Joaquín Borrell: «El rugby me ha enseñado que no hay que lamentarse a tortazos»

Joaquín Borrell, junto a una menina en una de las placetas de la calle de San Vicente, al lado de su notaria. /Damián Torres
Joaquín Borrell, junto a una menina en una de las placetas de la calle de San Vicente, al lado de su notaria. / Damián Torres

El notario más antiguo de Valencia -«que no el más viejo», recalca- combina el amor a su profesión con el deporte y la literatura, una faceta donde disfruta creando mundos paralelos y urdiendo tramas, y que le ha permitido desconectar de los problemas diarios cuando sale del despacho

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Es difícil no rememorar la sala de espera de una consulta médica en la notaría de Joaquín Borrell, ubicada en la calle San Vicente; el volumen de trabajo es tal que durante la entrevista dos veces se ausentará a dar fe de alguna operación a la sala contigua. Retoma sin embargo la conversación sin titubear, y es que si tiene alguna cualidad este valenciano con raíces en la Marina es que sabe compartimentar su vida, y va añadiendo tantas facetas a la conversación que sorprende por su versatilidad, narrado además con ese carácter abierto, irónico, tan propio de quienes se han criado mirando el mar.

-Esta es su profesión desde hace muchos años. ¿Hasta cuánto se siente notario?

-No hay que ser notario, sino ejercer de ello. Y cuando estoy en este despacho lo hago con toda la veracidad y entrega que se merece, pero la profesión no se lleva puesta. Yo hago otras cosas fuera de estas cuatro paredes.

Luego hablará de «esas cosas», algunas sorprendentes, como escribir novelas, que han hecho que su oficio, el de notario, que en otras ocasiones es una vocación que se extiende y ramifica hacia la vida personal, en el caso de Joaquín Borrell se acaba cuando cierra la puerta.

-¿Tenía claro que quería ser notario?

-En realidad, es una de esas influencias familiares que quedan. Mi padre estuvo preparándose y se iba a examinar dos meses después de empezar la guerra en Burgos, pero ya no se celebró nunca aquella oposición. Él se dedicó a la abogacía toda su vida y siempre me hablaba de que con esta profesión iba a tener respeto, independencia… así que estuve muy orientado por esa influencia paterna.

«Intento descontar los disgustos; cuando me los llevo los archivo»

-Aceptó la sugerencia.

-La verdad es que es una profesión bonita, contactas con la gente, vives en el mundo real, te llegan los problemas, las realidades y todas las variantes humanas posibles y 37 años después me sigue gustando.

-¿Recuerda el día en que aprobó la plaza?

-Entonces eran tres ejercicios, y recuerdo sobre todo el oral, aquel en que lo pasabas o te estrellabas. Era el 13 de noviembre de 1980. Mi padre entró a pesar de que se lo tenía prohibido, y se metió entre el público sin que le viera. Fue un día muy bonito. Él se emocionó mucho, y yo también.

-¿Hay que tener una cabeza privilegiada para poder aprobar a la primera, como lo hizo usted?

-No, no creo que fuera por eso. Yo lo atribuyo al esfuerzo y a la concentración y, evidentemente, tener algo de suerte, que ese día estés bien. A mí me salió todo de cara.

-Siempre hay anécdotas divertidas que contar en las notarías.

-Es que sin conocerte te largan las intimidades más insospechadas… hay pocos observatorios de la vida tan directos como este, y si quiere que le cuente alguna anécdota divertida, me acuerdo de una vez en que en un pueblo cerca de aquí tenía que dar fe, en una expropiación, de que un molino estaba en funcionamiento. Vi que se movía de forma muy rara, y me decían: «ala, vámonos que ya lo hemos visto». Yo insistí en que lo tenía que comprobar de cerca. Cuando me aproximo sale un hombre del agua que grita: «¡que me ahogo!». El cuñado estaba debajo empujando la piedra. De estas no hay muchas, por fortuna.

-También los testamentos dan para mucho, ¿verdad?

-Un notario de un municipio turístico tenía un amigo que los primeros días del mes de agosto siempre hacía testamento a favor de una chica muy mona. Al tercer año le dijo el notario: «oye, que esto no es serio». Y él le contestó: «¿sabes lo bien que me lo paso todo el mes por cinco mil pesetas -que costaba cambiar el testamento-?».

«De decano tuve mucha oposición de compañeros pero no cambio aquellos años»

-¿Siente cuando mira atrás que ha tenido éxito?

-Después de treinta y siete años no me he peleado con nadie, y soy el notario más antiguo de Valencia -que no el más viejo-. Eso quiere decir que estoy a gusto en la plaza y ya van veintinueve años.

-Además, llegó a decano.

-Estuve unos cuantos años, en un momento en que había que hacer un cambio en la estructura. Me costó muchos disgustos, mucha oposición, que no todo el mundo entendía.

-Se llegó a enfrentar con los notarios de Madrid.

-Pillamos cierto conflicto territorial, que llegó a salirse de los cauces de la cortesía, pero sabíamos que al final todo volvería a su cauce. No lo cambio, sin embargo, porque es una experiencia positiva, en la que tienes trato directo con los políticos, con gente que de otra forma no tendrías relación, y, sin parecer cursi, fue muy enriquecedor.

-Los notarios se toparon con la crisis. Se vivían muchos dramas entre estas cuatro paredes. ¿Cómo recuerda aquella época?

-Primero, la carga de trabajo dio un bajón importante, se entró en pérdidas. Los problemas con los que nos encontrábamos eran mucho mayores; los dramas a veces muy graves. Y se contagian.

-¿Se lleva alguno a casa?

-Intento que no, ese corte entre la vida profesional y personal es necesaria. Si no se sabe hacer esa desconexión se pasa mal. Es importantísimo dejar los problemas entre estas paredes, que ya estamos aquí muchas horas al día.

-¿Cómo se consigue?

-Me imagino que teniendo un buen ambiente familiar y algunas aficiones. A mí en su día me dio por las novelas y, desde luego, ayuda muchísimo.

-¿Por qué comenzó a escribir?

-Cuando uno acaba la oposición tiene un volumen de horas y de tensión que quizás no se trasladan del mismo modo a la notaría. Sentí un cierto vacío y me apetecía contar una historia sobre los moriscos de la montaña, ya que mi familia procede de la zona de Benissa, donde había muchos viviendo antes de ser expulsados. Tengo que decir que salió bastante mal, la novela es floja, aunque cuando lo digo se enfadan conmigo porque allí es una historia muy sentida que habla de la comarca y la aprecian mucho. Es que con los años creo que fue una novatada, pero uno le coge el gusto y con el tiempo va mejorando, supongo que como en todos los oficios. Incluso ha habido por ahí propuestas y guiones para llevar algunas de mis novelas a las pantallas.

-¿Cuándo escribe?

-Cuando era más joven y estaba en mejor forma física lo hacía de diez a doce o una de la madrugada. Esa es una buena hora para ponerse a la faena. Luego he visto que ya no estaba tan lúcido después de todo el día y lo voy guardando para los fines de semana.

-¿Se ha convertido en una necesidad para usted?

-Para mí lo que se ha convertido en una necesidad es urdir tramas, imaginar escenas y personajes. Hubo un momento en que algunas se vendieron bastante, pero con el tiempo quizás eso te importa bastante menos. Es cierto que te gusta que te comenten que han disfrutado con la novela, pero ahora con lo que me recreo es con ese mundo paralelo en el que aparecen historias. De otra forma tendría una especie de niebla.

-¿Qué tiene de la Marina?

-Es una zona con muchísima personalidad, la gente es audaz, desinhibida, a lo mejor con cierta tendencia al exceso. Siempre pongo como ejemplo que allí, una zona donde tradicionalmente ha habido piratas, de mucho peligro, la expresión 'moros en la costa' no significaba huir, sino que había que atacarles, porque el virrey pagaba luego a tanto la cabeza. Además, siempre ha sido un misterio el porqué en esa zona que comprende Benissa, Teulada o Calpe apenas hay yacimientos fenicios o griegos, y yo creo que es porque temían a sus pobladores.

«Tengo siete nietos y dos en camino, disfruto ejerciendo de abuelo»

-Con esas raíces le debe gustar el mar.

-Soy de tierra adentro, veo el mar desde arriba de la montaña, en Pego, y siempre he sido más aficionado a la bicicleta. Eso sí, el deporte ha sido muy importante en mi vida.

-He leído que era usted jugador de rugby.

-Jugaba en el Tatami Rugby Club, en segunda división, aunque ya me hubiera gustado ser mejor.

-Dicen que el rugby es de los deportes que confieren una personalidad peculiar a las personas que lo han jugado.

-Como deporte de equipo, lo primero que asumes es que si te tienes que llevar un tortazo por el bien del equipo te lo tienes que llevar, y no te lamentes después. Yo creo que entonces aprendes que los individualismos no existen y que el lucimiento personal incluso está mal visto.

-Aprender a no quejarse puede incluso formar parte del día a día, como enseñanza.

-Yo creo que es importantísimo. Ves un partido de fútbol y cuando los jugadores lloriquean a mí me da un poco de vergüenza ajena. El deporte es saber pasarlo mal y cuando nos vemos aquí en la notaría compañeros de aquella época, aunque formáramos parte de otros equipos, hay amistad. Y esa rivalidad que existe en otros deportes aquí no existe. Cuarenta años después, todavía nos contamos las batallitas lo pasamos fenomenal. Cuando juegas hay como una descarga de adrenalina positiva y lo echas de menos cuando lo dejas.

-Si hablamos de familia, ha creado una numerosa.

-Tengo cuatro hijos y siete nietos, más dos que vienen en camino.

-¿Cuánto tiene de familiar?

-Con la familia he tenido suerte y creo que eso es importantísimo. Me he llevado muy bien con mi mujer y con mis hijos, adoro a mis nietos; imagínese que los mayores tienen cinco años. El abuelo para ellos es una institución importante.

-¿Ejerce?

-Muchísimo. Hay un tejemaneje abuelo nieto importante. Me lo paso muy bien cuando están todos, además.

-Hábleme de su mujer. ¿Cómo la conoció?

-Ella es manchega, de esas pocas parejas de la facultad que todavía subsisten. Empezamos a salir el último día de quinto de carrera y hasta ahora. Hace cuarenta años.

-¿Cuál es el secreto para estar tanto tiempo juntos?

-Yo creo que cada uno tiene sus manías, lo importante es aceptarlas, compartir y, evidentemente, asumir que es imposible que haya convivencia sin discusiones. Pues se superan, y la verdad es que en ese sentido ha sido bastante fácil.

-¿Le ha salido algún hijo notario?

-Una estuvo a punto de serlo, pero al final el momento de la verdad esa pizca de suerte que hace falta le falló; ahora trabaja de oficial de notaría. Los otros son arquitecta, médica y veterinario.

-¿Eligieron lo que quisieron?

-Los cuatro han ido completamente por libre y, es más, todos, con diez o doce años, ya tenían claro lo que querían hacer. No he influido en ninguno, porque, además, siempre he pensado que el mundo que viene no lo conocemos, e influir aumenta ostensiblemente la posibilidad de meter la pata.

-¿Mira atrás con satisfacción?

-Todo el mundo tiene un porcentaje de logros y frustraciones, yo también. Creo que si se trata de que las frustraciones queden reducidas al mínimo y disfrutar de la parte buena, lo he hecho. Al final no hay que dramatizar las cosas que podrían haber salido mejor.

-¿Cree que es esta la mejor forma de encarar la vida?

-Yo lo que hago es descontar los disgustos. Me explico: en el momento en que te lo llevas, no lo recrees. Y conviértelos en un capítulo archivado en cuanto se pueda.

Más de Revista de Valencia