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Un «sí, quiero» a ritmo de mascletà

Valencia

Un «sí, quiero» a ritmo de mascletà

14.02.14 - 00:59 -
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Dicen que el traje de la novia es lo más importante en una boda, pero cuando esa novia decide caminar hacia el altar vestida de fallera tiene por seguro captar todas y cada una de las miradas. Algo nuevo, algo viejo y peineta en el pelo. Nada puede fallar en el día más importante de una pareja que ha decidido aunar su amor con su pasión por la fiesta josefina.

Son pocas, pero las que son, están. El traje de valenciana es una petición entre un millón y, precisamente por eso, aquellas novias dispuestas a llevarlo el día de su boda se aseguran una dosis extra de exclusividad. Javier Niclos, propietario de la mítica tienda Albaes, ha hecho trajes regionales para bodas en contadas ocasiones, pero cada una de ellas tiene una historia especial detrás. «Recientemente hice un traje de torrentí para David Serra, un chico de Xàtiva que se casó en Alemania», cuenta. Un peculiar enlace en el que ella vestía de rojo, a conjunto con el fajín de él.

Aún así, la principal diferencia entre los vestidos de novia valencianos y el regular radica en el color, que se mueve entre los blancos y crudos, y, en ocasiones, el añadido de una cola. «Este mundo es de pasiones y si quieren ir de valencianas van de arriba hasta abajo».

Y precisamente porque muchas novias buscan un traje de boda que luego puedan reutilizar durante las fiestas, Álvaro Moliner se ha encargado de la adaptación de muchos de éstos. De la Ofrenda al altar. «La ventaja es que cualquier traje de novia luego no se vuelve a usar y el de fallera sí. Creamos trajes del siglo XVIII, que se hacen con brocado o damasco blanco, y los adaptamos añadiendo cola», explica.

Isabel Garrido se prometió que si se casaba algún día lo haría de fallera y, aunque del dicho al hecho hay un trecho, cumplió y vistió un traje de Álvaro Moliner. Y es que su historia parecía predestinada. Su marido, Luis Miguel Sanz, le pidió la mano en la Ofrenda, a los pies de la Virgen, sorprendiéndola a ella y a todas las comisiones presentes. «Para los trajes clásicos se hacen pruebas, pero el mio se hizo pieza a pieza. Cuando me vi el día de mi boda no me reconocía, fue muy emocionante. Era eso o nada», cuenta Isabel.

Dicho y hecho. Tan solo el ramo rojo rompía con el blanco de un traje que trasladaba la pasión por la fiesta josefina al que sería uno de los días más importantes de su vida. «Estaba vestida con un sentimiento, otros trajes no significan nada», afirma la novia.

Amparo Gómez, propietaria de Espolín, ha confeccionado alrededor de una treintena de este tipo de trajes en una carrera que se alarga 30 años. «Para la novia tipo valenciana usamos brocados, incluso con plata o dorados, mientras que el traje clásico usa telas más vaporosas, como la organza», explica.

Unos vestidos a los que va unido un fuerte sentimiento que funde, más allá de gustos y épocas, a los novios con la tradición valenciana. «Son para gente que sabe muy bien lo que quiere», afirma Amparo Gómez. Y es que, una vez confeccionado el traje, tan solo queda dar el «sí, quiero» y lanzar el ramo. Que suene la traca, que estamos de boda.

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