VIERNES SOCIALES, SÁNCHEZ INVENTA SU PLAN E

VIERNES SOCIALES, SÁNCHEZ INVENTA SU PLAN E
Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

La socialdemocracia postfelipista tomó una senda desde Zapatero que todavía perdura: ante la amenaza de una crisis económica, escoge siempre las decisiones que la acentúan en lugar de sortearla, o al menos mitigarla. El mal viene de raíz y tiene en el psoe andaluz su quintaesencia. Con la vicepresidenta Calvo cuando se confesó con que «el dinero público no es de nadie», lo que implícitamente conlleva usarlo de cualquier manera. Una tesis después reforzada por la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, con sus escasos miramientos hacia las cuentas públicas: «pasarse en un presupuesto es fácil, no tiene problema, lo he dicho siempre, chiqui, son 1.200 millones, eso es poco, es poco». Conviene ante tanta jarana poner un contrapunto con la denostada Margaret Thatcher, para quien «el dinero público no existe, existe el dinero de los contribuyentes»; lo que le llevó a decir aquello de que «el socialismo fracasa cuando se le acaba el dinero... de los demás».

Pedro Sánchez se ve ahora reflejado en el Zapatero de 2008 y a Zapatero quiere imitar para ganar las elecciones. Su predecesor hizo entonces dos cosas. Las dos mal. Porque ambas enfermaron la economía española, agravándola, hasta desembocar en el plan de austeridad de 2010 que acabó con la reputación interior y exterior del presidente socialista. Conviene recordar que Mariano Rajoy cogió un timón a la deriva con seis millones de parados, seiscientos puntos de prima de riesgo, la quiebra generalizada de las cajas de ahorro y un país a punto de perder su soberanía mediante una intervención casi inevitable de la Unión Europea. Ese fue el resultado de las medidas zapateriles. La primera negar la crisis con total descaro. Siempre se recordará el famoso debate televisivo entre Solbes y Pizarro, que ganó el vicepresidente llamando catastrofista a su oponente y proclamando «nada más lejos de la realidad» que una recesión económica. Seis años después, el mismo Solbes presentó sus memorias, e intentó rebajar su desprestigio con una expiación que en realidad en vez de mejorar su papel, lo empeoraba. Dijo que en privado había advertido reiteradamente al presidente del Gobierno de que «es evidente que atravesamos una profunda recesión». No cabe mayor impostura política, técnica y personal, Solbes nunca se quitará esa mancha de su historial.

Conviene recordar a la denostada Thatcher: «El dinero público no existe, existe el dinero de los contribuyentes»

La segunda medida zapateril resultó todavía peor. Como el dinero público no era de nadie, se puso a derrocharlo con el famoso Plan E. Un programa de obras públicas que buscaba reactivar la economía y la demanda a fuerza de levantar obras sin ton ni son. España se llenó de glorietas, polideportivos y auditorios cerrados, porque luego faltó el dinero para su mantenimiento. Ocho mil millones tirados en ladrillo, cemento e inutilidades y excesos (y otros cinco mil millones más tarde). Miles de empleos ficticios, en su mayoría otorgados a los afines, sin control ni auditoría. Sin racionalidad alguna. Ni sentido económico. El diario El País lo editorializó como «un chaparrón de dinero». Otros medios fueron más directos, «un engañabobos». El dictamen del Tribunal de Cuentas contra el Plan E fue fulminante y definitivo. Un fracaso absoluto y caro. Y una medicina contraproducente; incrementó el déficit público, quitó atención sobre las amenazas reales y nos empujó por el precipicio del año negro de 2010.

Los viernes sociales son la versión actualizada de aquel Plan E. Una versión diabólicamente mejorada por dos vías. La primera mediante el marketing político. Todas estas medidas deberían ir incorporadas en el programa electoral del PSOE, para que se lleven a la práctica tras el refrendo democrático de las urnas. Hacerlo mediante decretos a las puertas de la campaña supone un uso del poder ejecutivo partidista, descarado e irresponsable. Pero funciona. Sánchez, en lugar de promover un debate con la oposición sobre las bases de estas promesas, lo que hace es implementarlas de facto. Lo que le permite un debate sobre decisiones ya tomadas y lo sitúa en un plano de superioridad clarísimo respecto a sus contrincantes. Es un juego sucio que le otorga el control de la agenda, dejando a los demás en una posición de inferioridad. El enfoque electoralista de los viernes sociales no tiene discusión. Las medidas no vienen de Podemos ni de la negociación de los socios de gobierno, tampoco de los ministerios, sino directamente del gabinete presidencial (otra vez, la larga mano de Iván Redondo), «es cosa de Moncloa, el Gobierno está muy activo», según reconocen los agentes sociales.

La otra mejora diabólica respecto al Plan E está en quién pagará la fiesta. Con Zapatero todo corrió a cuenta del Presupuesto. Ahora, no pocas de las medidas concretas afectan a las cuentas de las empresas privadas. Sólo el aumento del permiso de paternidad supondrá cincuenta millones para las empresas de la Comunitat. Sánchez pretende ganar las elecciones con unas medidas que impactan en las cuentas del sector privado. Pretende que las empresas privadas y sus trabajadores financien su permanencia en el Gobierno; retorcido pero eficaz. Aunque el gasto para el Estado tampoco será pequeño. Más de novecientos millones que alcanzarán los 1.500 si se suma la subida de las pensiones. Y aparte otros 1.300 millones para los parados de larga duración, que los propios sindicatos han acogido con escepticismo. Tanto que la ministra de Trabajo, Magdalena Valerio, ha tenido que responder que «mejor un brindis al sol que los lunes al sol». Argumento propio en definitiva para quien está convencido de que el dinero público no es de nadie.

El problema último está en resolver si estas medidas son las pertinentes para esta coyuntura. Si servirán para desviar los nubarrones que se nos avecinan o por el contrario empeorarán la tormenta y acabarán quitándonos más de lo que nos dan, a través de un aumento del desempleo. La amenaza de recesión europea resulta evidente para todos los servicios de estudios españoles e internacionales, los avances del proteccionismo están a la vista, el petróleo vuelve a ser un problema, así como otras materias primas y la industria está herida, especialmente el sector automovilístico, vital para la economía europea, y no digamos la valenciana, donde las señales de Ford no pueden ser más inciertas y preocupantes. Se puede concretar con las palabras de un estudioso: «no estamos en recesión, pero sí ante una clarísima desaceleración; el futuro depende las medidas que se tomen en estos momentos y las que estamos conociendo no son buenas». Y apunta un dato inquietante: la afiliación a la Seguridad Social va mal, se hunde, porque las incorporaciones no vienen del sector privado, sino del sector público, para compensar los muchos funcionarios que están pasando a las clases pasivas, o sea, que se están jubilando. Dicho lo cual, el que quiera entender, que entienda.