacia la moda, y al final conseguí hacer lo que me gustaba, que era vivir de este mundo. Nunca quise otra cosa.

«Yo no quería estudiar, ni tampoco ir al campo. Solo me interesaba la moda»

-En Meliana, viniendo de una familia del campo, no era lo normal, desde luego. ¿Encontró mucha resistencia por parte de sus padres?

-Afortunadamente, mi familia me apoyó enseguida, lo tenía tan claro que nunca dudé. Yo no quería estudiar, tampoco ir al campo. Solo me interesaba la moda. En ese sentido, es cierto que he ido cambiando con el tiempo, porque ahora disfruto más vistiendo a otros, yo prefiero quedarme para el final. No pienso nunca en mí, mi obsesión es que la gente que visto vaya perfecta. Y eso me gusta.

-¿Tuvo que arrimar el hombro en el campo antes de dedicarse a lo que realmente le gustaba?

-Sí, y con el tiempo me he dado cuenta de cómo me gusta la influencia que ha tenido para mí las enseñanzas de mi casa. Me encanta la naturaleza, tanto, que si veo un incendio en la televisión tengo que cambiar de canal; mi sensibilidad no me deja ver cómo los árboles, que cuesta tanto que crezcan, desaparezcan en minutos. Y ahora valoro todo el aprendizaje que mis padres me dieron.

-Pero en ese momento supongo que rechazó ese mundo. No tenía nada que ver con la moda.

-Es que en esa época todos rechazamos lo que se nos pone delante de las narices. ¿Quién no tiene esa época en la vida en que somos rebeldes sin causa? Hay que pasar el sarampión en cierto momento de nuestro crecimiento como seres humanos, porque te crees que sabes más que tus padres. Y a mí me dijeron: «¿no quieres estudiar? ¿tampoco el campo? Vale, pero sabes que siempre lo tendrás».

-Vieron que no dudaba.

-No, yo he sido siempre trapero. Tengo pasión e ilusión por mi profesión, para mí es lo primero. No me cojo mañanas ni tardes libres, el otro día cogí un vuelo a las seis de la mañana hacia París, hice los pedidos, volví a las tres y a las seis ya estaba en la tienda. He de aprender cada día, las generaciones jóvenes vienen apretando fuerte.

-¿Qué secreto hay en usted que le ha llevado a ser un referente en Valencia y a mantenerse pese a todas las crisis del sector que se han venido sucediendo?

-Yo creo que hay que tener la mente muy abierta, humildad y sensibilidad. Y ser como un buen cocinero, que disfruta no para sí mismo, sino creando platos para los demás.

-¿En qué momentos su profesión le ha emocionado hasta las lágrimas?

-En muchos momentos, claro. En desfiles, en el cine, cuando el cliente queda satisfecho, en un evento especial. Y he llorado, aunque ha habido momentos que no lo he expresado porque soy muy tímido.

-Sé que ha tenido momentos gloriosos, ha vestido a personajes muy importantes de Valencia, también de fuera. ¿Y los momentos duros?

-He pasado momentos duros, por supuesto. A veces esto es como una montaña rusa, pero si tienes la ilusión y la pasión tiras adelante.

-Parece uno de los últimos que queda de una generación que resiste ante las franquicias de la calle Colón.

-Yo creo que tarde o temprano el agua vuelve a su cauce. Por ejemplo, los blogueros ya están desapareciendo del mundo de la moda, porque en realidad la mayoría no tienen ni idea de qué hablan. Y si te dedicas a esto tienes que saber. Yo defiendo mi hábitat con uñas y dientes; esto no es como las tiendas de todo a cien, los videoclubs o los comercios que vendían cigarrillos electrónicos. ¿Se acuerda de qué efímero fue aquello?

-¿Tuvo éxito enseguida?

-No. Esto es muy duro. Hay que estar muy preparado, pero yo tuve la suerte que comenzar como aprendiz en Oltra, la emblemática tienda de la plaza del Ayuntamiento, una academia que nos enseñó a todo. Y ahora falta mucho de aquellas experiencias.

-¿La tienda ha sido siempre lo primero en su vida?

-A veces lo he pensado. ¿He dedicado mi vida a la profesión? Sí, pero me ha compensado. Ha habido momentos difíciles pero el balance es positivo. Y mi objetivo siempre ha sido que la gente no lo vea como una profesión frívola, que llevar ropa es una necesidad.

-¿Pero no piensa que ha podido renunciar a algo por la moda?

-He renunciado a cosas pero no lo vivo como una falta de algo. Lo más bonito que hay en esta vida es trabajar en lo que a uno le gusta, aunque eche cosas de menos. Lo hablaba con Arzak en San Sebastián, y coincidimos en que si eres feliz no pasa nada.

-¿Sus padres vieron que tuvo éxito?

-Mi padre murió muy joven, así que no. Mi madre sí, que de alguna manera pudo ver que mi obsesión se hizo realidad. Siempre me apoyó muchísimo.

-Sé que tiene una hermana a la que adora. ¿Ha sido muy importante la familia para usted?

-Siempre he valorado la convivencia con la familia. Muchísimo. Tengo dos hermanas, una mayor, que vive justo encima de mí, y Roseta, la pequeña, que tiene síndrome de Down. Ella es mi debilidad, mi gasolina, mi motor. Es todo. Recibo tanto de Roseta que nunca en la vida se lo voy a poder devolver, porque es un ángel que me entiende a la perfección. Si me pasa algo ella lo sabe, lo percibe antes que nadie. A su manera. Me llena muchísimo estar con mi hermana, que ha sido la única persona con síndrome de Down en Valencia que se convirtió en Regina dels Jocs Florals. Fue un orgullo tan grande y la vimos disfrutar tanto que no tiene precio.

-¿Vive con usted?

-Sí, claro. Y vivimos en la casa de toda la vida, en la calle Calvari, frente a la ermita del Cristo. Y acondicioné la casa para ella.

-Sabía su madre que quedaba en buenas manos.

-(Sonríe) Creo que sí. Por los dos.

-¿Por qué ha intentado hacerla partícipe de las tradiciones valencianas?

-A ella le han gustado mucho. Ha sido, además de Regina dels Jocs Florals, clavariesa de la Pila de San Vicente, fallera mayor de la falla Pizarro, o la comisión de Meliana. Somos seguidores de la Mare de Déu, venimos todos los domingos a misa a la basílica, ella lo vive y de alguna manera lo entiende. Y todo el mundo la conoce, la saluda por su nombre. Me han dado la enhorabuena porque me dicen que es muy bonito ver cómo una persona con síndrome de Down puede ocupar estos cargos.

«Me encanta el mar en invierno. Cierro los ojos y me pongo a pensar»

-¿Tenía claro que se quedaba en Meliana? Es muy distinto a París o Milán.

-Tengo la suerte de me ha gustado viajar siempre, que empecé muy pronto a viajar a Formentera cuando nadie iba, con la mochila. Me he recorrido medio mundo; hace tres años estuve en India un mes y quiero volver, pero además he viajado a China, a Dubai… siempre con curiosidad por aprender. Y, ¿por qué Meliana? Toda la gente que conozco en las grandes capitales vive a las afueras, y eso lo aprendí hace mucho. Necesito desconectar un poco, y la calidad de vida que tenemos fuera de las ciudades es incomparable. Yo cargo pilas en Meliana. Hasta hace poco tenía una pastor belga y cuando llegaba a casa me ponía cómodo y me daba una vuelta por la huerta. Soy además una persona a la que le encanta el mar, pero en invierno. En verano me agobia la gente, el calor. Pero cuando viene el otoño y me siento frente al mar, cuando cierro los ojos y me pongo a pensar… ese momento no tiene precio. Y ahí se me ocurre un escaparate, o una idea para un cliente. A veces me llevo un libro y ni lo abro.

-¿Le da miedo el futuro? ¿La incapacidad, la vejez?

-Lo tengo asumido. Sé que voy a morir con las botas puestas, lo llevo de tal forma en la sangre que sé que nunca me voy a retirar. Y tengo la suerte de que las personas con las que me muevo piensan como yo. Ahora lo que quiero es transmitirlo.

-¿No hay cansancio?

-Hay gente que me dice, ¿no te agotas de estar cara al público? Es que me gusta. Y no es que me cuide especialmente. Como sano, comida casera, nunca he hecho dieta, pero no he fumado nunca ni he tomado drogas. Además, suelo ir al gimnasio todos los días, no con la intención de perder peso sino de mantenerme activo. Yo necesito al levantarme por las mañanas tener la sensación de que voy a aprender algo.

«Nunca me voy a retirar, moriré con las botas puestas»

-No me lo imagino jubilado viendo la tele en el sofá.

-Para nada. Si ni siquiera la veo. Llego a las nueve a casa, y lo único que me gustan son los programas de decoración o moda. O documentales de naturaleza. Lo demás no me interesa. Tengo una biblioteca con los libros de moda de todos los grandes, y leo. ¿Sabe cuánto he aprendido?

-¿Y cocinar?

-La verdad es que con todo lo que me gusta comer bien, es una pena que no sé cocinar. Puede que sea porque no le he dedicado el suficiente tiempo. Ahora sí, hago en Meliana cenas con amigos y me encanta organizarlas.

-¿Valora la amistad?

-La amistad para mí no tiene precio, odio la mentira.

-¿Y le han fallado?

-Sí. Muchas veces. Doy el cien por cien de mí y sé, conscientemente, que es menos de lo que voy a recibir. No me importa. Ahora, eso sí, cuando me fallan me quedo muy chafado.

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