Carmela Moya: «No voy de salvadora del mundo, pero confío en mis capacidades»

Carmela Moya, junto a la librería del salón de juntas del Instituto Médico Valenciano./Irene Marsilla
Carmela Moya, junto a la librería del salón de juntas del Instituto Médico Valenciano. / Irene Marsilla

Se convirtió, recién acabada la carrera, en médica rural; aquella «morena guapita» tuvo que hacer muchas autopsias. Pero sólo era la primera estación en un camino largo y lleno de éxitos

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Carmela Moya entra en su despacho del Colegio de Médicos, se quita sus gafas de sol cuadradas y las guarda en una mochila de diseño, tan maravillosa como los pendientes, comprados en Sicilia, o la camisa bordada negro sobre blanco, demostrando que preocuparse por la imagen es perfectamente compatible con una desbordante inteligencia y un curriculum impecable. Se reconoce tímida, nunca había accedido a una entrevista personal a pesar de que tiene muchas cosas que contar de una vida intensa en la que ha pisado, un poco, el freno. «Hay que adaptarse a cada momento vital», dice, aunque todavía vea la retirada muy lejana.

-Usted ha roto muchos esquemas. ¿Siente que ha sido pionera?

-Soy una persona muy discreta y nunca he tenido la percepción de ir por delante de nadie. Creo que lo importante es estar en los lugares y los momentos oportunos, y nunca echarse atrás. Soy de una generación en la que las mujeres han tenido más dificultades, y para suplirlo yo creo que lo importante es haber sido una persona trabajadora y saber trabajar en equipo. Además, soy una persona comprometida y curiosa, que me he planteado retos. Con toda la humildad del mundo, no creo que sea más lista e inteligente que nadie, ni tenga más habilidades sociales, pero sí se van mezclando otros muchos factores.

Moya tiene claro que es fundamental «adaptarse a cada momento vital».
Moya tiene claro que es fundamental «adaptarse a cada momento vital». / Irene Marsilla

-¿La ambición?

-Sí, desde un punto de vista positivo; no quedarse atrás y ser valiente también, quizás con una mezcla de inconsciencia. Además, creo que he confiado a mí misma, no se trata de que una vaya a ser salvadora del mundo, pero sí confío en mis capacidades. Se pueden conseguir cosas sin prepotencia.

-Uno de los cargos que ocupó fue como delegada del Gobierno. La primera mujer en ocupar ese puesto.

-Sí, supuso un reto, sobre todo hacerme de respetar. Algún contratiempo tuve, porque en algunas personas había un cierto aire paternalista, que tuve que desterrar rápidamente. Seguramente muchos pensaban: «¿qué hace ésta aquí?». Pero si de aquella época hubo un momento duro para mí fue el atentado de ETA en El Corte Inglés. Nunca lo conseguí olvidar. Es más, durante años no pude entrar a los baños de ese lugar, y eso que había visto ya cadáveres, pero tenía tan grabada aquella imagen tan dura. No la he podido borrar de mi memoria.

«No quiero ser una abuela cebolleta que rememora glorias pasadas»

-Sus orígenes están en Utiel.

-Yo nací en Valencia, pero toda mi familia es de Utiel y me siento muy utielana, porque mi pueblo, de la Valencia castellana, no es que sea un lugar que destaque por sus monumentos históricos, por ejemplo, pero me siento especialmente bien cuando voy, de hecho intento ir todos los meses. No hago vida social, me meto en mi patio, donde tengo plantas, o voy a las viñas, y me siento dichosa. Además, soy una persona de fidelidades, que siempre voy a la peluquería allí; ya llevaba a mi madre y yo he seguido. Cargo pilas. Nunca he renegado de mis orígenes porque conllevan unos recuerdos maravillosos de una infancia de libertad absoluta, de volver tarde, ir al río… Mantengo además esa cadencia por los lugares pequeños.

Carmela Moya sujeta un libro sobre la historia del Instituto Médico Valenciano, entidad que preside.
Carmela Moya sujeta un libro sobre la historia del Instituto Médico Valenciano, entidad que preside. / Irene Marsilla

-Tiene una hermana gemela. ¿Es cierto que tienen un vínculo especial?

-Mi hermana Jose, a pesar de que hemos vivido vidas diferentes, siempre ha sido un referente para mí, nos hemos consultado las cosas importantes y, sobre todo ha habido una complicidad explícita; nos miramos y nos entendemos a la perfección. De niñas éramos bastante inquietas, y cuando venía mi madre, que era de la generación de la zapatilla, a ver quién había hecho la trastada, las dos decíamos: «he sido yo». Nos protegíamos mutuamente. Esto no quería decir que no nos cascáramos, pero sí es cierto que existe un vínculo especial. Sobre el parecido, somos gemelas univitelinas, y a pesar de que han pasado muchos años y las dos somos ya mayores, todavía tenemos un físico muy parecido; cuando éramos pequeñas llevábamos pendientes distintos para identificarnos.

-¿Qué tuvo claro desde bien temprano?

-La independencia. Cuando estudiaba, a pesar de que mis padres me pagaban la carrera, yo di clases, trabajé en una compañía de seguros, e incluso aprendí a vendimiar. Nunca he tenido ningún rubor en trabajar en lo que hiciera falta, porque no quería pedir dinero a mis padres, porque si lo hacía les tenía que explicar para qué lo iba a usar. Así me sentía más libre para comprar lo que quisiera, ya fuera un capricho, o poder irme de viaje, que siempre me ha gustado mucho.

«Mi madre era de la generación de la zapatilla, pero mi hermana gemela y yo nos protegíamos mutuamente»

-Eligió Medicina. ¿Por qué?

-Tenía claro que quería estudiar Medicina y nunca me he arrepentido, y sabía que quería dedicarme a la salud pública, he sido epidemióloga. Sin embargo, recién acabada la carrera me fui a un pueblo cerca de Utiel, San Antonio de Requena, donde además de médico rural me convertí en forense. A mí nadie me lo dijo cuando firmé. El primer día que tuve que hacer una autopsia me quería morir. Pero de todo saca uno valor y sigue adelante.

-¿Tuvo que hacer muchas autopsias?

-Sí, y me encontré con el drama de los suicidios en los pueblos, una forma de terminar con la vida tristísimo, y que me impresionó. Como experiencia fue interesante porque había pocas mujeres médicas en un pueblo, y socialmente había un distanciamiento, te miraban como una persona que no tenía nada que ver con ellos. Yo era una jovencita morena y guapita, pero cuando iba al bar nadie se acercaba a no ser que estuviera bebido. Y una vida con el farmacéutico y el cura tampoco me apasionaba (ríe).

Moya vivió de cerca el atentado de ETA en Valencia: «Estuve años sin poder entrar a los baños del centro comercial», reconoce.
Moya vivió de cerca el atentado de ETA en Valencia: «Estuve años sin poder entrar a los baños del centro comercial», reconoce. / Irene Marsilla

-Se convirtió en epidemióloga, tuvo responsabilidades políticas muy importantes. ¿Quién ha estado más orgulloso de lo que ha hecho?

-Mi padre, sin ninguna duda. Para él fue una culminación que sus hijas estudiaran una carrera universitaria, porque por la guerra no pudo hacerlo. Y disfrutó. Fue un hombre tolerante, que aunque no compartiera las decisiones que iban tomando sus hijas, las aceptaba. Quería inmensamente a sus chicas, como nos llamaba.

-¿Y a nivel sentimental? ¿Ha tenido a alguien cerca?

-He tenido, no siempre la misma persona, pero no me ha condicionado personalmente. Tampoco el hecho de no tener hijos. Nunca me he sentido amputada por no tener pareja o hijos. Lo decidí así y me siento una persona completa, plena, que tengo mis afectos, mis inquietudes, mis intereses.

-¿Cuáles son actualmente?

-Me gusta la buena vida, y hay tiempo para todo, si una se organiza bien. Me encanta leer, viajar e ir al cine. Y estar con los amigos. Adoro mi actividad en la filarmónica, ir a conciertos, disfrutar de la música. El aislamiento es terrible, es una de las cosas que más te pueden agriar el carácter.

«Hay tiempo para todo. Me gusta la buena vida, leer, ir al cine, escaparme a Utiel o Madrid y disfrutar de la buena música»

-¿Piensa en la retirada definitiva?

-No pienso que la retirada exista, un contratiempo en la salud puede dejarte en el camino, es cierto, pero lo que hay que hacer es adaptarse. Ya no me subo a una montaña pero tampoco siento la sensación de renuncia, andar por los llanos también está muy bien. Y adaptarse con alegría. No me gustaría ser una abuela cebolleta que empieza a rememorar otros tiempos. Hay que mirar con cierta perspectiva hacia adelante porque no se puede vivir de glorias pasadas.

-¿En qué lugares se siente bien?

-Hay una ciudad que adoro, y donde voy con asiduidad, y es Madrid. Todavía tengo un pequeño piso de la época en que trabajaba allí y aunque al principio me parecía una ciudad demasiado grande, quizás incluso algo inhóspita y encima lejos del Mediterráneo para una forofa del mar como yo, descubrí que es un lugar muy acogedor, mestizo, que integra, y con una vertiente cultural muy amplia. Fue un auténtico descubrimiento.

La médica fue la primera mujer en ser delegada del Gobierno en Valencia y ahora dedica su tiempo a su gran pasión, la música, en la Sociedad Filarmónica,
La médica fue la primera mujer en ser delegada del Gobierno en Valencia y ahora dedica su tiempo a su gran pasión, la música, en la Sociedad Filarmónica, / Irene Marsilla

-¿Le ha quedado algo por hacer?

-Nunca me puse una meta, nunca dije: «quiero ser esto, o lo otro». Creo que es muy importante que los retos te gusten, sin que me considere una persona intrépida, que no lo soy. Aunque, si lo pienso un poco, me hubiera gustado tener la capacidad de tocar un instrumento musical, porque me gusta, a pesar de que soy incapaz de tocar un instrumento. Me acuerdo que en los villancicos de Navidad del colegio la profesora me decía todos los años: «tú abre la boca pero no cantes» (ríe). Y me frustraba muchísimo, porque hacía un esfuerzo por memorizar la letra, y aprenderme las canciones. Me hubiera encantado ser, por ejemplo, pianista, pero no he sido llamada por esos caminos del arte, solamente valgo para disfrutar de lo que hacen los demás.

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