San Miguel, juez de las almas de los valencianos

Numerosos vecinos en la celebración de las fiestas de San Miguel en Llíria. / lp
Numerosos vecinos en la celebración de las fiestas de San Miguel en Llíria. / lp

El misterioso personaje bíblico fue catapultado a la fama durante la Edad Media

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

Canet lo Roig, Viver, Altura, Soneja, Llíria, Catarroja, Jalance, Tous, Bellreguard, Enguera, l'Olleria, Carrícola, Salem, Gata de Gorgos, La Vila Joiosa, San Miguel de Salinas y otros muchos pueblos de la Comunitat Valenciana presentan un común denominador, pero sólo la última localidad citada ofrece una pista al respecto. ¿Saben cuál es el nexo? El próximo fin de semana los habitantes de todos esos pueblos celebrarán de una manera especial las fiestas en honor a San Miguel. Cada 29 de septiembre se recuerda a este misterioso personaje bíblico que, por extraño que resulte hoy, ha ejercido una influencia sin parangón a lo largo de la historia. Si en la Sagrada Escritura se narra que Miguel batalló contra Satanás, el rol que la tradición eclesiástica le asignó no era asunto menor: poner en una balanza las almas de los difuntos y sopesarlas para reconocer su valor. Dicho de otro modo, permitir que los acólitos de Miguel, los ángeles, portaran las almas buenas al cielo, o por el contrario, abandonar las ánimas malvadas para que fuesen llevadas al infierno por los demonios. En Valencia tenemos una magnífica representación de este pasaje en la iglesia de San Juan del Hospital, en una de las pinturas más antiguas conservadas en la ciudad. Volviendo a San Miguel, según algunos textos de San Jerónimo (Padre de la Iglesia que tradujo la Biblia al latín a finales del siglo IV), el arcángel anunciaría la llegada del final de los tiempos. No a bombo y platillo, sino con una trompa y con un desgarrador grito con el que alzaría todos los cuerpos sepultados en el planeta: «Surgite mortui et venite ad iudicium». Ante todo lo expuesto, comprenderán que en un contexto milenario -y a menudo milenarista- donde se creía ciegamente en el más allá, San Miguel fuese el no va más. También entenderán que ya no lo sea tanto, o que incluso para muchos sea poco más que un cuento chino. Paradojas del destino, en este último grupo podría incluir a un querido familiar de cuyo nombre sí quiero acordarme: Miguel. En mi modesta opinión, es bueno tener perspectiva y respetar siempre todas las posturas. Ahora que decenas de pueblos ultiman sus conmemoraciones dedicadas a San Miguel, sirva este texto de breve aperitivo para acercarse a su mítica figura y conocer la dimensión de su peso histórico en sociedades pretéritas, cuyo eco todavía resuena con fuerza cada 29 de septiembre en la Comunitat Valenciana.

¿Existió San Miguel? La respuesta está en la fe del lector. Si consideran la Biblia como Palabra revelada, sí. Si es asumida como una recopilación de textos de muy diversas épocas y procedencias orientada a crear una nueva mitología, la respuesta es negativa. En cualquier caso, las principales apariciones directas o indirectas de San Miguel en la Sagrada Escritura se reducen a siete. Tres en el libro de Daniel, donde se le presenta como príncipe fiel a la causa hebrea. Dos en el Apocalipsis. En este texto Miguel y otros ángeles buenos luchan contra los ángeles malvados capitaneados por Satanás. En la Epístola de Judas (no el traidor, sino un primo de Cristo según el catolicismo), se incide en su contienda con el diablo. Otra mención indirecta la habría hecho Pablo de Tarso en su carta a los cristianos de Tesalónica. Con este bagaje bíblico, la percepción del personaje en los primeros siglos del cristianismo giraría en torno a la figura de un líder militar de naturaleza angelical, un arcángel empeñado en derrotar a los ángeles revelados y a toda expresión del mal de carácter sobrenatural.

No es hasta la Edad Media cuando San Miguel genera un impacto inusitado en la espiritualidad. Según el 'Liber pontificalis' (primitivas reseñas biográficas papales compuestas en el siglo VI), a principios de mayo del año 490 aconteció un extraño suceso en el Monte Gargano (Apulia, sur de Italia). Un terrateniente y ganadero había perdido a su bestia más preciada, un toro voluminoso. Tras días de búsqueda lo halló postrado en un acceso a una cueva del citado monte. El animal era incapaz de moverse, así que el señor decidió sacrificarlo con una flecha. Pues bien, antes de entrar la flecha en el cuerpo del toro, aquella invirtió su sentido e hirió el ojo del propio patrón. El extrañamente herido y los presentes, alucinados, fueron a comentar el suceso a un prelado del lugar. A los pocos días, durante el amanecer del 8 de mayo, el religioso experimentó una visión donde San Miguel le explicaba que él había obrado el milagro para anunciar su protección sobre el lugar.

Su festividad es de las más antiguas celebradas en las poblaciones de Llíria y La Vila JoiosaSan Miguel anunciaría el fin del mundo con un grito: «Surgite mortui et venite ad iudicium» La devoción hacia el arcángel era una cuestión tanto de fe como de lógica

El relato tuvo un éxito inigualable. Aquel monte pasó a ser uno de los enclaves de peregrinación más visitados de la Edad Media. Por increíble que sea la historia, es la base sobre la que se asientan las celebraciones de mayo dedicadas a San Miguel, todavía muy vigentes en algunas poblaciones valencianas como Canet lo Roig, Llíria o Carrícola, las que por otro lado, no dispondrían de esa influencia hasta bien entrado el siglo XIII por razones obvias.

El período entre los siglos X-XIII fue esencial en la difusión de la devoción hacia el arcángel en el continente europeo. Gracias a eclesiásticos intelectuales que ofrecían nuevas interpretaciones, San Miguel se convirtió en el nuncio del final de los tiempos. Una misión que se haría vox populi a través de los predicadores y, ya a partir del 1300, mediante un libro cuyo éxito hubiera deseado el mismísimo Ken Follett. Hablamos de La Leyenda Dorada de Jacopo da Varazze. San Miguel, aquel que derrotaba a Satanás, se había transformado también en el encargado de llamar al Juicio definitivo a los cuerpos resucitados con sus respectivas almas. Cadáveres que revivirían todos en una edad concreta y repleta de simbolismo, 33 años. No requiere explicación. Habla nuestro famoso y querido santo Vicent Ferrer: «Els peccadors ressucitaran amb la pus perfeta edat de l'hom, que és de 33 anys». Varios áticos (escenas superiores) de retablos medievales representan esta escena. Entre los cuerpos que abandonan sus correspondientes tumbas no hay ancianos, ni adolescentes, ni niños... Como diría Pedro Piqueras, espeluznante.

San Miguel no sólo llamaría a filas al conjunto de la humanidad que había poblado el universo creado por Dios. Los canales de comunicación ya descritos adjudicaron al arcángel una de las misiones más temidas antaño por los fieles: el juicio de las almas. Nada de al tuntún. En tan decisivo acto era imprescindible un atributo cuyo significado se remonta a culturas pretéritas, la balanza de la justicia. Si uno había muerto en pecado, acababa en el lado izquierdo de San Miguel y adiós muy buenas. Al fuego eterno llevado por los demonios. Un futuro diametralmente opuesto al de los fieles que, pese a sus faltas, habían fallecido en paz con Dios. Lo explicaba mejor que nadie Sant Vicent Ferrer: "E los bons seran portats axí; dirà sent Miquel: «Quiscú de aqueix àngels vage a sa ànima». Vindran resplandents, e saludaran la anima, e besar-la'n: «Vine, vine anima beneytat». «¿E hon me portarás?». «Al fill de la verge Maria, llá, a la vall de Josafat, per dar retribució a tu e als altres». «Oo!», dirá aquell, «e porta-me tost», e portar-la a els braços, odorant-la com hun ram de flors; guarda quina honor! E irán mil milia millions de ànimes sobre la mar; oo! quanta bona odor!; e los àngels iran cantant tres cobles; lo so no'l se; llà en paradís lo sabrets". ¿Imaginan millones de almas sobre el mar acompañadas por ángeles cantando tres canciones?

En un mundo donde la vida terrenal no era más que un tránsito hacia otra dimensión infinita, la devoción hacia San Miguel era una cuestión tanto de fe como de lógica. Así se explica por ejemplo, que Jaime II fundara en Llíria un monasterio bajo su advocación en 1326, o que en La Vila Joiosa sea la fiesta vigente más antigua. Aunque obviamente con perspectivas diversas, la figura de San Miguel sigue latente en la Comunitat. Me viene a la cabeza una escultura contemporánea en una de las rotondas de acceso a L'Olleria, y cómo no, todas las fiestas que ahora estarán preparando muchas comisiones para la próxima semana. Parece que el tiempo acompañará. El veranillo de San Miguel dictará sentencia.