Dos estudiantes y un futuro

Guillermo Sanz Falagán (i) y Juan Ignacio García de las Peñas. /Ignacio Pérez y Óscar Chamorro
Guillermo Sanz Falagán (i) y Juan Ignacio García de las Peñas. / Ignacio Pérez y Óscar Chamorro

Uno estudia Filosofía y otro Ingeniería

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Guillermo Sanz Falagán Estudiante de Ingeniería Electrónica Industrial y Automática en Deusto (Bilbao)

Se podría pensar que elegir una carrera como Ingeniería Electrónica Industrial y Automática tiene más de cálculo que de vocación. El informe más reciente del INE, basado en una encuesta realizada a titulados que habían acabado la carrera cuatro años antes, atribuye a estos estudios una tasa de desempleo del 0,0%, con decimal incluido para redondear la impresión. Pero, en el caso del bilbaíno Guillermo Sanz Falagán, de 24 años, esa envidiable perspectiva solo supuso el empujoncito definitivo para que asumiese su inclinación natural. En realidad, los cálculos inevitables al final del Bachillerato le habían llevado por otra senda: «En 2012 empecé a estudiar Farmacia en la UPV, en Vitoria. En plena crisis, vi que era una salida fácil, porque tengo familia con farmacia. Estuve tres años, me costó bastante, no me gustaba y decidí cambiarme a Ingeniería Electrónica, que era lo que me atraía de verdad. No lo elegí por la salida que tiene, sino porque me gusta mucho la electrónica y lo tecnológico».

Sus padres suelen recordar cómo a los 3 años, antes de aprender a leer, Guillermo ya era un experto en buscar en el ordenador los juegos que le interesaban. El poderoso argumento del 0,0% sí le sirvió de ayuda a la hora de afinar su vocación: «Fui a Deusto a preguntar por Informática y me abrieron a hacer algo industrial: me plantearon por qué no me lo pensaba, si tenían el cien por cien de sus alumnos trabajando de ingenieros electrónicos». ¿En qué consiste exactamente esa carrera suya, bautizada con un extraño ramillete de palabras? «Está centrada en la electrónica: diodos, maquinitas... No máquinas grandes, que también, sino sobre todo máquinas pequeñas: los botones del microondas de casa, la domótica, cosas así», aclara, con el tono de quien está ya acostumbrado a ofrecer una versión simplificada de su especialidad.

Con un título como el de Ingeniería Electrónica Industrial y Automática, el futuro se abre ante uno como un delta de posibilidades. Guillermo, que está en tercer curso y es subdelegado de su clase, es consciente de que los estudios van a allanarle el porvenir, pero mantiene los pies bien plantados en el suelo: «Gente que conozco que ha hecho esta carrera consigue trabajo muy fácilmente. Hay uno que está dos años en una empresa, se marcha a otra... Eso no es difícil. Lo de estabilizarse va a ir a menos, aunque yo lo prefiero, porque soy 'segurola'». ¿Ni siquiera se le pasa por la cabeza la posibilidad del paro? «La estadística dice que no será difícil encontrar empleo, pero puede fallar. Si ocurriese, no me importaría hacer algo que no fuera lo mío y trabajar, yo qué sé, en Mercadona».

Él prefiere vivir cerca de casa, no en el extranjero, aunque eso suponga apartarse de su disciplina. «Me veo aquí. Me gusta estar con la gente que quiero. Pertenezco al grupo Foc, del colegio Pureza de María, y llevo un grupo de cuarto de la ESO a segundo de Bachillerato. Me gusta estar con ellos y comprobar cómo cambia la visión de la vida de los 16 años a los 24. Yo les cuento lo que pasa luego, intento que no magnifiquen sus problemas». ¿Y se puede imaginar que, por algún cataclismo cósmico, tuviera que ponerse a estudiar Filosofía? «Soy de la generación que tuvo Filosofía en la Selectividad y me gusta. Pero lo vería más como afición, porque sé que tiene pocas salidas. A lo mejor iría antes por Psicología, que te puedes meter en Recursos Humanos de una empresa».

Juan Ignacio García de las Peñas Estudiante de doctorado de Filosofía #en la Universidad Complutense (Madrid)

Para explicar por qué uno decide estudiar Filosofía, no queda más remedio que ponerse un poquito filosófico: «Yo tenía vocación docente, siempre la he tenido, y no hay forma mejor de enseñar que entender cómo han surgido todas las ciencias. Con la Filosofía se puede jugar mucho más a la hora de orientar a una persona», plantea el madrileño Juan Ignacio García de las Peñas, de 31 años y estudiante de doctorado en la Complutense. En su momento, intentó dar esquinazo a esa vocación suya y planificar su futuro de manera más práctica, pero la experiencia no acabó bien: «Me matriculé en Medicina, pero salí huyendo cuando vi que había un brazo y empezaban con la disección. Estuve mes y medio. Mi intención era ser forense, porque me atraía bastante el sueldo, que es algo que con 16 o 17 años te interesa: es la actitud del adolescente, pero después la vida te va moldeando, como una piedra que se va puliendo, y te das cuenta de que la realidad es diferente. Además, pensé que eran muchos años de carrera, y luego el MIR, así que iba a seguir con 35 en mi casa. ¡Tampoco me ha faltado mucho con Filosofía!».

Juan Ignacio tiene claro que seguramente sus estudios no le van a propulsar hacia un empleo diseñado a medida, porque funcionan más o menos al revés: la Filosofía es una herramienta útil en cualquier destino, ya que permite entender la realidad y al ser humano. «Brinda la gran posibilidad de darse cuenta de cómo funcionan las personas, esa es la mayor salida. La enseñanza está muy complicada, es un campo con mucha competencia, pero la Filosofía sirve para muchas cosas: trabajes en lo que trabajes, siempre la aplicarás». Desde que acabó la carrera, ya ha tenido tiempo de conocer los sinsabores del mercado laboral: «Hice el máster de profesorado y di clases particulares. Tuve la suerte de que salió una bolsa de interinos de Secundaria, me presenté y el año pasado estuve dando clase muy contento. Este año, en cambio, estoy sobreviviendo, aplicando la Filosofía donde se puede: encuestador a pie de calle, clases particulares, pequeños cursos de apoyo escolar...».

Es una realidad que, mejor o peor, conocen de antemano todos los estudiantes de Filosofía, ya que nunca faltan los agoreros que les pronostican un porvenir de frustraciones. «Ya me he enfrentado a la realidad de la que me habían advertido, pero prefiero seguir estudiando Filosofía y muchas veces no trabajar como profesor. No me siento humillado por eso, porque todos los trabajos son dignos, aunque sí puede haber cierta frustración cuando inviertes tanto tiempo en prepararte y ves que estás en las mismas condiciones desfavorables que un trabajador no cualificado». Juan Ignacio, miembro de la Asociación Tales, está haciendo el doctorado, centrado en la llegada de la Filosofía occidental a Japón a través de la figura de Nishi Amane. ¿Cree que esa especialidad ampliará sus expectativas laborales? «No lo espero, pero un docente no puede estancarse en lo que ha aprendido en los años de carrera».

¿Se imagina, por cierto, estudiando algo como Ingeniería Electrónica Industrial y Automática, como su vecino de página? «¡Sí! Cosas como los proyectos Scratch y Arduino son muy aplicables a Secundaria y también a una asignatura como Filosofía. Hay nexos de unión entre Filosofía y Ciencias como la inteligencia artificial y la Bioética. Y confesaré que tengo mi casa toda domotizada».