OLTRA TENÍA MOTIVOS PARA ENFADARSE

OLTRA TENÍA MOTIVOS PARA ENFADARSE
Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Los resultados de la encuesta de GAD3 para LAS PROVINCIAS resultan probatorios. Mónica Oltra vio venir la jugarreta del adelanto electoral y tenía motivos para enfadarse con su socio Ximo Puig; la lealtad botánica se rompió en el momento justo en el que los intereses de nacionalistas y socialistas chocaron tras una convivencia bastante armoniosa. Los datos del sondeo, en síntesis, dicen que Vox irrumpe con energía en la Comunitat Valenciana con cuatro diputados al Congreso, justo los cuatro diputados que pierde el PP; los populares no obstante seguirán siendo el referente dominante en el bloque de derechas, si bien por primera vez en casi tres décadas no ganarían unas elecciones en el Reino de Valencia. Los datos abonan la percepción de que Ciudadanos sufre un frenazo de fórmulauno, desde que perdieron pie con la moción de censura contra Rajoy que no supieron plantear a su favor. Y los datos, sobre todo, señalan que el gurú Iván Redondo tiene un olfato de oro, que el quiebro electoral se demuestra como una pértiga prodigiosa para Pedro Sánchez y que Puig hizo muy bien en pegarse a su sombra. Por primera vez en cerca de 30 años, el PSPV ganaría unas elecciones en la Comunitat y, sí, lo lograría gracias al vaciamiento de Podemos y sobre todo de Compromís. El partido socialista, de confirmarse la tendencia, recuperaría la hegemonía de la izquierda, perdida progresivamente desde el 15-M, al orillar a sus competidores a la periferia parlamentaria. Eso dicen los datos demoscópicos, a la espera por supuesto de que los españoles lo corroboren o no dentro de un mes.

La ciudadanía parece hacer responsable directo de todos los desaguisados a Compromís mientras salva al PSPV, que se va de rositas

La encuesta viene a confirmar que los pucheros de Oltra ante la prensa el pasado lunes 4 de marzo no eran fingidos. Sabía la que se le venía encima. Y que la frialdad de los días previos no era teatrera. Sentada en Les Corts a medio metro del President, escaño con escaño, se podría decir lo mismo que en ese clásico de Hollywood: «estamos en la misma habitación, pero no en el mismo planeta». Puig ufano, alegre y confiado, oyendo a Mata susurreando desde atrás, disfrutando el momento de poder arbitrario; Oltra, doliente y sufrida, tocándose una muñeca. No es nada personal, sino el negocio de la política. Por eso tampoco conviene dramatizar en exceso las diferencias sobrevenidas, porque no son definitivas. Si se vuelven a dar las circunstancias, habrá secuela botánica. Lo que no quita para extraer consecuencias sobre la actuación del tripartito: el sectarismo en la educación ha calado, el catalanismo encubierto y el tufillo antiespañol han calado, las melonadas con el tráfico urbano también han calado, igual que las rarezas diversas en materia de inversiones empresariales o sanitarias. Lo que ocurre es que la ciudadanía parece hacer responsable directo de todos los desaguisados a Compromís mientras salva al PSPV, que se va de rositas. El público quizá no abandona a la izquierda, pero se coloca en el lado de una mayor moderación, se da un corrimiento al centro que beneficia a los socialistas. El balanceo hacia la derecha resulta evidente; de los 32 escaños en disputa, las derechas logran una mayoría de 18 y el 50% de los votos; la izquierda se queda en el 44% y la alternativa PSPV+Ciudadanos de momento se aguanta con un 42% de las papeletas. Habrá que ver hasta donde sería extrapolable esta radiografía respecto a las elecciones autonómicas y/o locales, pero Joan Ribó debería empezar a preocuparse, mucho.

El balanceo hacia la derecha resulta evidente; de 32 escaños, las derechas logran una mayoría de 18 y el 50% de los votos

Estamos ante unas elecciones nacionales, donde se imponen la fuerza de las siglas y los líderes de los partidos. Los candidatos locales importan poco. En todo caso, la gran sorpresa sin duda ha sido el fichaje del exdiputado popular Ignacio Gil Lázaro por Vox, una apuesta personal de Santiago Abascal, que se acercó a Valencia para gestionar la incorporación. Ha sentado a cuerno quemado; en el PP y en el grupo aventurero que intentaba hacerse con el control de Vox en Valencia y que ahora parece que pueda hacerle ojitos a ese PP que tanto han criticado. La candidata pepera, Belén Hoyo, ha descalificado a su oponente de Vox y antiguo compañero como alguien poco de fiar, puesto que mutó de partido después de ocupar cargos con el PP durante 32 años. Ciertamente, eso es algo que Gil Lázaro tendrá que responder durante mucho tiempo, si el «divorcio emocional» con su partido le hubiera llevado a romper antes y no después de perder el escaño, el cambio de camiseta le habría resultado más fácil de explicar. Pero Gil Lázaro no está solo, al fin es lo que está pasando también con la familia de Rita Barberá y con otros muchos pesos pesados del antiguo PP, si bien la discrepancia no ha salido de los ámbitos privados. Puede ser que Belén Hoyo acabe con mayores dolores de cabeza que el de Gil Lázaro (cuyo artículo semanal en esta casa se suspende a partir de hoy hasta que pase el 28-A). Belén Hoyo fue la benjamina de la corriente pepera más manchada por la corrupción, la rusista. Y lleva de número dos a Vicente Betoret, mano derecha y chico de los recados de Alfonso Rus en los años más sospechosos investigados por los tribunales; el tercero de la lista es Luis Santamaría, zaplanista confeso. En todo caso, ninguno de los tres está ahora colocado por rusista o zaplanista, sino porque apostaron por Pablo Casado frente a Soraya Sáenz de Santamaría. El triunfador premia a los suyos y castiga a Isabel Bonig, a quien no ha dejado meter mano en la configuración de la candidatura: todos los elegidos constituyen la oposición interna a la líder del PPCV; Bonig debería protegerse. Así funciona ahora la política. Lo escribió ayer con su agudeza habitual el maestro Mariano Guindal: los nuevos líderes políticos (Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias, Abascal) dirigen sus partidos «con poderes absolutos, caudillismo y un narcisismo insufrible» y han dejado fuera a todos los que discrepen o puedan hacerles sombra. Sí, esos jóvenes que venían a regenerar la vida pública han acabado, todos ellos, con prácticas que merman la democracia interna de los partidos. Ironías de la nueva política.