La Tira de Contar, comercio de proximidad y tradición

Una mujer con sus verduras de proximidad que se comercializan a diario en la ubicación de La Tira de Contar en Mercavalencia./Txema Rodríguez
Una mujer con sus verduras de proximidad que se comercializan a diario en la ubicación de La Tira de Contar en Mercavalencia. / Txema Rodríguez
Una SAT agrupa a la mayor parte de los agricultores que acuden de madrugada a vender los productos frescos de sus campos
VICENTE LLADRÓ y JAVIER FALOMIRValencia

En una época en la que los mercados de proximidad y los productos de kilómetro cero están más de moda que nunca, los valencianos tienen a su alcance uno de los mejores mercados de proximidad que pueda imaginarse. Se llama la Tira de Contar y no es exactamente un mercado, sino más bien parte del gran mercado para mayoristas que es Mercavalencia y que antiguamente fue el Mercado de Abastos, cuyo edificio, en el centro de Valencia, se quedó pequeño y de difícil acceso para los camiones.

La Tira de Contar es en realidad el origen de todo: de Abastos, del Mercado Central, de Mercavalencia... porque en el principio era sólo eso. Los agricultores de las proximidades de la ciudad acudían a vender sus productos a los habitantes de la urbe, que confiaban en su llegada cotidiana para abastecerse. Traían sus cebollas, sus lechugas y también sus huevos, sus pollos y sus conejos, y tal vez hasta sus corderos abiertos en canal.

En aquel entonces no le llamaban aún mercado de proximidad, ni se imaginaban tal cosa. Tampoco existían los kilómetros. Medían por palmos, varas y leguas y no con el sistema métrico decimal.

Sin embargo, la Tira de Contar ha estado a punto de desaparecer en muchas ocasiones. Lógico, si pensamos que su historia se remonta a la época foral. Y que hace sólo unas décadas regían otros criterios de modernidad que no hacían presagiar el auge de los conceptos de proximidad y 'kilómetro 0' de ahora y que, muy al contrario, veían a esta parte de Mercavalencia, la de la venta directa de los agricultores, como algo anticuado que tendería a extinguirse en breve.

Ahora, en cambio, se quiere potenciar, cuando quedan menos agricultores que acuden a diario aunque sí un mayor número de revendedores (intermediarios). Unos y otros necesitan cumplir los requisitos y tener un carnet para vender. Pero hay una serie de obstáculos para el consumidor particular: se vende de madrugada y se hace a profesionales y al por mayor.

Casi ocho siglos de historia

Instaurada en tiempos de la dominación árabe y oficializada en 1238 por el Rey Jaume I, las distintivas normativas sobre la Tira de Contar han garantizado el abastecimiento de productos frescos en la ciudad y el derecho de los agricultores de asistir al mercado de frutas y hortalizas, así como regulado su actividad particular. La denominación 'Tira de Contar' proviene de tiempos de la Taifa de Balansiya: el magistrado que regía el comercio, que recibía el nombre de Muhtasib, y se encargaba de controlar los pesos y medidas, la política de precios y el abastecimiento de productos, disponía a los agricultores en una fila, uno al lado del otro, y la venta se hacía contando las piezas que se ofrecían. Así pues, los agricultores solían decir «me voy a la tira» cuando se dirigían a vender al mercado.

Tras la reconquista, el rey Jaume I recogió en sus Fueros y consolidó tanto la institución como la figura del magistrado, aunque se cambió su denominación por la de Almotacén o Mostaçaf. Contaba con un lugarteniente y cuatro pesadores a su cargo, y dependía directamente del Consell de la Ciutat de València. La relevancia de la Mostaçafia fue tal, que Pedro el Ceremonioso no dudó en replicarla tanto en Mallorca como en Barcelona.

En 1707, los Decretos de Nueva Planta del rey Felipe V abolieron los Fueros del Reino de València y eliminaron la Mostaçafia, pero no consiguieron acabar del todo con ella: su prestigio social y trascendencia económica era de tal calibre que fue mantenida de forma consuetudinaria por los propios agricultores, perpetuando la Tira de Contar hasta nuestros días.

Históricamente, ha conocido diferentes ubicaciones siempre en el centro de la ciudad, hasta su establecimiento definitivo en las dependencias de Mercavalència, a partir del año 1981.

Hace algo más de 30 años, los agricultores que acudían a la Tira de Contar decidieron asociarse para conseguir algunas ventajas y tener más fuerza respecto al resto de asentadores. Se constituyó así una Sociedad Agrícola de Transformación (SAT), una empresa de economía social que hoy día agrupa a la gran mayoría de los vendedores.

Javier Roig, su actual presidente, señala que no es necesario «ser socio de la SAT para poder vender en la Tira de Contar, pero tiene ventajas como la de disfrutar de unos puestos de venta a un precio más económico, no tener que pagar por la entrada del vehículo o poder hacer uso de unas cámaras frigoríficas que dan servicio a las mercancías más delicadas». «Pero a vender puede acudir cualquiera que tenga buen producto hortofrutícola y aporte, además de su filiación personal, un certificado del ayuntamiento correspondiente que demuestre que en determinada parcela de su explotación tiene los cultivos que expone en el mercado», comenta el presidente de la SAT.

Roig lleva en el cargo sólo un par de años, pero ha estado vinculado a la entidad casi desde su creación. Y recuerda que la evolución de la Tira de Contar ha sido compleja. «Cuando se inició la SAT había casi 1.000 socios y actualmente somos poco más de 150, con eso se puede hacer uno una idea de como hemos vivido estos tiempos de crisis».

Pero en opinión de Roig más que la crisis económica, el problema ha sido y es el incremento de la oferta en los supermercados y grandes superficies y también el desconocimiento de la gente: «muchos valencianos que abogan por el comercio de proximidad y el producto fresco no saben ni que existimos». «Pese a todo y gracias al apoyo del Ayuntamiento de Valencia, en los últimos años van entrando agricultores y parece que estamos remontando, porque sería una pena que una institución como esta desapareciera», afirma.

Vivir de madrugada

Este mercado hunde sus raíces en la Edad Media, cuando Valencia era un pueblo grande que se abastecía de lo que traían los huertanos. Era el mercado básico para la alimentación de sus moradores y por ello contó con privilegios forales para asegurar su pervivencia. Durante mucho tiempo se estableció frente a la Lonja de Mercaderes, en la plaza del Mercado, que por esta razón recibió ese nombre, mucho antes de que se construyera el Mercado Central que hoy conocemos.

Más tarde se le asignó nueva ubicación entre la iglesia de San Agustín y la Delegación de Hacienda, para situarlo después en el Mercado de Abastos, compartiendo ya instalaciones con los puestos fijos de los comerciantes que fueron surgiendo, y recalar definitivamente en la actual Mercavalencia, donde dispone de una nave completa entre la de los comerciantes hortofrutícolas y la del pescado. Pablo Aguado, director de Mercados de Mercavalencia, indica que en consonancia con el renovado auge de la Tira va a cometerse una reforma de la nave para modernizarla y darle mayor comodidad.

Aquí se vive cada madrugada una atmósfera especial, con una oferta abundante de lo mejor de la huerta, recolectado pocas horas antes, y en su busca acuden dueños de fruterías y verdulerías de Valencia y de muchos pueblos de alrededor, paradas de mercados municipales, restaurantes, colegios y otras colectividades.

Transitar por las estrechas callejas que dejan las hileras de tarimas (los puestos asignados a los vendedores), repletas de cajas que estallan en aromas y colores, con predominio de verdes, constituye un espectáculo impagable que no está abierto al público, porque aquí se viene a vender y comprar en cantidad y con rapidez, hay poco espacio y no queda opción para dispersarse en charlas . Aún así es un espectáculo que incluye los comentarios que se entrecruzan unos y otros, las indirectas, los tratos sobre precios y hasta los rudimentarios y efectivos sistemas de 'etiquetar' los bultos ya reservados o de anotar las cuentas de lo vendido. Frente a ello, la obligada exigencia de ofrecer a cada comprador la trazabilidad de lo que adquiere mediante un terminal informatizado.

Trabajo duro

Esa es la tónica dominante en casi todos. Trabajo duro y disciplinado, acostarse pronto, dormir poco, apurar al máximo para que salgan los números. También hay vendedoras, las famosas labradoras de la huerta. Lo habitual es que lleven la casa y los hijos, o los nietos, que ayuden en el campo al marido y luego se responsabilizan de la venta para que él pueda acudir a tiempo a regar y demás tareas de cultivo. Una figura clásica del esfuerzo familiar en el que la parte femenina lleva muchas batutas y entre ellas el lado comercial.

Son alrededor de 250 los agricultores que venden de forma habitual en La Tira de Contar. Algunos reservan para todo el mes, porque acuden casi a diario. O sin el casi. También podrían reservar de por vida.

Los que van con mayor regularidad son socios de la SAT que forman un grupo muy regular y compacto. Para ir a comprar se exige acreditar que se dispone de un negocio o actividad que justifique acudir al mercado mayorista, y eso se realiza mediante la aportación de datos del epígrafe fiscal del establecimiento correspondiente.

Y aunque el público particular no puede acudir a adquirir las mercancía que ofrece la Tira, los consumidores sí pueden proveerse en las paradas de mercados municipales o verdulerías en general que se abastecen allí. Por esos es importante que se conozca este extremo, como selaña Javier Roig, algo que por lo que cuentan algunos de los vendedores más jóvenes y comprometidos con la evolución de la demanda de frutas y verduras, se está notando, ya que hay cierto cambio de tendencia entre determinados estratos de la ciudadanía urbana.

Pero quien busca va conociendo a la vez a quiénes se surten de la Tira, lo que está cobrando fuerza como sinónimo de frescura y calidad. Y por supuesto de los modernos conceptos de proximidad, cultivo artesanal y tradicional, 'km 0' y compromiso con la preservación de la huerta.