Las Provincias

El Rey y las verdades del barquero

El rey Felipe VI comparece ante los españoles desde el Palacio de La Zarzuela.
El rey Felipe VI comparece ante los españoles desde el Palacio de La Zarzuela. / Efe
  • ANÁLISIS

  • Resulta llamativo que Don Felipe no hiciese alusión más directa, más allá de la crítica contundente a la corrupción, a la imputación de su hermana menor, la infanta Cristina

Se había suscitado tanta expectación que el primer discurso navideño del Rey ha producido menos impacto del esperado. Probablemente no podía ser de otro modo porque la Corona no es la institución que deba aportar soluciones audaces a los problemas sino la que actúe como catalizador de otras instancias políticas, que son las que realmente tienen que operar sobre le cuerpo social, sobre el Estado. De cualquier modo, ha resultado llamativo que no hiciese alusión más directa, más allá de la crítica contundente a la corrupción, a la imputación de su hermana menor, la infanta Cristina, y que al abordar la cuestión catalana haya hecho tan sólo hincapié en la fractura emocional o sentimental, en el reencuentro en el terreno de los afectos y en elsocorrido respeto a la Constitución.

Don Felipe, que ha comparecido con un estilo nuevo aunque con ademanes clásicos que han mantenido una línea de continuidad dinástica, ha dicho en definitiva las verdades del barquero en los tres grandes capítulos de su intervención, que responden a los tres graves problemas que tiene planteados este país: corrupción, salida incompleta de la crisis económica y Cataluña. En lo referente a la corrupción, ha sido claro y contundente: hay que cortar de raíz y sin contemplaciones este fenómeno insidioso que ha degradado la democracia, para proceder a una profunda regeneración de la vida colectiva, de forma que se pueda garantizar a los ciudadanos “que no existen tratos de favor” y que “desempeñar un cargo público no sea un medio para enriquecerse”. En este aserto ha quedado englobado tácitamente el ‘caso Nóos’, que al parecer, a juicio del Monarca, está zanjado y no requiere más aclaraciones. Tampoco ha creído pertinente el Rey, aunque venía muy a cuento, explicar que está procediendo a una relevante ejercicio de transparencia en su propia Casa, que ha contribuido grandemente a incrementar el prestigio de la Corona y a rebajar el recelo que hace escasos meses, junto antes de la abdicación, provocaba la Monarquía en la opinión pública.

En lo tocante a la situación económica, don Felipe ha confirmado su disposición discretamente progresista, que seguramente reconforta a una clara mayoría: el Rey critica que nuestra economía no sea capaz de resolver el crónico problema deldesempleo; defiende la restauración del Estado de Bienestar, soporte de la cohesión social; insiste en la necesidad de proteger a los más desfavorecidos. La reforma social es un leit motiv clásico de las monarquías europeas, y la cita expresamente Lorenz Von Stein en su conocida apología de la monarquía británica.

Finalmente, en lo que hace referencia a Cataluña, el discurso se ha reducido a unas obviedades que hanquedado manifiestamente cortas. El disenso entre Cataluña y el Estado tiene, en efecto, un gran contenido emocional, pero el conflicto es claramente político, y bajo la vehemencia nacionalista y el desafecto ciudadano existe un diferendo político-constitucional que no se resuelve mediante una exacerbación de los afectos, ni siquiera reflexionando sobre el valor positivo de la unidad. La Corona no puede efectuar propuestas políticas, como es evidente, pero sí podría constatar, pongamos por caso, el desgaste del pacto constitucional originario y la necesidad de reconstruirlo de algún modo. La idea de modernizar este país, de impulsarlo hacia delante, de promover una actualización de lo caduco sí corresponde a quien ocupa el vértice institucional del Estado.

El Rey ha incluido esta vez al final del discurso una llamada al optimismo y un mensaje de esperanza, muy pertinentes en estos momentos de relativo pesimismo en que se nos dice que salimos de la crisis aunque gran parte de la ciudadanía no se percata de ello. Optimismo porque ésta esciertamente una democracia potente y consolidada que nos da fuerzas y hace de nosotros un nación capaz de las mayores empresas. Y esperanza porque vamos a superar los grandes retos, que son los mencionados antes: recuperar la confianza de los ciudadanos, garantizar el Estado de Bienestar y preservar la unidad desde la pluralidad.

El oyente atento se habrá percatado, además, de que el Rey ha huido de la retórica institucional que era ya proverbial en el discurso regio: no ha habido alusiones a innumerables asuntos que formaban parte del temario habitual: saludos a las Fuerzas Armadas en el exterior, acogimiento a los inmigrantes, coyuntura internacional, etcétera. Se agradece, en fin, que el mensaje regio evite la formalidad que lo vuelve distante y lo decora con una pátina administrativa.

En resumen, el Rey, por el tono y por el contenido, se ha acercado a las circulaciones reales del país ysus inquietudes demuestran que está poniendo toda su fuerza y profesionalidad al servicio de la alta misión que le corresponde; sin embargo, la coyuntura difícil demanda de él que no sólo sea correcto sino que haga gala de alguna dosis de arrojo a la hora de movilizar a este país hacia un futuro que para muchos aparece hoy demasiado vaporoso en el horizonte.