Sube la testosterona de la caravana

Cientos de migrantes caminan por una carretera de Arriaga, que fue su última parada en Chiapas./EFE
Cientos de migrantes caminan por una carretera de Arriaga, que fue su última parada en Chiapas. / EFE

El ambiente se torna más tosco hacia las mujeres,a las que los hombres persiguen con miradas lascivas y lanzan mensajes intimidatorios

MERCEDES GALLEGOEnviada especial. San Pedro de Tapanatepec (Oaxaca)

Entre Chiapas y Oaxaca, algo ha cambiado. No es sólo la desmedida generosidad de las instituciones chiapanecas, que desplegaron la alfombra en cada parada de los migrantes, sino un ambiente más tosco y agresivo que persigue a las mujeres con miradas lascivas.

Cada día quedan menos. Desde el sábado la diversidad de género ha descendido drásticamente. Se notó ya en Arriaga, el último pueblo de Chiapas antes de cruzar hacia el Istmo de Tehuantepec. Allí muchas de las embarazadas que caminan con los pies hinchados al ritmo de los hombres tuvieron su primer ultrasonido desde que salieron de casa y supieron que el bebé sigue latiéndoles en el vientre. Al menos una tuvo que ser hospitalizada este domingo ante el riesgo de un parto prematuro, fruto de la pura extenuación. Y mientras crecían las montañas de pañales a su disposición, los hombres dejaron de ceder el paso en las casapuertas y los espatarrados de las aceras las acosaban con piropos intimidatorios.

Para cuando llegaron ese día a Tapanatepec las mujeres ya preferían tumbarse unas junto a otras y los jóvenes buscaron la complicidad de otros machos para acosar a las féminas. Reina Esperanza no le quitaba ojo a su hija de 12 años, tres más joven que cuando ella la tuvo. La víspera un hombre le dijo «cuídamela, porque esta va a ser para mí», y desde entonces la vigila inquieta. «Por eso me fui también de Honduras. Allí apenas ven que una muchacha va creciendo la quieren para ellos».

Cada mujer que viaja sin pareja en esta caravana carga con una historia de violación y malos tratos, la razón que ha dominado las peticiones de asilo femeninas en EE UU desde 2014, cuando Honduras dio un giro aún más drástico hacia el infierno. «No hay trabajo y lo poco que ganan lo invierten en mujeres de fuera», explica Reina. «Luego llegan a casa sin nada y tomados».

«Salí de Honduras porque allí apenas ven que una muchacha va creciendo la quieren para ellos»

De eso mismo se quejaba por teléfono un vecino de San Pedro de Tapanatepec, dispuesto a llamar a la Policía para denunciar a los jóvenes en su puerta, «bebiendo y con prostitutas». Los pandilleros de las maras que intentaron pasar desapercibidos en las primeras semanas han emergido vendiendo tabaco por las noches. Después de dos semanas sin violar a ninguna chica empiezan a perder la compostura. Por el día se adelantan para pedir limosna con lempiras en la frente antes de que el desembarco de la masa apabulle a los bienintencionados. Por la tarde venden tabaco en el suelo y por la noche se beben el botín en las esquinas.

«Esto se va a poner cada vez más difícil, yo me vuelvo», anunció Delmis Marlen Dubon. Pensaba en su hijo, en los narcos, en el cambio de clima que les aguarda, literal y figurado. «Siento que estoy exponiéndolo mucho y no debo hacerlo, si me dan asilo en México me quedo. Si no, que me deporten».

La próxima parada

Se perderá la oportunidad de respirar el espíritu de Juchitán, que iba a ser la próxima parada en Oaxaca, donde las mujeres zapotecas ejercen el poder del matriarcado con un equilibrio mítico entre risas inteligentes y la seducción de sus vestidos artesanales. Se suman las redadas de Inmigración, que van pelando pacientemente la caravana por delante y por detrás, y el desfallecer de los más débiles o más sensatos.

Para cuando la caravana recorra los 800 kilómetros que le faltan hasta la Ciudad de México quedarán la mitad. Si se repite la estadística de alguna de las cuatro anteriores en las que ha participado Idennis Contreras, un par de cientos llegará hasta Tijuana «una ciudad muy fea pero llena de oportunidades, porque hay mucho trabajo». Estados Unidos puede esperar, «¿quién le ha dicho a Donald Trump que vamos todos para allá?».

La Iglesia toma el relevo

En el día del Señor, el padre Alejandro Solalinde les abrió las puertas de la Iglesia, como Moisés al mar a los egipcios. Fue un milagro con el que contaban los 3.000 centroamericanos que quedan en la Caravana de Migrantes, convencidos de que Dios lo puede todo, incluso ablandar el corazón de Donald Trump.

La víspera la policía federal les retuvo en la carretera durante las tres horas clave que anteceden a la salida del sol y luego llegaron achicharrados hasta San Pedro de Tapanatepec. A la Cruz Roja se le acabaron las cremas para las quemaduras. El personal médico no daba a abasto para curar ampollas, atender embarazadas en apuros y bebés febriles que sus madres sumergían en el río. Algunas cayeron rendidas por el agotamiento y perdieron a sus hijos. La multitud molió a palos a quien aprovechó para llevarse a uno.

La caravana volvía a estar huérfana. Al cruzar la frontera deportó al periodista y ex congresista hondureño Bartolo Fuentes, que creyeron el organizador, pero como no hay cabeza que descabezar el mexicano Irineo Mújica tomó el relevo, sólo para ser detenido en Tapachula. Por orden judicial no puede salir de Chiapas, así que se despidió cuando cruzaron a Oaxaca.

Por suerte allí les esperaba el padre Solalinde, un redentor de los migrantes que les abrió la Iglesia de San Pedro Apóstol para que se tiraran en los bancos y acamparan a la sombra de Jesucristo.

Al sacerdote rebelde que se distanció de la jerarquía católica hace una década, al fundar en Ixtepec el albergue Nuestros Hermanos en el Camino, le llegó la oportunidad de servir en el mejor momento. Su apoyo electoral a Andrés Manuel López Obrador, que asumirá la presidencia en diciembre, le convierte en un interlocutor valioso para negociar un refugio permanente sin trampas. Este domingo estaba pegado al teléfono para conseguir autobuses que los lleven directamente a la capital y les ahorren la peligrosa travesía por el Veracruz de los narcos o las tortuosas carreteras de montaña que atraviesan Oaxaca. Quiere abrirles la Basílica de Guadalupe y si no lo consigue está dispuesto a conseguir todas las parroquias que hagan falta, aunque prefiere no dispersarles. En la unión radica su fuerza. Como dicen los 30 nicaragüenses que se integraron a la caravana huyendo de la represión de Daniel Ortega, «sólo el pueblo salva al pueblo».

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