La naranja toca fondo

Competidores de todo el mundo están aumentando el cultivo de cítricos que venden en la UE, con lo que erosionan las exportaciones de España, que aún sigue siendo líder, pero cada vez más amenazada por los costes bajos del resto y la permisividad de Bruselas

VICENTE LLADRÓ

Una cadena de hipermercados regala cuatro kilos de naranjas a cada cliente que compre otros productos por valor de más de 40 euros. Una promoción que da buena idea de la magnitud de la crisis citrícola. No se habla ya de caída de precios, de pérdida de rentabilidad... Es que están tan baratas las naranjas que se regalan. ¿Una promoción comercial? Sí, pero también una decisión que supone cierta dosis de afrenta para los agricultores, que vienen criticando este tipo de acciones que se prodigan demasiado. Porque, si algo se regala de manera sistemática, cómo cabe esperar que pueda reemprender el vuelo, cómo harán los citricultores para volver a producir naranjas.

En los bares de los pueblos agrícolas valencianos es la cuestión central de los comentarios y las preocupaciones. ¿Qué pasa con la naranja?, se preguntan unos y otros, y se aventuran todo tipo de sentencias y argumentos, casi siempre parciales, porque cada cual incide en lo que más ha escuchado o le resulta especialmente llamativo.

Se culpa sobre todo a la avalancha de producción importada de países terceros que llega a Europa, con el consentimiento de Bruselas y de los propios gobiernos europeos (incluido el de España); como se señala igualmente la falta de protección general de Bruselas para los agricultores del sur de la UE, la escasez de medidas y compromisos de los políticos españoles, a todos los niveles, el exceso de producción de la actual temporada, un posible descenso del consumo, la pobre organización comercial, la ausencia de campañas de publicidad y promoción, el retraso en la maduración de las primeras variedades de esta temporada, el nulo compromiso de las cadenas de supermercados por arrimar el hombro, la repentina menor demanda de la industria transformadora, los elevados costes de cultivo, recolección y comercialización (todo resta del precio en el campo), desequilibrios en el abanico de variedades... Cada cual apunta a lo que considera que es más de señalar y de corregir, pero lo cierto es que todo ello viene a determinar un complejo panorama de problemas que, entrelazados, determina la actual situación de colapso en el sector citrícola valenciano y del resto de regiones españolas productoras. Con los bajísimos niveles de precios que se pagan en el campo por las naranjas Navelina y las Clemenules (entre 7 y 15 céntimos el kilo), y la cantidad de cosecha que se está quedando por vender, pudriéndose sin remisión, o regalándose, bien se puede concluir que la naranja ha tocado fondo. Entendiendo, por supuesto, que el concepto naranjero, como sector, engloba al resto de frutas citrícolas, particularmente a las mandarinas.

La sobreoferta en Europa de producción española y de países terceros arruina los precios en origen y deja parte de la cosecha sin poder recolectarse

La oferta que citábamos al principio, la de una cadena comercial que regala naranjas para atraer clientes a sus establecimientos, se realiza, curiosamente, sólo fuera de la Comunitat Valenciana, como si hubiera un rubor latente de zaherir a los directamernte afectados. El caos es que se regalan. Y entre nosotros tenemos igualmente bien a la vista el mismo rigor de la crisis. Basta con fijarse en lo que sucede en cientos y cientos de fruterías repartidas por ciudades y pueblos de toda la región, con carteles que ofertan naranjas y clementinas a tan sólo un euro por tres kilos. Si un kilo vale 33 céntimos, ha de ganar la tienda y quien se las vende, se paga al transportista y al recolector, ¿qué queda para el productor? Nada.

Se piden ahora medidas de protección cuando se ignoró lo que traerían las cesiones a terceros

La Ley 12/2013 de medidas para mejorar el funcionamiento de la cadena alimentaria, que con tanta fruición han presentado y explicado los gobernantes responsables en tal materia, está encaminada, sobre el papel, precisamente a eso, a equilibrar la cadena alimentaria, y sobre todo a proteger al eslabón más débil de la misma: el agricultor, que es el único que insistentemente se queda no sólo sin ganar, sino que ni siquiera le permiten recuperar lo que ha empleado en producir. Sin embargo, cinco años y pico después de estar vigente esta ley, resulta evidente su inoperancia. Ni siquiera ha sido capaz de servir de protección frente a las prácticas de vender a pérdidas (como lo es vender a precios temerariamente bajos y mucho más lo de regalar el producto), puesto que la Comisión Nacional de Mercados y la Competencia ha tumbado tal pretensión.

Una actividad de la que dependen 400.000 familias

La citricultura ocupa unas 300.000 hectáreas en España, con más de 125.000 agricultores. La Comunitat Valenciana es líder, con unas 175.000 hectáreas y unos 80.000 productores. Aquí predomina el minifundismo, mientras que en las demás comunidades priman grandes explotaciones. La producción de esta campaña se estimó en más de 7,29 millones de toneladas, de las que al menos 300.000 se habrán perdido ya en los campos. Nuestra región produce el 54% del total y centra el 80% de la exportación. De todo el volumen se exporta un 55%, casi 4 millones de toneladas, más del 90% al resto de la UE. Las tareas de cultivo, recolección, comercialización, transportes y trabajos auxiliares ocupan a más de 270.000 personas, que sumadas a los 125.000 de citricultores, representan unas 400.000 familias que dependen de la naranja.

Mientras se mira con ilusión la directiva europea que al parecer quiere poner orden en este punto, y que seguramente acabará decepcionando por igual, se apunta desde diversos foros agrarios que es de elogiar la ley que ha aprobado Francia, de la que se dice que sí prohíbe la venta a pérdidas y fija que los precios han de compensar como mínimo los costes. Pero ni los más ilusionados por tal iniciativa gala son capaces por ahora de desmenuzar el qué y el cómo de la misma para poder tomar ejemplo concreto de los vecinos del norte.

CÍTRICOS EN CIFRAS

7.298.111
Toneladas de producción estimada. En la Comunitat Valenciana, 3,89 millones; 2,21 en Andalucía, 0,96 en Murcia y 0,22 en el resto.
3.811.000
Tonelaje que se puede exportar, aunque va con cierto retraso.

De igual manera se repite hasta en la sopa, en ocasiones algo a ciegas, la reclamación de que Bruselas aplique cláusulas de salvaguardia para frenar las importaciones citrícolas que están dañando a la producción de 'casa', la española, y también la de Italia. Se piden cláusulas incluso para lo que no existen, como ocurre en el caso de las mandarinas de Sudáfrica, porque nadie lo previó en su momento. Pero se vuelven a pedir, dando así pie a que desde Bruselas se echen con facilidad balones fuera o se indique que no hay datos objetivos para fundamentar dichas reclamaciones. Y eso mismo acaba sembrando la indignación entre muchas mentes esperanzadas en llegar y besar el santo. ¿Pues qué era de esperar? ¿Qué cabía suponer que ocurriría cuando se firmaron acuerdos de libre comercio con países terceros, cuyo interés consiste en producir más cítricos y demás artículos horftofrutícolas para esxportarlos a la UE? ¿Por qué no arreciaron entonces las protesta y las inteligentes acciones de lobby que ahora se quieren improvisar a toro pasado, y sin embargo se hicieron oídos sordos y se despreciaron los avisos que se lanzaron, tachándolos de exagerados o alarmistas?

De Sudáfrica a Egipto pasando por Turquía o Marruecos

Años atrás, el gran competidor de la citricultura española era Marruecos, que aún lo sigue siendo, y de hecho nos ha arrebatado importantes mercados, como en Norteamérica y Rusia (aquí gracias al incomprensible bloqueo). Sin embargo, Marruecos, que se embarcó en grandes planes de expansión hortofrutícola, también sufre en parte las consecuencias de la irrupción de otros países que no paran de crecer para exportar a la UE. Estas últimas semanas se habla mucho del daño comercial que han hecho las últimas mandarinas y naranjas de Sudáfrica a las variedades precoces de España, y se pide una protección frente a la competencia desleal que Bruselas no quiere dar. Pero ahora llega con fuerza Egipto, que el año pasado ya enseñó los dientes y oferta superbarato con tal de vender.

Hace 25 años advirtió LAS PROVINCIAS: «El acuerdo del Gatt destruirá 350.000 empleos en el campo en España». Era el principio de la liberalización comercial mundial, sobre todo en agricultura, y nadie se preocupó de preparar medidas. Las consecuencias se sufren hoy con toda acritud y nos rasgamos las vestiduras sin atinar cómo salir del atolladero.