¿Quién es Encarna Beltrán-Huertas?

Encarna Beltrán-Huertas, durante la entrevista en el Rialto./Juan J. Monzó
Encarna Beltrán-Huertas, durante la entrevista en el Rialto. / Juan J. Monzó

Estudió Enfermería, pero salió huyendo al ver los estragos de la enfermedad y la muerte. Su sensibilidad le ha servido para crear, ya fuera música clásica, una poesía o para ejercer como una abuela cariñosa que ama la vida

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Decía Eduardo López-Chavarri Andújar de Encarna Beltrán-Huertas que es un «espíritu abierto, ávida de saber, inquieta, tierna, y con exquisita sensibilidad». Nos encontramos en el café Rialto, entre el alboroto de amigos que toman el café de media tarde, mirando a quienes compran entradas para la última película que se puede ver en la filmoteca. Allí sentada, parece una abuelita tierna y cariñosa, detrás esconde una inteligencia superior y un talento para la música y para la poesía. Ya jubilada, no ha parado de escribir, tampoco de componer, y no lo hará nunca, porque la vocación es así para quien lo tiene muy claro.

-Tiene más de doscientas obras compuestas. Su currículum es impresionante.

-Son las canas y, sobre todo, que amo lo que hago. El arte, si tiene contenido, te lleva al alma, y si tiene alma, al sentimiento más puro.

-No es fácil ser compositora, y más de música clásica. Recuerdo a Ángeles López Artiga, que decía que era mucho más difícil para las creadoras.

-Es cierto. El problema es que a las mujeres no nos programan, hay demasiados compositores muy arraigados y a pesar de que hay creadoras de mucho talento no somos visibles para los directores, ni para quienes tienen la responsabilidad de programar.

-Usted no se ha querido quedar solo con la música. Además, es poeta.

-Nací amando las dos cosas, y a los quince años me presenté a un premio de literatura y quedé finalista. Los libros me entraban fácilmente, recuerdo a una profesora que tenía que estaba casada con uno de los nietos del pintor Sorolla. Las matemáticas me costaban muchísimo más. Pero cuando comencé a coger en serio la pluma y el papel fue a los treinta, bastante tarde.

-¿Por qué?

-Quizás tenía que sacar afuera toda esa inquietud interior que me dominaba, y para mí emborronar, escribir, fue un acicate. Pero también empecé tardíamente en la música, e hice una de las carreras más largas que existen, la de composición, que dura diecisiete años. Me recuerdo a mí misma, cuando mis hijos eran pequeños, siempre al piano, ocho horas al día. Pero la realidad es que en mi familia había tradición sanitaria, mi padre era médico, y lo primero que estudié fue Enfermería.

-¿Llegó a trabajar de enfermera?

-Sí, pero fue muy duro. Trabajaba en el centro de quemados, y había un niño que todos los días me llamaba, estaba muy grave: «Encarnita», me decía. Un día no escuché mi nombre al entrar. Soy una persona sensible, y no lo pude soportar.

Una espina clavada

-Demasiada sensibilidad quizás no es buena para trabajar en un hospital.

-Ves a mucha gente moribunda en los hospitales, y los pasillos son espeluznantes. En esos lugares no ves vida como la puedes observar ahí fuera, en la calle. A mí me parecía muy impactante.

-Fue madre, además.

-Ser madre es el mayor dolor que podemos tener las mujeres, porque tu hijo crece, pero tú pensarás que siempre es pequeño. Ahora mis nietas son como mi continuación, porque no tengo esa responsabilidad de pensar en su futuro. Las disfruto. Realmente deberíamos ser madres cuando somos abuelas, para amar la vida como los niños la aman. Además, tengo la satisfacción de que están estudiando música. Mis hijos tomaron otro camino.

-¿Ha tenido alguna otra afición?

-Me defiendo como cocinitas, aunque mi cuñada es mucho mejor que yo. Y me encanta leer. Mi primer sueldo como enfermera lo gasté en una colección en la que decía: «la universidad está en los libros». Ahora tengo cataratas por culpa de tanta lectura.

-Ha sido profesora, además. ¿Le ha gustado esa faceta de enseñar?

-Todo lo que he hecho me ha apasionado. Siempre les dije a mis alumnos que fueran ellos mismos, que tenían que crear, no plagiar, y eso es lo más difícil en el arte.

-¿Ha visto el talento?

-Sí, pero nunca se lo he dicho, porque lo peor que puede haber en un artista es el ego.

-¿Lo ha tenido usted?

-No, porque siempre tengo que aprender de todos.A Mahler lo abucheaban. Y él repetía: «ya vendrá mi tiempo».

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