Las Provincias

«Prefiero estar muerto. Esto no es vida»

José Antonio, en su domicilio, mientras cuenta el drama personal en el que se ha visto inmerso. :: Txema Rodríguez
José Antonio, en su domicilio, mientras cuenta el drama personal en el que se ha visto inmerso. :: Txema Rodríguez
  • El taxista que se quedó ciego malvive con una pensión mientras su agresor está libre

  • José Antonio perdió la visión tras arrancarle los ojos un cliente en una discusión por el pago de una carrera de 90 euros

A José Antonio le han dejado sin vida. «Se lo he dicho a mis hijos: preferiría estar muerto». Uno de ellos está junto a él, en el sillón de una vivienda de un barrio de la periferia de Valencia. El joven llora todas las lágrimas que él no puede derramar. «Esto no es vida», exclama sin poder contener un improperio. Lo de ponerse en la piel de la víctima, en este caso, supone un ejercicio de empatía casi imposible. ¿Conoce usted a alguien a quien le arrancaran los ojos? Pues eso. Cómo pensar en semejante atrocidad. José Antonio la sufre. Tuvo la mala suerte de ser el protagonista de una historia sin precedentes, de una brutalidad extrema, de unas consecuencias que doblegan la mente más sólida. «Mira, me tuvo que tocar...» Pero la resignación, en algunos casos, no es el antídoto que mitigue la rabia. Odio contra un joven de 19 años que supuestamente se lanzó contra él. «Directamente, como un gato, contra mis ojos». Recuerda aquellas Fallas terribles, las del año pasado, el instante desde el que no ha vuelto a ver un amanecer.

De conducir, al bastón

La víctima, con poco más de 40 años, pasó de conducir un taxi a tener que caminar con la ayuda de un bastón. Una caída tan profunda que lleva a la categoría de proeza superar el actual drama. Tras la inesperada agresión del joven, perdió el ojo izquierdo. En el derecho apenas conserva un diez por ciento de su capacidad. Sólo ve sombras.

José Antonio recuerda aquella carrera con detalle. «Maldito puente, maldito puente», repite a lo largo de su charla con LAS PROVINCIAS. Fue allí, en el más cercano a Eduardo Boscá, donde recogió a su peor pesadilla. «Acababa de llevar a unas chicas a la discoteca de esa calle». Y por allí andaba su agresor...

El hombre era nuevo en el sector. Apenas hacía un año que contaba con su licencia. Conocía los riesgos, claro. Pero los limitaba a algún atraco, una agresión. Gajes del oficio. Por desgracia, algo que todo conductor experimenta una vez en la vida. Pero nada comparado con quedarse ciego. José Antonio procedía de la joyería, un mundo diferente. Con la crisis, el taller en el que trabajaba terminó cerrando. «Fui de los últimos en mantener mi empleo...» El subsidio del paro poco a poco se iba agotando... Y el gesto de sus hijos, de lógica preocupación, se acrecentaba. Así que se metió de chófer para ayudar a otro compañero. Finalmente, juntó unos «ahorrillos», y pidió un préstamo para comprar la licencia. El peor negocio de su vida.

Su presunto agresor, aquella noche de Fallas, le encargó ir a Ontinyent. «Sospeché de un trayecto tan largo. A ver si no me vas a pagar... Pero me dijo que llevaba dinero. Me enseñó un billete de 50 euros y me dijo que había tenido una pelea».

Unos minutos más tarde, en la avenida Ausias March se encontró con otro taxista a quien pidió consejo sobre el importe final del trayecto. Todo bien. Sin problemas. «Incluso paré a poner gasoil». Al llegar al destino, «vi que consultaba su móvil. Todo el viaje sin hacerlo y ahora...». Mal augurio. Le dijo que se metiera por un camino y se negó. Detuvo el vehículo y le comunicó el precio. Algo más de 90 euros. Redondeó la cifra a la baja. No hubo más respuesta que el ataque. «Esa forma de agredirme en los ojos ya la tenía que haber hecho otras veces. Creo que quería robarme y dejarme ciego para que no le reconociera». Esta es la tesis que maneja el conductor profesional. A continuación, le mordió la mano para liberarse. «Pero ya salí ciego del coche». Una vez fuera, todavía le cogió por la espalda y le volvió a introducir los dedos en los ojos, según su relato. Cayó a una acequia. Cuando salió de allí, su mundo ya estaba a oscuras. «Sólo recuerdo el ruido de coches a mi alrededor».

El joven niega el ataque

La versión del joven difiere. Explicó en el juzgado que el taxista le cogió el dinero que llevaba y le dijo que no era suficiente. Entonces le pidió la cartera y el móvil y el presunto agresor se negó. Comenzó un forcejeo entre ambos y no recuerda si las lesiones se las causó en ese momento mientras intentaba defenderse. O incluso apuntó que quizá se clavó algo cuando cayó en la acequia. A continuación, y en este aspecto coinciden ambas versiones, el joven huyó del lugar con la mochila del taxista, donde llevaba la recaudación.

Un año más tarde, la investigación judicial sigue su curso. Falta todavía un informe forense. José Antonio no entiende cómo su agresor está en la calle. El abogado del agredido pidió hasta dos veces prisión para él, pero no ingresó. «Psicológicamente es lo peor que llevo», subraya. Pero no es la única dificultad. Ahora aprende a desenvolverse en situaciones tan habituales como cruzar un paso de cebra. «Me han enseñado cómo estar atento al ruido de los coches y cómo distinguir las monedas que llevo en el bolsillo». Proezas para él. Lanza un reto. «Pónganse un pañuelo en los ojos y vayan a la cocina a por un vaso de agua». Así se siente José Antonio. «Esto no es vida».