Caviloso, el astado que desató el pánico en los 80

El toro Caviloso en Segorbe, donde fue un icono de la fiesta. /LP
El toro Caviloso en Segorbe, donde fue un icono de la fiesta. / LP

Propiedad del ganadero de Eslida Jaime Zorrilla, pasó a la historia de los toros míticos por su bravura sin límites

JORGE CASALS

Fue todo un mito. Aficionados y no tanto conocían a Caviloso. Era el nombre con el que todos los niños de aquella época que jugaban al toro se bautizaban como sinónimo de respeto. Porque el toro se ganó con creces aquella fama de temido. Llegó incluso a desatar el pánico en algunas de sus actuaciones, porque parecía no haber obstáculo que detuviese aquella bravura sin límites, aquella fiereza casi incontrolable.

Caviloso nació en la ganadería de L'Hortolà en La Ribera de Cabanes, pero de novillo fue adquirido por Forrellat. Éste lo emboló por primera vez en Artana y tal fue su explosión de bravura, que Jaime Zorrilla, el ganadero de Eslida, fue convencido a adquirir el animal. No fue fácil la compra, de hecho, pasaron varios meses hasta que Forrellat vendió el toro a Zorrilla, con quien acabó consolidándose como uno de los toros más importantes de la historia, que alcanzó su época dorada a finales de los años 80 y principios de los 90.

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Caviloso, un toro de poca presencia, pobre de cara y terciado, poseía una gran nobleza en el campo, pero en el momento de cargarlo al camión para ser exhibido, le cambiaba el semblante por completo, según cuentan los propios ganaderos, quienes aseveran que hasta incluso los ojos parecían saltarse. Tal era su bravura, que incluso no hacía falta que nadie lo recortase, pues él solo hacía surgir su casta pegando y rompiendo barrotes, así como cualquier obstáculo que se le pusiese por delante. En Segorbe, donde se convirtió en todo un icono, ganó cinco años consecutivos el premio al mejor toro. Todavía se recuerda su actuación de 1986, en la que sembró el pánico al romper varios barrotes de los cadafeles y cornear a varios aficionados. Vall d'Uixó, Altura, Lucena del Cid… son algunos de los pueblos donde era habitual verle. En la Playa de Moncofa, recuerda Pepe Zorrilla, uno de los hijos del ganadero, que llegó a ganar su padre hasta medio millón de pesetas por una actuación del toro. Tal fue la sensación, que repitió actuación a los pocos días, llegando a cobrar en esta segunda ocasión 650.000 pesetas. Una mina de oro que duró en manos de Zorrilla varios años.

Sus emboladas eran míticas y pocos eran los que se atrevían a rodarlo: Maraya, Federico… y pocos más. Aunque no era un toro que hiciese hilo a cualquiera, pues sus reacciones eran más bien extrañas. Caviloso murió de viejo, arrastrando los síntomas de su entregada bravura, ya con 18 años de edad. Nació entonces el mito. La leyenda del toro que sembró el pánico en la década de los años 80.