¿Quién es Ana Ruiz?

Ana Ruiz posa en el jardín de su casa, en Alboraya./Damián Torres
Ana Ruiz posa en el jardín de su casa, en Alboraya. / Damián Torres

La presidenta de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer se conmueve al recordar todo lo que pasaron su padre, madre y tía

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

A la presidenta de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer se le humedecen los ojos claros cuando habla del drama de su familia, una demencia cada vez más extendida entre la población, y no sólo en personas de edad avanzada. «Veníos a casa», dice Ana Ruiz, y abre la puerta de un bonito adosado de Alboraya, lleno de recuerdos, de fotografías, también de libros, que atestiguan su paso por la enseñanza. Esta profesora de Historia, ya jubilada, es tímida, se la nota nerviosa, pero al mismo tiempo habla con mucha claridad y muestra todas sus emociones, incluidas la tristeza y la pena que todavía guarda tras la muerte de sus padres y su tía por el alzheimer.

-¿Qué le hizo llegar a la asociación?

-Hace veintitrés años, cuando noté los primeros síntomas en mi padre, me puse en contacto con ellos. Diez años después aparecieron las mismas señales en mi madre y mi tía, que había sido para mí como una segunda madre. Se me hizo un mundo porque, además, al ser yo la mayor de dos hermanas tenía más responsabilidad, sin darme cuenta y yo proponérmelo. Me hice socia, me ayudaron muchísimo.

Ruiz, profesora de Historia, cuenta que se prejubiló a los setenta años.
Ruiz, profesora de Historia, cuenta que se prejubiló a los setenta años. / Damián Torres

-¿Por qué presidenta?

-A los sesenta años me prejubilé y dije: «Ahora podéis contar más conmigo porque tengo mayor disponibilidad». Lamentablemente, mi madre y mi tía fallecieron al poco tiempo, pero mi vinculación con la entidad se ha mantenido. Cuando me propusieron relevar a la antigua presidenta, Juana, yo creo que ni siquiera me lo pensé, y ojalá pudiera mantener la asociación al mismo nivel que mi antecesora en el cargo.

Una espina clavada

La crueldad del destino

No lo duda ni un segundo, porque si hablamos de espinas clavadas, Ana Ruiz tiene bien clara cuál es la suya. «Me hubiera gustado dedicarme al cien por cien a cuidar de mi madre y de mi tía», indica. De hecho se prejubiló para poder hacerlo, pero el destino fue cruel con ellas: «Al poco tiempo murieron. Dices 'ahora' y ese ahora ya ha pasado, porque la vida es muy corta».

-Está implicada pese a que ya no necesitaría la asociación, ya no es familia de un enfermo de alzheimer.

-Yo doy, pero también recibo. Porque, como familiar de personas que han sufrido la enfermedad, tengo mucho miedo, y estar allí me ayuda a enfrentarlo. Quizás sea algo que no tenga explicación racional. Me enriquece mucho ayudar, hago lo que puedo lo mejor que sé y, al mismo tiempo, egoístamente, también me beneficio, porque tengo más posibilidades y más números en la lotería.

-¿Aprendió algo de tener que convivir con la enfermedad?

-Se sacan cosas positivas… (Se emociona) Todavía no lo tengo superado. El enfermo de alzheimer sigue transmitiendo emociones… Lo coges, le das un abrazo y te lo devuelve, porque los sentimientos los mantiene intactos. No te reconoce, pero lo que sí sabe es que hay una emoción que está ahí y llega hasta el final.

Reconoce haber tenido una «trayectoria muy enriquecedora» como profesora.
Reconoce haber tenido una «trayectoria muy enriquecedora» como profesora. / Damián Torres

-Hábleme de su vida profesional.

-He sido profesora de instituto con la condición de catedrática y he tenido una trayectoria muy enriquecedora, porque he hecho lo que quería hacer en la vida. Empecé en la universidad, no me terminaba de gustar, así que me fui a Secundaria, a aquel BUP y COU que ya no existe, a impartir clases de Historia, de Historia del Arte, de Geografía. Eso sí, tuve que hacer una tournée de institutos. Estuve en Manises, Paterna, Santa Pola, Villena, Buñol, Meliana… Allí inauguré el instituto como directora, y me jubilé en el Rascanya.

-¿Cómo vivió ese periplo?

-Complicado, sobre todo cuando los niños eran pequeños. Algunas veces me los llevaba, otras no. Es complicado alejarse de lunes a viernes y verlos sólo los fines de semana. Incluso estuve pensando en pedir una excedencia cuando daba clases en Villena, pero por suerte me salió una comisión de servicios y me pude volver a Valencia y estar con ellos. Mi tía me ayudó y mi marido siempre se implicó mucho. Recuerdo que mientras los hijos estaban en la academia de música, yo esperaba en el coche y preparaba clases, corregía exámenes… Mi maletero era una biblioteca, de tantos libros que tenía. Así que ahí estaba yo, bajo una farola para poder trabajar. Iba siempre como loca, porque soy muy seria en mi trabajo, me gusta hacer las cosas bien, que las clases tuvieran un rigor científico, y para ello sacaba tiempo de donde fuera.

-Unos se van, otros vienen. Ahora tiene una nieta.

-Ella es nuestra alegría, una niña muy inquieta, creativa, con una personalidad arrolladora. Me encanta el papel de abuela, que es distinto al de madre, en el que tienes mucha más responsabilidad, e incluso un cierto estrés. Con mi nieta me preocupo igual pero sobre todo disfrutamos de ella, tanto mi marido como yo.

Más de Revista de Valencia

Fotos

Vídeos