José Polo: «Mi familia dice que ya no soy el rey león»

José Polo enseña algunas de las fotos que relatan la historia de la familia que creó Fartons Polo. /Jesús Signes
José Polo enseña algunas de las fotos que relatan la historia de la familia que creó Fartons Polo. / Jesús Signes

Asegura que nunca ha antepuesto el trabajo a la vida, aunque confiese que le ha echado más de doce horas diarias. «Me jubilé porque ya había sufrido bastante, que todavía tengo pesadillas con la fábrica», dice el empresario, que se reconoce un disfrutón; ha esquiado, corrido rallys y subido montañas. Ahora graba vídeos de boda y se ha convertido en 'dj'

MARÍA JOSÉ CARCHANO

De un día para otro, Pepe Polo dice sí a la entrevista. Sin más intermediarios. Eso sí, con una condición. «Tiene que ser a partir de las once y media, que para mí el almuerzo es sagrado». Llega andando rápido a la fábrica en Alboraya, enfrente de un campo de patatas que era de chufas el mes pasado. En plena forma, con una gorra puesta que hoy le protege más del sol que del frío. Habla apasionadamente, tanto si es de política como de su afición por la tecnología, incluso de la mili que hizo en el Sáhara español, hace ya unos cuantos años. La conversación empieza así: «¿no querrá que le cuente la historia de Fartons Polo? Es que ya la sabe todo el mundo, que la he contado mil veces». Y eso que es una historia preciosa, de una familia emigrante, de un padre que no se conformaba con el hambre de posguerra en Titaguas, ni con la tienda de ultramarinos de Algemesí, y se pusieron a currar sin mirar el reloj en el horno de la plaza de Alboraya. De cómo se inventaron un bollo con la masa del panquemao para empujar la horchata, que por algo Rodrigo ya había creado una máquina de hacer fideos en su pueblo natal. Una historia trágica, también, porque pronto murió su hermano, el mayor, a quien Pepe se sentía tan unido. Y aquel joven inquieto, que heredó la imaginación de su padre, se dejó la piel. Ahora está felizmente retirado, que no parado, porque desde hace años regenta un proyecto de turismo hotelero en plena huerta, la Mozaira, junto a su mujer, mientras la segunda generación lleva ya el negocio familiar.

-Murió joven, su hermano.

-Sí, el otro día pensaba que ya tengo mucha mucha más edad que la que tenía él cuando murió, que nos llevábamos trece años. Aquí en Alboraya muchos horchateros fallecieron jóvenes, como Daniel, en aquel accidente de tráfico, con la familia… Una desgracia.

-¿Piensa en ello?

-Sufrí un infarto hace seis años. No creía que fuera grave, estuve seis horas infartándome y no fui al hospital, y eso que tenía un 95% de obstrucción en una arteria, y el 25% en la otra. Pensaba que era una indigestión porque sufría un dolor de estómago bestial, y porque durante la cena había comido foie, pato… y no digiero bien esas cosas. Es verdad que me notaba pinchazos en el brazo pero como ya había tenido otras veces por el estrés que siempre he acumulado… Me fui al hospital y al de urgencias le dije que era el pato. Me contestó que qué pato, que me iba a la UCI directo, que me operaban al día siguiente. Pero mire lo que son las cosas, no tenía miedo.

-¿A pesar de que intuía que podía morirse?

-Sí, y eso me gustó, porque quizás pensé que no me había dejado nada por hacer. Que ya era prescindible, porque habíamos hecho la sucesión en la empresa y, además, no tenía nietos entonces. Ahora me fastidiaría más, porque ya soy abuelo. Me acuerdo que mi hermano, cuando le quedaban apenas unas horas para morir, me dijo: «disfruta de la vida, que es corta». Tengo un problema en ese sentido, y es que me gusta anticiparme al futuro, ser visionario.

«Me aburre la gente que alardea de poder y dinero»

-¿Por qué?

-A grandes rasgos, hay dos tipos de gente, los imaginativos y los que no lo son; sólo los primeros pueden ser buenos empresarios. Aquí no existe la suerte, eso sólo lo dicen los envidiosos y los que no son capaces. La empresa es imaginación, constancia y esfuerzo. Y riesgo. Además, soy muy exigente, y no hago caso de las alabanzas, que si te nublan la vista estás perdido. A mí me gusta que me digan las críticas a la cara, que aunque en ese momento te molesten te hacen avanzar. Hay otro tipo de empresarios, que son inversores. Pero no son fabricantes. O los que sólo miran los números. Con ellos esto no existiría, porque tienen miedo.

-¿Usted no lo ha tenido?

-Claro que he tenido miedo, pero hay algo que lo vence, si no no te arriesgas. Con la Mozaira yo he pasado pavor, porque he invertido muchos millones ahí, he firmado préstamos hipotecarios para dar y vender. No sólo hay dinero ahorrado, he metido hasta mi pensión. Pero me da igual porque creo en lo que he hecho, porque yo lo que quiero es salvar la huerta.

-Pero nació en Titaguas.

-Este es mi sitio, porque el hombre es de donde pace, no de donde nace. Yo defiendo lo que amo, y no puedo quedarme quieto si veo algo que está mal.

El éxito empresarial de José Polo comenzó creando sus fartons en un horno de Alboraya.
El éxito empresarial de José Polo comenzó creando sus fartons en un horno de Alboraya. / Jesús Signes

-Después del éxito al que llevó a su empresa, ¿crear un lugar como la Mozaira era un sueño?

-Hay dos causas, la mía, que es preservar la huerta a través del turismo, y la de mi mujer, a la que siempre le ha gustado la construcción, que se ha encargado de nuestra casa, pero también de la vivienda que tenemos en su pueblo, Chelva. Yo estoy enamorado de ese lugar, con sus calles, recovecos, fotográficamente es increíble. Y la Mozaira también es obra suya.

La conversación con Pepe Polo es divertida y caótica, llena de anécdotas de una vida vivida, trabajada y disfrutada a partes iguales. Tanto habla que se queda seco y pide agua. Hay una familiaridad muy grande con los trabajadores. «Me aburre un montón la gente que alardea del dinero, que ejerce el poder porque sí, en calzoncillos somos todos iguales. Es cierto que cuando a una persona le das poder es muy difícil regularse. A mí me pasó, pero me di cuenta a tiempo».

«Cuando sufrí el infarto no tenía miedo, quizás no me quedaba nada por hacer»

-Usted se jubiló hace tiempo. ¿Por qué?

-Quizás pensé que ya había sufrido bastante; yo me he dejado la piel. Mire, esta noche he tenido una pesadilla que no sufría desde hace siglos: me había quedado sin empleados, había tenido que recurrir a personas mayores que no sabían hacer nada, la masa amontonándose, un auténtico desastre. Lo he pasado fatal y, en realidad, eran situaciones reales que sí me habían ocurrido de alguna forma. En la fábrica anterior llegamos a trabajar 24 horas diarias durante los meses de julio y agosto en tres turnos porque se nos había quedado pequeña. Pagaba barbaridades por hacer horas los fines de semana, y ni siquiera ganábamos en aquel momento porque lo importante era dar servicio. Mis sobrinos y yo nos turnábamos doce horas. Así y todo, lo veía poco.

-¿Ha hecho más?

-Claro que sí. Doce horas se pasan enseguida.

-¿Se acostumbró a tener vacaciones en invierno?

-Por eso me aficioné a esquiar, fui el primero en Alboraya, allá por el año 73. Y casi siempre a los Alpes franceses. Teníamos una 'camper' y metía a los niños en la cama de arriba, se quedaban dormidos y nosotros conducíamos de noche. Empezamos solos y luego llegamos a arrastrar a cuarenta personas. Todavía me queda ir a muchas estaciones de esquí, que a mí me gusta cambiar, la aventura de lo nuevo. Dentro de un mes me voy a Andorra con los amiguetes; lo pasamos fenomenal, ahora sí, esquiamos poco; la fiesta la montamos nosotros, que Andorra es muy aburrida. También fui innovador en lo de navegar a vela. Luego tuve una moto de agua, hacía excursiones y llegué a recorrer todo el litoral valenciano.

-¿Ha compartido la afición con su mujer?

-No le gustaba porque pasa frío, pero sí, se ha sacrificado por la familia, y llegó a esquiar mejor que yo. He tenido tres accidentes, el último el año pasado, que todavía me duele la pierna, pero eso no me para, yo quiero seguir. Porque no se trata sólo de esquiar, sino de estar en la cumbre, rodeado de montañas. Ahora vamos con los nietos, y ya no organizo, que dicen que soy el viejo león, que he dejado de ser el rey león, el jefe de la manada (ríe).

-¿Se siente orgulloso de esa segunda generación?

-Estoy feliz de que me superen.

-¿A pesar de que puede haber diferentes opiniones?

-Me aguanto, porque aunque yo no hubiera tomado esta u otra decisión, tienen que experimentar, aunque sepas que en alguna se van a dar un bacatazo, como yo lo hice. El problema de muchos empresarios es que anteponen el trabajo a la vida. Yo nunca lo he hecho, por eso quizás pude irme.

Ahora regenta la Mozaira, un proyecto turístico hotelero en plena huerta que le permite seguir siendo vital.
Ahora regenta la Mozaira, un proyecto turístico hotelero en plena huerta que le permite seguir siendo vital. / Jesús Signes

-¿Le piden consejo?

-Sí.

-En su caso, la familia parece ser un pedestal importante, tanto a nivel personal como profesional.

-Estamos como estamos por la familia. A mí se me cae el alma a los pies cuando veo a hermanos enfrentados entre sí, incluso en los tribunales. Aquí siempre decían de nosotros que nos llevábamos de maravilla, y era verdad. Aunque pensáramos de forma diferente, nos respetábamos muchísimo...

-Pero entra en escena la segunda generación, y la familia se diluye: sobrinos, primos…

-Almuerzan juntos cada día, se van de viaje, corren carreras por la montaña… ¿Sabe qué es lo que hace que se lleven bien? El cariño. No son envidiosos y se quieren. No es cuestión de normas, porque si hay mala gente no funciona ni con el mejor protocolo del mundo. Lo que vale es el corazón, la calidad humana. El error número uno es que el creador no sabe dejar su lugar a tiempo, porque se cree insustituible, piensa que los que vienen detrás no lo van a hacer tan bien como él. No son peores que yo, si me apura hasta mejores.

«La mayoría de las máquinas de la fábrica me las he inventado yo»

-¿Y si sus hijos no hubieran querido entrar en el negocio?

-(Se queda pensando) Nunca me lo he planteado, la verdad. Siempre quisieron.

-¿Y ahora?

-Ahora me he convertido en la persona que recojo premios, que ofrezco charlas sobre la empresa. Eso sí, me da miedo porque me pongo en tensión. Por el infarto. Que, además, yo soy de pueblo, no tengo memoria, y no sé cómo me tengo que dirigir a las autoridades. Aunque, al final, lo hago y la gente me felicita, porque intento que se rían. Si no fuese por el corazón quizás lo haría más, que a mí me encanta el senderismo, pero ya no voy por la montaña a la misma velocidad que antes. Bueno, ahora que pienso, puedo estar diez horas andando, y esquiando con los amigos, más jóvenes que yo, el año pasado aguanté y no pudieron conmigo. Esta vez me estoy preparando en secreto, y voy al gimnasio para que no me ganen.

-Se nota que le gusta disfrutar.

-Tengo más aficiones, no crea. Ahora soy dj y cámara en las bodas que se celebran en la Mozaira, que algunos me ven tan mayor grabando y se quedan algo extrañados. Pero a mí me gusta, y luego les regalo el vídeo a los novios. En realidad, siempre me ha gustado organizar fiestas, ya lo hacía en Titaguas de joven, para bailar con las chicas.

Ríe a carcajadas, y a cada frase se acuerda de otra anécdota. «Me encantan los todoterreno, participé hace años en el Rally de los Faraones de Egipto, y me acuerdo que inventé un sistema para tener agua fría aprovechando el aire acondicionado del coche». ¿También? «Claro, que la mayoría de las máquinas de ahí dentro -señala la fábrica- me las he inventado yo». Y tan tranquilamente, sin prisas, sin pausas, y sin mirar el reloj, sigue viviendo la vida a tope.

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