LA MANIFA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Todavía resuena el eco de la gran manifa y a Pedro Sánchez le concedemos la virtud de arracimar bajo una misma bandera, bajo un mismo anhelo, todas las sensibilidades que van desde al centro hacia la derecha y la derechona. Otro éxito que se apunta durante estos escasos meses pródigos en literaturas falsas y en otras materias vínculadas al tráfico aéreo. Gran mérito el suyo.

Y dale con el diálogo. Y qué pelmas con el diálogo y la presunta solución dialogada cuando una de las partes sólo pretende inflexible monólogo y soliloquio de perturbado visionario porque sus condiciones no admiten otra cháchara. A Rajoy le acusaban de huir del dichoso diálogo cuando el hombre sólo tenía claro, en sus inevitables titubeos de tópicos galaicos, que dialogar con los que no se bajan del burro resulta imposible. La búsqueda del diálogo por Sánchez sólo le ha otorgado vergüenza y catástrofe, ridículo y esos dardos arrojados por los apóstoles del antiguo testamento, o sea González y Guerra, que en su condición de jubilatas de lujo se atreven a castigar deslenguados al niño guapo con hechuras de moderno Ícaro que puede cargarse el partido de sus amores. La exclusiva callejera ya no cae sólo en el lado de la izquierda y una movilización de este calado sólo pudo cristalizar gracias a las repetidas trolas genuflexas de Sánchez. Y al desprecio fruto de la arrogancia del advenedizo, pues calificó la cita como «la España en blanco y negro», olvidando que el blanco y negro suele usarse para realzar el tono poético, véase 'Pasión de los fuertes' de Ford o 'Le trou' de Becker. A lo mejor, la España en ese blanco y negro que parece simple pero camina cargado de matices es la que conserva cierta decencia porque mantiene la claridad ante los atropellos. Gracias a Sánchez se ha recuperado brío y sensatez. Enhorabuena.