Amparo Fabra: «Todos los días doy gracias por vivir»

La experta en indumentaria valenciana atiende en su casa a Revista de Valencia./Txema Rodríguez
La experta en indumentaria valenciana atiende en su casa a Revista de Valencia. / Txema Rodríguez

Es optimismo en vena y nunca permitió que la adversidad le nublara el futuro. Ni siquiera la orfandad temprana o el posterior fallecimiento de su hermana

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Abre la puerta de su casa perfectamente vestida y arreglada. «Voy así siempre, que en los probadores, rodeada de espejos, sin maquillar tienes una cara de enferma que no veas». Perfecta a sus 71 años, un dato que ofrece sin preguntar, orgullosa de su edad, también de su trayectoria vital, Amparo Fabra transmite serenidad. Nos sentamos en un salón donde todo parece tener su sitio, con esos muebles caros y clásicos que decoran la mayoría de las viviendas del Ensanche valenciano, donde los bombones van en cajita decorada y las servilletas son de vainica. Esta mujer se ha convertido en la voz más respetada en todo lo que tiene que ver con la indumentaria valenciana, no sólo de fallera, que a ella igual le da confeccionar un traje regional de Benicarló que otro de Pilar de la Horadada. La experiencia acumulada le ha valido ahora para ocupar la presidencia de la Fundación del Museo de la Seda, un colofón del que se siente especialmente orgullosa.

-¿En qué momento decide usted que ésta va a ser su profesión?

-Soy una enamorada de la historia y siempre me ha gustado leer muchísimo, principalmente todo lo que tiene que ver con la indumentaria tradicional. Cuando viajo procuro visitar museos, o palacios, porque me encanta, y a lo largo de los años he ido adquiriendo muchas cosas antiguas. Si juntamos esta afición con mi vocación, que desde los nueve años ha sido la costura… Sin embargo, todo llegó poco a poco, cuando mi hija fue fallera mayor infantil y le hice un equipo. Investigué muchísimo, quería que todo fuera perfecto, y a mis amigas les encantó. El año siguiente ya vestí a otra fallera mayor. Cada vez tenía más trabajo y hubo un momento en que me tuve que establecer. Y después de treinta y siete años estoy enamorada de mi profesión.

Oficialmente acabo de jubilarme. Ya me tocaba. Mis padres fallecieron y tuve que dejar los estudios, que luego saqué con clases nocturnas

-¿No se imaginaba que aquel traje para su hija sería el inicio de todo?

-La verdad es que no. Sin embargo, llegó en el mejor momento. Mi marido es químico, se ha dedicado siempre al diseño de la cerámica, pero tuvimos un bache en nuestra vida con unos socios que no se portaron demasiado bien, y decidimos montar algo. «¿Nos ponemos a hacer serigrafía sobre tela?», dijimos. Porque al final todo es arte, todo es color. Él se volcó en mi trabajo cuando abrimos la tienda.

Fabra reconoce que el apoyo de la familia de su marido ha sido clave en su vida.
Fabra reconoce que el apoyo de la familia de su marido ha sido clave en su vida. / Txema Rodríguez

-¿Le supuso algún problema a su marido que fuera usted la empresaria?

-No, nosotros hemos tenido una relación muy larga porque empezamos a salir cuando yo apenas había cumplido los quince años. Recuerdo que en la empresa en la que trabajaba celebrábamos todos los fines de semana despedidas de soltera. Él estaba estudiando, así que nos acostumbramos ya desde jóvenes a que cada uno tuviera su vida, sobre todo durante los nueve años de noviazgo. Por ello, en el momento en que yo tiré adelante, él detrás, y si hubiera sido al revés, igual. No ha habido ningún problema con eso.

-Lo digo porque, en aquel momento, una mujer empresaria era algo como de otro planeta.

-Yo he sido siempre muy avanzada. Por ejemplo, abrí una de las primeras cuentas bancarias de Valencia, porque cuando a las mujeres nos lo permitieron recuerdo que vinieron de la oficina bancaria de al lado para proponérnoslo y dijimos enseguida que sí. Imagínese, de hecho, hoy en día él está jubilado, por una enfermedad que tuvo, y yo continúo, y no pasa nada.

-¿No le dice que lo haga usted también, que ya toca?

-Bueno, oficialmente, acabo de jubilarme, que me enteré de que puedo cobrar la pensión aunque tenga una empresa. Que yo creo que ya me tocaba, trabajando desde los quince… Mis padres fallecieron y tuve que dejar los estudios, que luego saqué con clases nocturnas, mientras trabajaba en unas oficinas.

-¿Ser administrativa no es muy diferente a la costura?

-Mi trabajo me gustaba mucho, yo siempre decía que hubiéramos tenido que pagar por trabajar en Lanas Aragón. Había tanta juventud, lo pasábamos tan bien… Tengo un gran recuerdo de Ernesto Martínez Colomer, que fue un hombre que te trataba como un padre, y todo lo que aprendí me ha servido luego en la tienda.

«No tiene nada que ver ser madre con el ejercer de abuela. Los hijos son una responsabilidad y a los nietos lo único que quieres es disfrutarlos»

-Quedarse huérfana de adolescente no debió de ser fácil.

-Mi madre falleció cuando yo tenía seis años, y había cumplido quince en el momento en que mi padre se quedó inválido. Murió tres años después. Yo creo que esas circunstancias, que fueron muy duras, me han dado mucha fuerza, y todos los días doy gracias por vivir. Ya ve que no me importa decir mi edad.

-¿Se quedó sin familia?

-Tenía una hermana, pero también falleció, justo cuando abrí la tienda. Aquello fue muy duro, y gracias a un cuñado maravilloso que se hizo cargo de todo durante la enfermedad yo pude seguir, porque llegó todo a la vez.

-¿Le creó una sensación de desamparo verse sola?

-He tenido la suerte de que la familia de mi marido ha sido la mía. Yo con quince años ya iba a su casa, y pasaba con ellos los veranos. Hoy en día mi marido y yo somos los mayores porque mis suegros fallecieron y nos juntamos todos, en total cuarenta, entre nietos, sobrinos nietos... Porque, además, he criado a mis cuñados, y mis sobrinos son como mis hijos. Tenemos una gran familia.

-Ahora, además, es abuela. ¿Cómo lo vive?

-Tengo siete nietos, seis chicos y una nena. Figúrese la alegría que tuve cuando fue fallera mayor. Si disfruté con mis hijas, con ella fue demasiado.

«No me he visto defraudada en ninguna época de mi vida», resume la indumentarista. Tal vez por ello no abandonará la sonrisa durante toda la charla, que tiene lugar en el salón de su casa.
«No me he visto defraudada en ninguna época de mi vida», resume la indumentarista. Tal vez por ello no abandonará la sonrisa durante toda la charla, que tiene lugar en el salón de su casa. / Txema Rodríguez

-¿Por qué?

-Con los nietos estamos preparados para recibir un nuevo amor. No tiene nada que ver ser madre con ejercer de abuela. Los hijos son una responsabilidad muy grande porque hay que educarles, pero en el caso de los nietos piensas en que los que se tienen que encargar son los padres. Lo único que quieres hacer es disfrutarlos.

-¿Lo ha hecho?

-Por supuesto. Me quedé el chalé de mis suegros, que era muy grande, precisamente para juntarnos todos. Por mi trabajo tengo limitadas las horas, así que cuando vienen los fines de semana ahí estamos.

-Volvamos atrás. ¿Cómo conoció a su marido?

-En el teatro. Antes no había internet, ni televisión, ni nada de todo eso, y desde los ocho hasta los catorce años hice teatro amateur. Allí lo conocí. Es que yo he bailado, he cantado, he hecho lecturas de novelas por la radio, y creo que todo ello me ha dado la soltura que necesito para hablar en público, porque a todo hay que sacarle lo bueno.

-¿Se considera una mujer positiva?

-Claro, no me he visto defraudada en ninguna época de mi vida, me he adaptado a cada circunstancia. Por ejemplo, cuando estaba en casa con mis hijas era la mujer más feliz del mundo.

-¿Por qué dejó de trabajar para cuidarlas?

-Tuve dificultades con el primer embarazo, aborté, y en el segundo debí hacer reposo, porque hasta ese momento seguía trabajando. Ahí lo dejé.

«He bailado, he cantado, he hecho lecturas, de novelas por la radio, y todo ello me ha dado la soltura que necesito para hablar en público»

-¿Qué le dio a usted, dedicarse a sus hijos?

-A veces me pregunto por qué se deprimen. Es cierto que a mí me gusta la lectura, me gusta coser, me gustan los niños. Yo lo pasé fenomenal hasta que mis hijas tuvieron catorce años y fui feliz. Me saqué el carné e iba con ellas arriba y abajo, pude hacer cosas que no te permites cuando trabajas, pero es que, además, suelo volcarme mucho en lo que estoy haciendo.

-¿Disfruta cada etapa?

-Por supuesto. Y ahora he empezado otra, que veo que mi hija y mi sobrina pueden llevar la tienda solas y yo me permito tener otras obligaciones. Sí que es verdad que no es que no esté, porque no dejo que ningún traje salga sin darle mi visto bueno, y sin ponerle las manteletas como yo quiero, pero ahora disfruto de la tranquilidad de que ellas están ahí.

-Debe de haber sido una satisfacción que ellas se quisieran dedicar a la tienda.

-Tengo dos hijas, una es psicóloga, la otra, Amparo, quería entrar en la tienda enseguida, pero yo le dije que primero tenía que sacarse una carrera. Se licenció en arquitectura técnica pero inmediatamente después hizo corte y confección. Sin embargo, nos va mejor que se encargue de la parte administrativa, que es la que ha dejado su padre. Lola lleva la tienda y en los talleres tengo una encargada maravillosa. Así que lo que hago yo es supervisar.

-¿Le ha costado delegar?

-No, porque vas formando a las personas y conforme se han ido haciendo grandes han ido ocupando su espacio. En el taller cada una está especializada en una cosa, no hay nadie que sobre allí. Y en estos años hemos vestido a diez falleras mayores. Les decimos: «Yo soy tu respaldo, tranquila, todo va a quedar perfecto». Ese es mi trabajo.

-¿Qué le ha dado esta profesión?

-El cariño de la gente. Pero es recíproco, he vestido a las abuelas, a las madres, ahora a las hijas. Estoy en la tercera generación, ¿cómo no las voy a querer?

-¿Todavía siente nervios ante la prueba final de un traje?

-Sí, siempre. Al menos cuando voy a empezar, porque quiero que quede reflejado como yo lo he previsto.

-¿Ha sido muy perfeccionista?

-Mucho, y es un error (Hace una pausa). Bueno, en realidad no, porque no creo que hubiera llegado donde he llegado sin serlo. El problema es que me perjudica a mí.

«He vestido a las abuelas, las madres, las hijas...¿Cómo no voy a querer a la gente?»

-¿Se mete demasiada presión?

-Sí, por eso todavía siento nervios, pero en realidad es lo que hace que los resultados sean buenos.

-¿Se imaginaba que llegaría adonde está cuando empezó a coser?

-Nunca, porque he ido paso a paso.

-¿Ha sido ambiciosa?

-No conmigo misma. Somos sencillos, he tenido lo que necesitaba, una familia adorable. El único bache que hemos sufrido ha sido la enfermedad de mi marido, y ahora está bien.

-Sus hijas son ya mayores, ¿qué les ha dejado como huella materna?

-Siempre les hice ver que, aunque se casaran, aunque tuvieran una situación económica maravillosa, al tener hijos debían ser responsables de mantenerlos, porque no sabemos en esta vida lo que puede pasar.

Acabamos. «No podéis iros sin tomar algo», insiste Amparo Fabra, perfecta anfitriona. Se une su marido, y hablamos de telas, de que él fue el primero en hacer coincidir las flores al coser las faldas. O de cuando quedó finalista en los Premios Nacionales de Artesanía que convoca cada año el Ministerio de Industria. De que algún día podría escribir un libro con todas las anécdotas que suceden en los probadores. «Cuando me jubile de verdad», ríe esta mujer valiente, apasionada.

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