El Jardín del Turia, el incomparable pulmón valenciano

Edén. Panorámica del Jardín del Turia, a su paso por el barrio de Campanar, junto al término de Mislata. / t. Rodríguez

Proyectado al principio como autopista, vertebra y aglutina el ocio al aire libreBajo puentes de muy diversas épocas, el parque lineal más largo de Europa atesora grandes maravillas

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

A menudo esta sección aborda cómo el paso del tiempo ha transformado pensamientos, costumbres, modos de consumo, espacios urbanos, etc. Un ejercicio apasionante que trata de transmitir el entusiasmo que sentimos por el pasado de nuestro territorio muchos valencianos. No obstante, pocas veces somos testigos directos de esas modificaciones. Una circunstancia que sí se da esta semana. Estos días han aparecido ciertas informaciones, casi escatológicas, que dan cuenta del terrible impacto medioambiental y económico que están causando las llamadas toallitas higiénicas. Más que las toallitas en sí, la falta de sensibilidad para deshacerse de ellas por parte de sus usuarios. Tirar este producto por el retrete va a costar a londinenses y donostiarras un dineral. ¿El motivo? Los colapsos producidos en sus principales y respectivos colectores, amén del impacto medioambiental, provocados por el citado objeto. Valencia ha sufrido pocos días atrás un caso similar en uno de los sumideros que circulan bajo el antiguo cauce del río Turia. Lo curioso es que hace poco más de tres décadas, las toallitas no eran 'amenaza mundial' y la inmundicia en el viejo cauce del Turia se acumulaba en su superficie, entre cañizos y enseres abandonados, para desencanto ciudadano.

Hoy sería sencillo hablar de 'la riuà del 57' (se aproxima la efeméride), de las naumaquias celebradas en 1755 frente al desaparecido Palacio del Real, incluso de la inveterada costumbre de trasladar maderas por su cauce. La historia del río, de sus usos y abusos, da mucho de sí, pero, ¿puede ser que ocasionalmente descuidemos pasados más presentes -y no menos brillantes- en beneficio de historias de antaño? ¿Acaso no merece nuestro Jardín del Turia un insigne reconocimiento por su nuevo y fascinante rol? No se trata de chovinismo, sino de un orgullo razonable. Objetivamente, es una de las maravillas de la ciudad. Así lo evidencia la espectacular afluencia, nacional y extranjera, que siempre luce. Y todos hemos vivido este cambio radical, que, al menos en lo que a como espacio verde refiere, creo que aúna la valoración positiva de todos los valencianos. El parque lineal más largo de Europa se halla bajo puentes medievales, de la Edad Moderna y también contemporáneos. Cuenta con una amplia variedad de especies vegetales, edificios culturales de primer orden, instalaciones deportivas multidisciplinares, estanques, monumentales chimeneas de otra época, el Gulliver, un prestigioso parque zoológico, etc. El mismo lugar que repetidamente fue motivo de grandes tragedias se ha convertido en núcleo de vida.

El final de las tragedias

Las frecuentes crecidas del río segaron no pocas vidas en muy diversas épocas. La espectacular riada de 1957, sin ser la más mortífera, sí fue la que probablemente más marcó al imaginario colectivo. Se tomaron diversas medidas para finiquitar tan grave problema. La más audaz excavaría un nuevo cauce del río, desde las afueras de Quart de Poblet hasta el norte de Pinedo. Era el llamado Plan Sur. Finalizado por completo hacia 1973, las aguas dejaron de pasar por el viejo cauce. Un recurrente terror era extinguido. Pronto surgieron planificaciones desde el gobierno central para convertirlo en eje de comunicaciones -una autopista que recorriera la ciudad-, causando gran rechazo entre los valencianos. Así, bajo el amparo de la Coordinadora de Asociaciones de Vecinos y el impulso de este diario, se gestó un movimiento que derivaría en la campaña 'El llit del Túria és nostre i el volem verd'. Miles de valencianos, seguro que algunos de ellos son ustedes, fueron los protagonistas anónimos de una de las más brillantes modificaciones de nuestra ciudad. En noviembre de 1976, Juan Carlos I otorgaba la titularidad del viejo cauce del Turia a Valencia, aspecto trascendental para garantizar una gestión más próxima, acorde a la voluntad de los habitantes del lugar. En 1979 se dictaminó que el viejo cauce se convertiría en el nuevo pulmón de la ciudad. A pesar de ello, durante algunos años no fue más que una amplia zona de matorral salvaje, alternada con algún campo de fútbol de tierra, algún vertedero... Se acordarán.

Bosque urbano para la ciudad

Tras varios años en el tintero, el Plan de Actuación Municipal de 1980 calificó como obra prioritaria el Plan Especial de Reforma Interior del Viejo Cauce del Turia. Un año más tarde, el arquitecto catalán Ricardo Bofill era contratado para la realización de un colosal y unitario proyecto a tal efecto. Fue presentado con gran bombo mediático en la Lonja de Valencia, el mismo año que España organizaba el mundial de fútbol. Pese a las cerca de 125.000 visitas, pronto salieron firmes detractores, tanto entre los especialistas como entre las asociaciones vecinales. Conjuntamente, reclamaban un mayor protagonismo de la naturaleza. Así que, después de la expectación creada, se replanteó de nuevo todo el proyecto por parte de los servicios municipales, que contaron con el soporte de la participación ciudadana. En febrero de 1984 el Plan Especial de Reforma Interior dictaminaba la división del viejo cauce del Turia susceptible de intervenir en 18 tramos. Bofill finalmente sólo diseñaría uno de ellos, el de los jardines del Palau, apenas 12 hectáreas que sin embargo marcaron un punto de inflexión para la ciudad. Por cierto, la columnata firmada por este arquitecto está pendiente de una rehabilitación, pero eso es otro asunto.

A continuación vendría el Palau de la Música, edificio de José María García Paredes en diálogo con los señalados jardines. Entre palmeras y naranjos, el Palau fue inaugurado en 1987. Tres años más tarde, el gigante imaginado por Jonathan Swift, el viajero Gulliver, tomaba forma entre el puente del Ángel Custodio y el camino de las Moreras. Todo un coloso -25 metros más grande que la estatua de la Libertad de Nueva York-, al servicio de los más pequeños, reconvertidos por unas horas en lilliputienses.

Al otro lado, a unos cuantos kilómetros, (por ejemplo en el tramo III en el año 1992) se construyeron unas notables instalaciones deportivas rodeadas de zonas ajardinadas, algunas de las cuales pertenecen a la Federación Deportiva Municipal. Por aquella parte inicial del recorrido también se crearon estanques artificiales, que dicho sea de paso, requieren de un mantenimiento que no siempre se produce. Sea como fuere, aquel enorme espacio alargado susceptible de modificarse en una zigzagueante serpiente de asfalto se reencarnó, tras varias fases, en el magnífico Jardín del Turia. Una realidad inimaginable unas décadas atrás y que renovaría aún más su esplendor visual mediante los proyectos realizados en sus extremos. Por un lado el Parque de Cabecera. Inaugurado en el 2004, está en la zona más próxima al nuevo cauce. Allí, el protagonismo del agua pretende evocar el pasado fluvial del lugar. En la otra punta de este incomparable jardín se levantó la Ciudad de las Artes y las Ciencias, obra liderada por el controvertido Santiago Calatrava y por Félix Candela. Primero L'Hemisfèric (1998), más tarde el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe (2000), L'Oceanogràfic (2003), el Palacio de las Artes Reina Sofía (2005), y por último el inacabable Ágora, que albergará en un futuro próximo el CaixaForum València. Todos confieren un aspecto futurista inigualable -sin entrar en los sobrecostes porque no es el día-, al extremo de un gigantesco parque ya metido en el ADN de los valencianos.

En una novela de Coelho uno de sus personajes decía algo así como que a menudo salimos a la búsqueda de un tesoro, cuando en realidad está en nuestra casa. Valorar con satisfacción lo propio es un ejercicio en desuso. Más allá de las dificultades de mantenimiento, de una discutible gestión de los recursos en su elaboración, o incluso de gustos personales, Valencia tiene un hermoso pulmón que no tiene nada que envidiar a los de las grandes capitales mundiales. Disponemos de un jardín que cruza la ciudad, donde practicar deporte, leer, ir a la ópera, jugar con niños, pasear... Un lugar casi idílico donde vivir la vida. Disfrútenlo.

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