Un aviso a navegantes

Julià Álvaro se había convertido en molesto para su formación. Compromís ya pisa moqueta y toca un perfil más institucional

María José Grimaldo
MARÍA JOSÉ GRIMALDO

Cuentan las informaciones que la de Julià Álvaro era la crónica de una destitución anunciada. Y así parece. Sus desencuentros con la consellera Elena Cebrián han sido muchos y notorios. El más conocido, su ofensiva para implantar el plan de envases que llevó al presidente a intervenir, una vez más, y a la responsable de Medio Ambiente a desautorizarlo al descartar su imposición y acceder a negociar con la patronal. Y se podrá estar de acuerdo o no con sus políticas, el empresariado de hecho las rechazó frontalmente, pero son las que su formación defendía.

Por eso, el cese fulminante de Álvaro puede ser un claro aviso a navegantes. El ya ex secretario autonómico de Medio Ambiente, figura política potente, se había convertido en molesto para su formación. Y Compromís ya pisa moqueta. ¿Desafíos? Los que la vicepresidenta se marca y poco más.

A Álvaro se le había recomendado que bajara el tono de sus críticas. Y él no escuchó. O no quiso. Y siguió haciendo ruido. Como lo hace Grezzi por más que su jefe lo respalde casi siempre en público mientras lo reprende en privado. Así ocurrió cuando sin encomendarse a nadie anunció la prohibición de aparcar en el carril bus o la peatonalización de la plaza del Ayuntamiento que desconocían hasta sus socios de gobierno.

«Grezzi no puede marcar la agenda de la policía. Se le han recriminado las cosas que hace. Toma muchas decisiones por su cuenta», declaró la concejala Menguzzato en una entrevista al preguntarle sobre el verso suelto del Ayuntamiento. El mismo al que un día Ribó recordó que sus padres le enseñaron a respetar a los muertos después de sus ofensivos comentarios tras la muerte de Miguel Blesa. Y el que responde con un «os tengo dicho que llaméis a prensa» cada vez que se le requiere para conocer su versión sobre asuntos de su competencia. ¿Os tengo dicho? ¡Uf, qué miedo!

Ruidoso está resultando también el diputado Xavier Rius, a quien hay que reconocerle su habilidad para convertir la Diputación en noticia casi a diario por sus polémicas contrataciones (la vicepresidenta ya se ha interesado por el asunto, cuentan). O por llevarle la contraria al presidente y revocar ayudas aunque Rodríguez las haya autorizado. «Los miembros del Consell responden ante su superior jerárquico, o su igual», decía Oltra para justificar la destitución de Álvaro. Avisado queda, diputado de Cultura.

¿Y Nomdedéu? ¿Hasta cuándo servirá eso de la libertad de expresión y el sentido del humor para justificar sus salidas de tono? La última, sus críticas al Premio Broseta. Antes, sus ironías sobre el desempleo el día que lo nombraron. Y la más grave, su lamentable comentario sobre la enfermedad de Zaplana. Por muchas disculpas que pidiera después. Eso, antes, que es usted cargo público de Empleo, por cierto, la mayor preocupación de los valencianos.

Julià Álvaro coincide con los citados en lo del ruido, aunque el suyo, para ser justos, casi siempre ha sido por sus políticas. Pero se acerca 2019. Y el tiempo de las camisetas ya pasó. Ahora se impone el perfil institucional. Y se lleva el rosa palo y las plumitas en las mangas.

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