Juan Andrés Mompó: «La gente me da un miedo horroroso. Prefiero vivr aislado»

Con talento indiscutible, se convirtió en uno de los grandes diseñadores de la moda españoles. /Juanjo Monzó
Con talento indiscutible, se convirtió en uno de los grandes diseñadores de la moda españoles. / Juanjo Monzó

Disculpa a aquel padre que, cuando apenas era un adolescente, le dijo unas palabras que han marcado su vida. Entiende incluso a aquellas personas que, a estas alturas de su vida, se acercan a él por interés. «Es normal que quieran algo a cambio, el único amor verdadero existe entre madre e hijo»

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Los ojos verdes de Juan Andrés Mompó, agrandados tras sus eternas gafas de pasta, hablan de bondad. Aunque él luego diga en la entrevista que no cree en buenas y malas personas. Sus gatos, los que le hacen levantarse por las mañanas para darles de comer, me miran, vigilantes. «No les gustan demasiado las visitas», les excusa. No parece que tenga muchas el diseñador que se subió en los años ochenta a la pasarela de Cibeles y que, como Francis Montesinos, se hizo un nombre en el mundo de la moda cuando todavía no había despertado nada en Valencia. Ya no diseña esos maravillosos vestidos donde había tanto de fantasía y de sueños. Dice que no le apetece. Ahora le gusta pintar, ahí descansa un caballete y una buena colección de obras suyas cuelgan de las paredes de ladrillo visto y piedra. Hay muchos autorretratos, y parecen bastante buenos, aunque él no lo crea así. «Me pinto yo porque no tengo modelo, y, además, todavía tengo que mejorar mucho». También hay libros, muchos, de arte, de moda, entremezclados con Virginia Woolf, best-sellers. O de instalaciones eléctricas.

-Hace ya tiempo que vive solo.

-Mi hermana murió en 2005 de un cáncer, cinco años antes había fallecido mi madre. Y dejé de diseñar, porque no tenía ningunas ganas de continuar.

-¿No quiso seguir con el negocio porque ellas ya no estaban?

-Soy una persona muy fantasiosa, necesito tener una persona fuerte al lado.

«Soy frágil y necesito a alguien fuerte a mi lado, por eso dejé de crear«

-¿Se considera demasiado frágil?

-Sí, ellas eran fuertes, yo no. Mis empleadas de entonces me lo dicen, que los jefes no son como usted.

-¿Le protegían?

-Muchísimo. Y no crea, que mi hermana era muy dura, pero mi vida estaba con ellas. Incluso en el plano social. Sí es cierto que tengo amigos íntimos, pero cada uno tiene su vida hecha y solo acudimos cuando nos necesitamos de verdad. Con conocidos no salgo, no me lo paso bien.

Juan Andrés Mompó nos recibe en ropa de estar en casa, el lugar donde se siente más a gusto y que comparte con sus gatos.
Juan Andrés Mompó nos recibe en ropa de estar en casa, el lugar donde se siente más a gusto y que comparte con sus gatos. / Juanjo Monzó

-¿Es tímido?

-Tengo un miedo horroroso a la gente, digo muchísimas cosas para llenar los espacios vacíos y me agota, porque hablo por hablar. Cuando estoy con mucha gente no me siento a gusto y empiezo a decir tonterías, prefiero mil veces estar solo, por eso tengo tantos libros.

-¿Le ha hecho aislarse?

-Sí, vivo aislado.

-¿Qué hace?

-Le cuento una anécdota. Una temporada, como estaba tan requeteaburrido, me dio por el esoterismo, e iba a París Valencia a comprarme las estupideces más grandes que pueda imaginar. Mi vida se circunscribía a ellas dos, como un matrimonio con mi hermana que, además, no era idílico porque nos llevábamos bastante regular. Pero no tenía otra opción, porque una vida como adulto no la sé llevar, no me atrevo a ninguna relación sentimental, ni entonces ni ahora, porque soy bastante cobarde y pienso que me va a proporcionar más problemas que beneficios.

-¿Le ha pasado siempre?

-Siempre. La primera vez que me enamoré él no me correspondía, y yo pensaba que me moría. Alguna gente se enamoró de mí posteriormente, pero es que yo tuve un periodo en que tomaba pastillas, que me ayudaban a ser una persona desinhibida. Porque yo tenía muchas manías.

«Empecé a tomar pastillas que me quitaban la timidez. Eran anfetaminas»

-¿Manías? ¿En qué sentido?

-Yo era muy problemático, tenía muchos fantasmas en mi cabeza por ser gay; sobre todo porque una vez, cuando tenía once o doce años, mi padre me dijo que si lo era me mataría. Aquello no era verdad, por supuesto, pero me marcó profundamente, y siempre pensaba que tenía la culpa de todo lo que pasaba a mi alrededor. Un día, a punto de irme a Ibiza, donde vivía mi hermano, empecé a encontrarme muy mal y un amigo me dio unas pastillas para que me sintiera mejor, que resultaron ser anfetaminas. Entonces se vendían para el hambre, y a mí me quitaban toda la timidez.

Los fantasmas han perseguido siempre al diseñador.
Los fantasmas han perseguido siempre al diseñador. / Juanjo Monzó

-¿Y pudo relacionarse?

-Los círculos gays, en aquella época, eran muy oscuros, como algo prohibido, que lo era, y yo no osaba ni acercarme sin haber tomado nada. Pero claro, por el cauce normal no podía ir, que todos mis amigos comenzaban a tener novia.

-¿Consiguió dejar las pastillas?

-Si me puedo vanagloriar de algo es que tengo mucha fuerza de voluntad, y de un día para otro entendí que aquello me hacía más mal que bien y lo dejé.

-¿Y en cuestiones sentimentales?

-Nada. Cuando tenía cuarenta y pico años empecé a ir al gimnasio porque me di cuenta de que descargaba mucha tensión, y allí tuve algunas proposiciones, incluso de personas que me podían apetecer, pero las dejé de lado.

«La relación con mi hermana parecía un matrimonio en el que nos llevábamos regular»

-¿Por qué?

-Suponía que iba a ser un lío. Que yo tenía una edad, que igual con el tiempo me hubieran propuesto irnos a vivir juntos, pero no podía, porque la tienda nos iba muy bien, porque cuidábamos a mi madre. En el fondo, quedaba una rémora de aquello que dijo mi padre. Que sí, que fue solo una expresión, pero cuando lo oyes con doce años te hace mucho daño. Y eso lo tengo anclado.

-Es cierto que tuvo muchísimo éxito.

-Compramos los Almacenes Alemanes, y ahí empezó a irnos muy bien. Primero con los suéters, que hacíamos entre mi hermana y yo, aunque mi madre también nos ayudaba. Luego nos trasladamos a Conde Altea. Nos llamaron para que fuéramos a Cibeles, y el director de la pasarela nos dijo ese primer año que había sido la mejor colección. Pero al cabo de tres años de éxito ininterrumpido me llegó otra tanda de manías. Estaba dibujando y, de repente, ya no me salía nada.

-¿Qué le sucedió?

-Crisis de creación. Y ahí me tienes, dos o tres años enganchado, llorando en la trastienda, mientras me pedían más y más diseños. Si yo lo sé, que luego son todo fantasmas en la cabeza, pero mientras fue un martirio.

-Volvamos atrás. ¿Eran de buena familia?

-Regular. Sí por parte de mi madre, que era catalana. Mi abuelo paterno tuvo una fabriquita de hacer botones de hueso y le iba bien, incluso al final de su vida tenía una casa en la calle de la Reina y dos o tres casitas en la Malvarrosa. Después de la guerra, sin embargo, se perdió todo, no pasamos ninguna calamidad pero mi padre no tenía suficiente dinero. Él en realidad nunca había trabajado, era hijo único y tenía un buen pasar. Se convirtió en secretario de mi abuelo materno y cuando conoció a mi madre se enamoraron. Ella en realidad estaba separada de un médico, al que dejó durante la guerra.

Juan Andrés Mompó revela que la muerte de su hermana le ha impedido volver.
Juan Andrés Mompó revela que la muerte de su hermana le ha impedido volver. / Juanjo Monzó

-Qué adelantada a su tiempo.

-Sí, y se casó con mi padre, pero cuando vino la dictadura todos los divorcios y separaciones dejaron de tener valor.

-¿No era válido su matrimonio entonces?

-No, aunque eso no fue importante para nosotros. Un día me di cuenta de que no teníamos libro de familia pero nada más.

-¿En qué notaron que la situación fue a peor?

-Dejamos de ir a la piscina y los veranos se convirtieron en épocas pesadas en Valencia. Mi padre perdió las casas y nos sacaron de los Dominicos. Continuamos las clases en una academia donde nos pegaron muchísimo, recuerdo que usaban una regla y te daban en la palma de la mano. Y era una forma de no aprender, porque yo me quedaba paralizado por el miedo que tenía. Un día, mi hermano mayor, harto de que nos pegaran, nos sacó de allí. Él empezó a trabajar, yo a otra academia, donde sufrí acoso por parte del típico chuleta de la clase, que comenzó a fastidiarme porque yo era amanerado. Tampoco aprendí nada y lo pasé fatal. Hasta que me fui a Artes y Oficios.

-¿Era la clase de educación que necesitaba?

-Supongo que sí. Y me permitió entrar a trabajar a la que entonces era la mejor tienda de tejidos de Valencia, en una época que no había boutiques. Yo valía, aunque también llevara paquetes, porque primero empecé calcando, como hacían allí, luego ya dibujaba, y en poco tiempo proponía el diseño. Imagine que me subieron el sueldo de 900 a 10.000 pesetas en un mes. Pero aparecieron las manías en mi vida. E Ibiza, donde descubrimos una sociedad completamente distinta a la que conocíamos.

Habla con una sonrisa en los ojos, como si contara una anécdota sin importancia, sentado encima de un cojín, en el suelo, para estar más cerca porque reconoce una ligera sordera. Paramos para las fotos, nos hacemos un café. Respira.

«El director de Cibeles me dijo el primer año que la mía fue la mejor colección»

-¿Tiene miedo a la enfermedad, a la incapacidad?

-Me da más miedo la incapacidad. Pienso que la vida no se acaba, que todo tiene un impulso vital. No creo en la reencarnación, pero nuestra cabeza no tiene la suficiente capacidad para imaginar algo no creado. Lo que sí tengo claro es que probablemente el infierno es este mundo, pero tampoco creo que exista el bien y el mal, en el sentido de que haya gente buena y gente mala.

-¿Ah, no?

-Yo pienso que hay gente que, por ejemplo, odia a las mujeres por un problema infantil con su madre, y seguramente no es odio, es que está enferma. No conozco a nadie que se dedique a hacer mal de una forma gratuita, sí personas que se enfadan, que se tienen manía, o envidia.

-¿A usted no le han hecho daño?

-No recuerdo a nadie que me haya hecho daño, o quizás lo ignoro. Me acuerdo de mis colegas de profesión, a los que no les he tenido un amor loco, claro, pero siempre he procurado hablar bien de ellos, y nunca les he querido ningún mal. Y cuando he tenido que despedir a alguien… siempre ha sido de forma justificada.

-¿Tampoco cree en la bondad?

-Las personas en las que me estoy apoyando supongo que creen que van a recibir una recompensa por lo que están haciendo, y lo considero lógico. Lo ilógico es lo contrario, la bondad por la bondad. Es que no creo en los buenos y en los malos. ¿Quién tiene la potestad de decir que alguien es mala persona? ¿Otro que se considere bueno? No lo creo. Somos pobre gente en un mundo de cómeme o te comeré, en el que quizás el único amor verdadero sea el que existe entre madre e hijo. El de hermanos, cuando son solteros, deja mucha huella. Yo pasé sesenta años de mi vida con ella. Quizás el amor de pareja también; cuando se forma una familia debe existir, pero yo no lo he experimentado.

Más de Revista de Valencia