Periodismo profesional

Claves para la regeneración de una sociedad civil libre (LxVi) Propuestas para una regeneración política (35)

Periodismo profesional
G. Crescoli
GINÉS MARCO Decano de la Facultad de Filosofía, Antropología y Trabajo Social. Universidad Católica de Valencia. Grupo de Estudios Sociales e Interdisciplinares (GESI - Fundación Universitas) www.fundacionuniversitas.org

Los acontecimientos que ahora vivimos generan en el ámbito de la comunicación política tensiones de diversa laya. Ya advirtió Alexis de Tocqueville en su libro' La democracia en América' que «You can't have real newspapers without democracy, and you can't have democracy without newspapers» («No se pueden tener auténtica prensa sin que exista democracia, y no se puede tener democracia sin que haya prensa»). Al menos, desde la época de Tocqueville, en la primera mitad del siglo XIX, primero en forma de periodismo ideológico y después de periodismo profesional, la actividad de los medios de comunicación ha sido fundamental para promover el debate público, el intercambio de ideas y opiniones plurales y diversas; y ha sido necesaria para el funcionamiento de las democracias modernas. A su vez, los medios se han erigido en instituciones fundamentales en la promoción del conocimiento, de la cultura y de la sociabilidad, contribuyendo, como sostiene Ángel Arrese, «a la unidad e identidad de los pueblos y las naciones». Por otra parte, los medios se han constituido como 'cuarto poder': contrapeso y vigilancia de la sociedad civil frente a los excesos del poder.

No hace falta insistir en que funciones tan nobles han dependido de una multitud de contingencias, como por ejemplo, los lugares concretos, los momentos históricos y la propia estructura del sistema mediático. Desde la misma aparición de los medios se ha criticado el grado en que cumplían o no con misiones tan cruciales como las citadas, por el enmarañamiento ideológico, y el devaneo con el poder político, económico y comercial. Más recientemente, sobre todo a partir de los años setenta del siglo XX, el periodismo se ha desarrollado en medios más diversos -prensa, radio, televisión-; y en condiciones de mercado cada vez más competitivas. Por este motivo, han sido objeto de escrutinio continuo, sobre todo porque han estado -y siguen estando- en manos de grandes corporaciones guiadas más por intereses empresariales y comerciales que deontológicas. Pero con sus luces, y sus sombras, hasta hace bien poco el periodismo contaba con el beneplácito social como institución central en las democracias.

Sin embargo, la aparición de nuevas tecnologías -desde Internet a los dispositivos móviles- y su popularización en el siglo XXI, ha ido erosionando la función clásica e institucional de los medios hasta la actual desfiguración del ejercicio del periodismo. El reto tecnológico ha puesto en jaque el modelo de negocio tradicional de los medios de comunicación, basado en la publicidad y el pago por los contenidos; y ha generado un ecosistema informativo en el que las empresas informativas cada vez tienen más dificultades para desarrollar su actividad: se observa un debilitamiento ante la aparición de nuevas modalidades de producción y distribución de información. Millones de personas, miles de nuevas empresas digitales y un pequeño lobby de enormes negocios globales de contenidos (buscadores, redes sociales, etc.) constituyen una plataforma inabarcable de suministro de noticias para los ciudadanos, que las consumen en tiempo real sin recabar en exceso -o sin hacerlo en absoluto- en la fiabilidad, profesionalidad o el contraste de las fuentes. Y éste es, a mi entender, el reto y el meollo del nuevo modo de hacer periodismo.

Por otro lado, la sana idea de que gracias a las nuevas tecnologías cualquier ciudadano puede participar en el debate público, se ha transformado en el principio de que cualquiera puede actuar como un pequeño medio de comunicación -que elabora y difunde contenidos-, informando, comentando y analizando la actualidad, aunque sea en un ámbito más particular y cercano. Toda persona, en este nuevo contexto, es un «ciudadano-periodista». En este entorno se difuminan las fronteras entre el periodismo y otras formas de comunicación o activismo, que no tienen por qué seguir -y en general no lo hacen- las buenas prácticas de la profesión. El rigor, la fidelidad a la realidad, el cotejo de fuentes, la distinción entre información y opinión, el criterio periodístico y profesional que da o no relevancia a los contenidos o a la selección de noticias, etc., dejan de tener sentido (aunque hoy lo debiera tener más que nunca).

La situación se complica cuando buena parte de los medios se enzarza en batallas de impacto por el impacto, el sensacionalismo, la superficialidad, el emotivismo, etc. Y ocurre que sus verdaderas aportaciones al debate público son menguantes; y sus contenidos son desechables por irrelevantes: se disuelven sin orden ni concierto en una algarabía intrincada, en la que es difícil informarse. Los datos se mezclan con las opiniones, las verdades con las mentiras, las noticias con los rumores y bulos (fake news), y todo ello se esparce con una capilaridad que finalmente es filtrado en Facebook o Twitter, para ser consumido en alguna de las múltiples terminales a las que estamos conectados. Y esto es el contraperiodismo.

Con unos medios de comunicación famélicos y un periodismo desdibujado hay un peligro cierto de que la mentalidad post-factual -tan propia de la sociedad post-mediática de nuestro tiempo- se enseñoree a sus anchas con una intoxicación propagandística en un totum revolutum. La política post-factual corre paralela a un (supuesto) periodismo post-factual que es el modo más común de informarse en una sociedad post-mediática. Los medios han dejado de ser, para una parte de la sociedad, la autoridad informativa, y muchas veces moral (verdad), que ayudaba a los ciudadanos a entender mejor el mundo que les rodea, participar de manera más plena en la discusión y tomar mejores decisiones.

En esa sociedad des-mediatizada surgen actividades pseudo-periodísticas que difunden mensajes viscerales cargados de morbo; contenidos que mezclan realidad con ficción; imágenes impactantes para agitar las conciencias y activar las emociones. Un paradigma de lo que afirmo, es la proliferación de los llamados «casos límite» en el ámbito de la bioética, magnificados hasta la saciedad desde tales terminales pseudo-periodísticas, y en los que los propios sujetos pasivos, por ejemplo, se disponen a poner fin a su vida y anuncian, a bombo y platillo, por medio de las redes sociales el impactante hecho de que se despiden de este mundo... en directo, y por Internet, haciendo de la muerte un espectáculo.

La superación del momento post-factual en el que nos encontramos, requiere que el periodismo profesional desempeñe su tarea en organizaciones, entre otras cosas porque el buen periodismo, el que se erige en pilar básico y estable de un sistema democrático, sólo puede ser resultado de una obra colectiva. Los grandes medios periodísticos, los que han jugado un papel fundamental en la configuración de la opinión pública, son resultado de la actividad de empresas, fundaciones, entes públicos u otras modalidades de organización que aglutinan recursos económicos y capital humano en grado de excelencia, sin que valga como sustituto útil otras modalidades de generación y difusión de información altamente personalistas (blogs, webs, micro-portales de contenidos, etc.) o altamente mecanizadas (plataformas de búsqueda, redes sociales, etc.). De no tener esto en cuenta, volveremos a una era pre-profesional y caótica de un periodismo ideológico vacuo, como el incubado en sociedades pre-democráticas de hace dos siglos.