La grabación en móvil y la pornografía en internet alientan las violaciones grupales

Traslado de un sospechoso de la manada de Callosa. / efe. morell
Traslado de un sospechoso de la manada de Callosa. / efe. morell

Más de cincuenta valencianas sufren cada año delitos sexuales con medios digitales, la cifra más elevada desde 2011

Juan Antonio Marrahí
JUAN ANTONIO MARRAHÍValencia

Cinco expertos de diferentes ámbitos coinciden: la fiebre de grabarlo todo con el teléfono móvil, de registrar, recrear y exhibir cada acción, junto al fácil acceso a la pornografía, son dos poderosos factores que influyen en los casos de agresiones grupales. Como avanzó ayer LAS PROVINCIAS son cada vez más frecuentes y la Comunitat aparece a la cabeza de España con los deleznables episodios. A la influencia digital se suman elementos como la falta de educación en igualdad, la cosificación de la mujer por parte de los agresores, una escasa percepción de las consecuencias legales o el refuerzo que genera el grupo sobre el individuo en la etapa adolescente y juvenil.

La Guardia Civil está analizando los teléfonos móviles de tres de los cuatro menores investigados por la agresión sexual a una chica de 15 años ocurrida en julio de 2018 en una población de la Marina Alta. Esta diligencia policial se lleva a cabo ante la posibilidad de que los hechos hayan sido grabados en uno de los celulares de los menores.

También la cámara y la pantalla estaban presentes en las horas más amargas de la joven de 19 años víctima de la manada de Callosa d'En Sarrià. De hecho, es una de las pruebas con mayor peso en la investigación judicial sobre los cuatro sospechosos.

«Si la manada no hubiera grabado su agresión, para ellos no tendría tanto interés»

Las grabación digital de delitos sexuales también apareció en la Comunitat en 2016, con otro caso grupal. Según Geoviolencia Sexual, la plataforma que recopila y cuantifica los casos de manadas a nivel nacional, un grupo de chicas denunció ante la policía un abuso sexual por parte de un grupo de ocho compañeros suyos, de entre 12 y 17 años, que se alojaban en un centro de acogida de menores de Valencia. Al parecer, las trasladaron a una zona retirada con la excusa de hacer algunas grabaciones. Allí las insultaron y amenazaron para que se desnudaran y reprodujeran escenas de inspiración pornográfica. Al negarse fueron presuntamente agredidas: las sujetaron, desnudaron e insultaron para acabar tocándoles sus partes íntimas. Los agresores fueron detenidos e identificados por las víctimas.

La presencia del componente digital en los delitos sexuales es creciente. Según datos del Ministerio del Interior, 51 mujeres de la Comunitat fueron víctimas durante 2017 de hechos de esta naturaleza con presencia de móviles o internet. La cifra toca techo y es la más elevada desde 2011, según las estadísticas del Gobierno.

Un efecto inductor

¿Por qué se graban las acciones más inhumanas? Vicente Garrido, psicólogo, profesor y experto criminólogo de la Universitat de València hizo hincapié en este punto durante su última intervencion en el Aula Las Provincias. La era digital, sostiene «está cambiando la estética de los crímenes y el delito en general» hasta el punto de convertirse en «inductora de la crueldad», de «magnificarla y de crear nuevos cauces para difundirla».

Según ahondó Garrido, «el sentido de identidad se diluye. Para muchos ya no es el conjunto de actitudes, valores y conciencia de uno mismo, sino lo que mostramos a los demás» en fotos, vídeos o redes sociales... «Si La Manada no hubiera grabado su agresión, para ellos no hubiera tenido tanto interés», puso como el ejemplo más claro.

Ya se cuentan por decenas los casos en los que el delincuente se hace 'selfies' o se graba, como en la matanza de Nueva Zelanda. Desde los vídeos yihadistas a las palizas entre adolescentes. Y también las manadas. «Antes la capturas del criminal servían como trofeo o método para experimentar de nuevo su maldad, pero ahora se busca compartir con los amigos o compinches o reforzar su identidad criminal», lamenta.

«Antes se jactaban ante los colegas. Ahora tienen el móvil», incide la fiscal Gisbert

En palabras de Garrido, «la ética de la crueldad se ha visto reforzada por la estética digital». La idea de grabar delitos «es algo cada vez más extendido» y la sociedad digital, pese a sus enormes beneficios, «crea nuevos cauces para difundir la crueldad» Incluso, «de algún modo y en algunos casos, puede llegar a convertirse en inductora».

Susana Gisbert, fiscal de violencia contra la mujer en Valencia, lo resume así: «Antes se jactaban ante los amigos. Ahora tienen el móvil. Es la misma conducta adaptada a nuevos tiempos». En su opinión, «también están saliendo a la luz agresiones grupales que antes la víctima silenciaba, bien por miedo a no ser creída o simplemente por vergüenza».

Segundo factor esencial: la pornografía, incluso aquella más brutal, está a tiro de 'click' para cualquier menor cuando falla el control parental.

Beatriz de Mergelina es la presidenta del Centro de Ayuda a Víctimas de Agresiones Sexuales en la Comunitat. Cree que la telefonía o internet ha hecho incrementar el número de delitos contra la libertad sexual. «Los avances no son malos, pero sí su inadecuada utilización, con lo que volvemos a la necesidad de educación».

Poder, control, humillación

Incide en la influencia de la pornografía en internet: «Un menor o joven puede asociar que la sexualidad es eso y reproducirlo». Este material «suele presentar a la mujer como cosa, con situaciones de control y poder, adultos con menores, poder, control, humillación, vejación, dominación... Si lo visualizan menores o jóvenes sin criterios para discernir entre el sexo real y consentido y estas escenas, lo imitará y reproducirá». Y lanza otra reflexión: «Un individuo que por sí solo no se atrevería a cometer el delito, en grupo se empodera. Se retroalimentan. En la adolescencia, la fuerte necesidad de aceptación en la pandilla puede llevar a un chaval a participar en una agresión grupal cuando por sí solo no lo haría». De algún modo, entra en el círculo de la agresión por esa tendencia a «no quedar, como ellos dicen, como el pringado, el 'friki' o el aislado».

Chelo Álvarez preside la asociación Alanna que auxilia a mujeres maltratadas y con riesgo social. En su opinión, «cuando una persona crezca realmente formada en igualdad por sus padres, el colegio y el resto de agentes sociales, ya no habrá maltrato, ni agresiones sexuales ni el resto de conductas violentas que sufren las mujeres».

Para la experta, «la pornografía es una gran industria que muestra el machismo mas recalcitrante». Se refiere a fotos o vídeos en los que la mujer queda reducida a un objeto de disfrute o aparece en una actitud de claro servilismo sexual o humillación. «Hoy nuestros adolescentes tienen más fácil que nunca el acceso y difusión de este material que agrava el machismo porque enseña a ser violentos en las relaciones con mujeres».

Menores sin referentes

Víctor Villanueva, especialista en diseño de programas de prevención escolar y asesor técnico E-Value, opina que las tecnologías digitales son herramientas muy útiles, pero su uso indebido «también sirve para acceder a pornografía, compras 'online', contenidos violentos o webs de apuestas». En declaraciones a la Cadena Ser, Villanueva también consideró que algunas de las agresiones sexuales que se están cometiendo entre varios adolescentes «pueden tener su origen o influencia en el fácil acceso a estas páginas de contenido indebido».

El control parental, según un estudio de la Diputación de Valencia presentado esta semana, no sobrepasa el 35%, «lo que desgraciadamente deje a los menores sin un referente que les oriente en el uso adecuado de estas tecnologías», apostilla el experto. Y pone un sencillo ejemplo: «Es como cuando enseñamos a un niño a utilizar un cuchillo. No dejamos al niño con el cuchillo. Al principio le acompañamos y enseñamos a cortar con el mismo».

Para una víctima, la grabación de un acto sexual no consentido es un claro daño añadido. No sólo es víctima de un abuso o violación, el hecho en sí. Además, padece las consecuencias de saber que su sufrimiento e intimidad han quedado registrados y 'enjaulados' en contra de su voluntad. El dolor se agrava cuando, además, los autores coaccionan y amenazan con esas grabaciones o, en el peor de los casos, las cuelgan o comparten.