Dentro del Grupo de viviendas Ramón de Castro

La propia reina Victoria Eugenia entregó las llaves de estas casas hace más de cien años. Hoy, son el único superviviente de las primeras construcciones 'para obreros' que se crearon a principios de siglo XX en Valencia

Vista general de la calle Ramón de Castro./Tamara Villena
Vista general de la calle Ramón de Castro. / Tamara Villena
TAMARA VILLENAValencia

El 'Far West' de Valencia. Así es como los propios vecinos de Patraix denominaban ya hace décadas la zona en la que aún se alza el grupo de viviendas Ramón de Castro, en la calle con su mismo nombre y bajo la firma del arquitecto J.M. Manuel Cortina. La de sus muros es una historia de supervivencia en medio de un entorno despoblado, lejano y al que «no iba nadie nunca», según cuenta Vicente Arocas, vicepresidente de la asociación de vecinos del barrio. Con sus 76 años relata a la perfección cada detalle de aquellas solitarias calles que acogen, desde abril de 1902, la única de las cuatro agrupaciones residenciales 'obreras' que sigue en pie de las que se hicieron en la ciudad a principios de siglo XX.

También conocidas como 'las casas que entregó la reina Victoria Eugenia', «son historia viva de la arquitectura, conectada a la producción industrial. Apenas quedan piezas así», asegura Antonio Gómez, profesor de dicha materia en la Universitat Politècnica de València (UPV) y profesional del sector. «Barrios como Benimaclet o Algirós aún conservan algún edificio, pero está mezclado con otro tipo de viviendas, y ya no adopta el aspecto de agrupación como este», concreta el experto. Aunque en su mayoría deshabitado y en crítico estado de conservación, «el grupo sin duda destaca porque es el único superviviente de las cuatro promociones que hizo la 'Sociedad de Casas Baratas para Obreros'», explica el historiador Javier Mozas, experto en la historia de Patraix. «Esta asociación estaba apoyada por la 'Junta Directiva o de Patronos', que presidía Ramón de Castro Artacho», amplía Gómez. «Estaba formada por la gente más pudiente -añade Arocas-. Se dedicaban a hacer como ahora los constructores, pero eran patronatos diferentes». Una importante y pionera labor, teniendo en cuenta que las fechas de construcciones de estas económicas barriadas son anteriores a la promulgación de la Ley de Casas Baratas, publicada en la Gaceta de Madrid en 1911, planteada para dignificar las condiciones de vida de la creciente y migrante clase trabajadora, que se multiplicaba en España con el tardío proceso de revolución industrial. «Solo con ese decreto, sus posteriores reglamentos y una segunda reformulación, ya en la dictadura de Primo de Rivera, comenzó el desarrollo de las viviendas sociales», orienta el profesor de arquitectura.

Una de las hileras de casas sociales construidas en 1902.
Una de las hileras de casas sociales construidas en 1902. / Tamara Villena

El de Ramón de Castro se construyó acorde al resto de los conjuntos sociales que se construyeron en Valencia en esta primera década 'sin regularizar': unifamiliares con patio agrupadas en hilera, edificadas en el extrarradio sobre parcelaciones agrícolas, «bien comunicadas con el por entonces llamado 'camino de tránsitos', empleado para mantener los barrios bien conectados con sus lugares de trabajo, aunque la de Ramón de Castro ha perdido por completo su entorno de huerta», observa el arquitecto. La posición de estos asentamientos estaba «condicionada por la oferta de parcelas a bajo precio, buscando la proximidad de las vías de comunicación con el núcleo urbano», según se detalla en la información recopilada por la Asociación de Vecinos de Patraix sobre el proyecto de construcción del barrio, al que LAS PROVINCIAS ha tenido acceso.

Filantropía particular

«Los grupos de lo que entonces se llamaban 'casas baratas' aparecieron en Valencia en el periodo de 1902-1911, y por iniciativa privada, como consecuencia de las preocupaciones higienistas y de orden público de la sociedad burguesa de los siglos XIX y XX. -explica el arquitecto. El patronato de la Sociedad Constructora de Casas para Obreros, fundado por el General Luis Pando, llegó a construir 103 viviendas en Valencia, entre los barrios de San Juan de Ribera (zona de los cuarteles de la Alameda), Algirós, Grao Y Patraix. Los arquitectos que fundamentalmente participaron en la operación fueron Joaquín Mª Bella, Antonio Martorell, Luis Ferreres y Cortina», detalla el experto. «Hasta después de la Guerra Civil, todas estas cuestiones dependían de la filantropía de particulares. Las leyes al respecto, aunque preveían una actuación municipal, solamente esperaban que fuera la iniciativa privada la que se interesara por este problema. Por ello aspiraban a facilitar la formación de cooperativas y el estado otorgaba exenciones tributarias o incluso -aunque pocas veces- los terrenos», concreta el arquitecto.

Simbolismo y conciencia de barrio

El asentamiento planteado por Cortina constaba de 25 viviendas con «un solo piso bajo, completamente independientes unas de otras, con una amplia fachada de 9,10 metros de longitud y 4 de altura, una espaciosa puerta de entrada y dos grandes ventanas que corresponden a otras tantas habitaciones» y que guardan un simbólico significado: «Esto hay mucha gente que no lo sabe, pero si te fijas, las rejas de cada ventana son diferentes. Una es una 'B' y la otra forma una 'O', las iniciales de 'Barrio Obrero'», revela Manuel, uno de los pocos vecinos que -junto a su hermano mellizo Rafael- lleva ahí sus 68 años. «Nosotros estamos aquí desde siempre, esta casa era de nuestros abuelos» cuenta su hermano Rafael. «Desde que nacimos», como resumen ellos. El detalle escapa hasta los ojos más sagaces y visibiliza la importancia que ya tenían entonces este tipo de construcciones:

Montaje de las rejas en las ventanas: la 'B' en la izquierda, la 'O' a la derecha.
Montaje de las rejas en las ventanas: la 'B' en la izquierda, la 'O' a la derecha. / Tamara Villena

La distribución de estas construcciones es «deudora de la vivienda vernácula, heredera de la barraca valenciana, con un pasillo central desde el que se articulan todas las habitaciones», indica el arquitecto. Apreciar su estructura inicial a día de hoy es casi misión imposible: la mayoría de las casas, si no están abandonadas, han sido rehabilitadas y pocas quedan que mantengan su esencia y ordenación íntegramente original. La de Manuel y Rafael es una de ellas, que muestran orgullosos y sin reparo mientras narran apasionadamente su historia. El zaguán forma la entrada al inmueble, donde los mellizos guardan dos vespas que todavía conducen, y da paso a esta reliquia dentro de un conjunto del que ya desaparecieron sus primeras piezas, justo al principio de la barriada (en el tramo de la plaza ajardinada), para construir fincas. «Primero se hicieron las casas de la parte que da a Tres Forques, que actualmente es la que está más deshabitada y donde ya no queda casi ninguna. Esta segunda tanda de casas, justo en frente, son las que se acabaron en 1910», detalla Manuel. «Antes todo este tramo era uno, con la misma fachada porque las viviendas eran todas iguales. Habían dos entradas y ahora es peatonal -explica Tomás, que también lleva viviendo en el barrio «toda la vida»-. Luego cuando quitaron las vías del tren de Utiel empezaron a hacer todas las fincas alrededor y tiraron las primeras casas», cuenta el vecino.

«Cuando quitaron las vías del tren de Utiel empezaron a hacer todas las fincas alrededor y tiraron las primeras casas» TOmás, vecino del conjunto

Hoy, en su lugar, se encuentra la placa en honor a Ramón de Castro, «el promotor y presidente de la asociación que hizo posible todo esto», comenta Rafael. «Se ve nada más entrar en la calle, pero no ha estado siempre ahí -matiza su hermano-. La pusieron los de la asociación de vecinos cuando celebraron el centenario de la construcción, y antes estuvo muchos años en casa de un vecino de aquí, que se la guardó cuando derribaron las casas de esa parte para que no se perdiera», explica Manuel.

Placa en honor a Ramón de Castro, colocada por el centenario de la construcción.
Placa en honor a Ramón de Castro, colocada por el centenario de la construcción. / Tamara Villena

No es lo único que guardaron. Los hermanos, seguidores acérrimos del Valencia CF y antaño propietarios de una droguería en el barrio, son expertos en coleccionar antigüedades, que muestran más que encantados. «Tenemos algo que es un auténtico tesoro», revela Rafael antes de desaparecer hacia uno de los dormitorios. «¡Ay Blasco, menos mal que no te has caído!» se le escucha exclamar, aliviado, mientras coloca de nuevo en la pared un cuadro con el retrato del escritor. Vuelve con un pequeño cuaderno entre sus manos, amarillento y agrietado por el paso del tiempo, que coge con sumo cuidado. «Es el libro original de la construcción. Aquí aparece el plano de cómo eran las casas, y hay hasta un apartado al final donde aparecen todos los nombres de quiénes pusieron dinero para construirlas y cuánto puso cada uno», cuenta. Entre ellos, aparece el del conde de la Vallesa de Mandor, Enrique Trénor, con una aportación de XX de las antiguas pesetas.

Plano original de las casas proyectadas por M. Cortina.
Plano original de las casas proyectadas por M. Cortina. / Tamara Villena

El recorrido por la vivienda muestra dos habitaciones y un tercer cuarto, en el que los mellizos conservan dos retratos de sus abuelos: «Los dueños de la casa -comentan-. Hasta que el abuelo, con 57 años se fue a la guerra de Cuba y alguien lo fastidió». También guardan la esquela. Y el resguardo de inscripción como soldado, y la factura (de 52 pesetas) de un centenario reloj que adorna el modesto comedor que da paso a la cocina y al patio, completamente original. Lo llaman «el trastero» y advierten entre risas que está «un poquet desastrós». Sigue manteniendo su encanto antiguo, lleno de macetas que decoran un antiguo pasillo sobre el que «antes había un arco metálico», pero que ni ellos mismos llegaron a conocer. «Yo lo sé por lo que me contaban mi madre y mi tía», aclara Rafael. Al final de esta especie de paseo, oculta entre las hojas de varias plantas, se encuentra otra muestra inicial del conjunto: «Esta fuente sí que es de cuando se construyó la casa -continúa Rafael-. Antes salía agua de la boca del pez y también había peces de colores, pero ahora lo hemos tapado para evitar las ratas», concreta. «Cada casa tenía un pozo a medias -retoma Manuel-. La mitad estaba en un patio y la otra en el de la casa contigua, que ya no está casi en ninguna. El nuestro lo hemos tapado también», esclarece.

Retratos de los abuelos de Manuel y Rafael; fuente original en el jardín de los mellizos y, en pequeño, las vigas iniciales de la construcción que aún siguen en 'El Trenet'. / Tamara VIllena

El patio de la escuela infantil El Trenet tampoco tiene nada que ver con lo que era antaño, ni tampoco la estructura general del centro. «El techo y sus vigas son los únicos rasgos apreciables de la antigua división de las viviendas», aclara Francesc Nácher, maestro desde entonces en El Trenet y con más de tres décadas en Ramón de Castro. Los ahora amplios espacios, llenos de mesas y sillas en miniatura, colores y cartulinas, fueron hace más de un siglo dos casas distintas, que se juntaron a finales de la década de los setenta para adaptar el proyecto escolar. «Esto antes, en 1979, eran escuelas municipales y la reforma para juntar las dos construcciones corrió a cargo del Ayuntamiento», detalla Nácher. Y justo cuando el maestro comenta lo poco que en la escuela se aprecia la obra original, Amparo García aparca en la puerta de su casa, una de las viviendas de al lado. «Te la enseño», ofrece sin reparo cuando el maestro le explica el tema de nuestra conversación.

Entre jabones
Tamara Villena

Amparo es propietaria de una de las casas y se acaba de reformar el inmueble, cuyo patio es ahora lo que más cercano se mantiene a la estructura original: «Estas construcciones están protegidas bajo el grado de patrimonio local y por lo tanto no se puede tocar la fachada», explica la vecina mientras abre las puertas de su hogar. Un interior reformado donde, al fondo, amplios y acristalados ventanales permiten la entrada de un torrente de luz que Ilumina toda la vivienda y deja a la vista detalles como la mejora en los materiales del techo o algunos de los antiguos azulejos de la construcción.

Mientras ambos conversan sobre la singularidad de estas construcciones, surge un detalle que evidencia, a modo anecdótico, la funcionalidad obrera de este grupo de viviendas. «Justo esta casa y las dos siguientes de al lado, las contiguas, formaban lo que fue una fábrica de jabones. En concreto, toda mi casa era el 'despacho', que estaba prácticamente en ruinas hasta la reforma que acabo de hacer, y las otras dos viviendas eran la fábrica, la zona donde se hacían los jabones», cuenta Amparo.

Far, far west

De aquellos tiempos, Tomás recuerda que «toda la calle era como la misma casa». «Aquí estabas jugando fuera y te enterabas de todo», rememora Manuel. «Era una infancia completamente diferente a la que se pueda tener ahora», asegura Tomás. «Los que no vivíamos ahí no veníamos mucho por aquí, porque no había nada más que estas casas, sus ocupantes, la huerta y las vías del tren», recuerda Vicente Arocas. Raíles que iban desde Valencia a Utiel y que hace tiempo fueron sustituidos por asfalto, edificios y, en el tramo que pasa por Ramón de Castro, por una plaza peatonal. Ahora, poco o nada queda de ese entorno familiar y 'de siempre'.

«Han ido vendiendo muchas viviendas y ahora ya no conocemos a casi nadie» Manuel, vecino del conjunto

El panorama ha cambiado bastante desde entonces. De aquel lejano paraje sin apenas urbanizar solo queda la historia y los recuerdos de quienes aún pueden contarlo. El vacío y los campos son ahora coches, fincas y un entramado urbano anexionado al centro de la ciudad, casi en paralelo a la Avenida Tres Forques y su caos habitual, en el que aún permanece esta burbuja arquitectónica con reminiscencias de «pueblo de los de «salir a la puerta con sillas en verano», como lo define Manuel. Un encanto que salta a la vista y que se mantiene, aún cuando la mitad de las casas están abandonadas y la mayoría del resto están habitadas por gente «nueva»: «Han ido vendiendo muchas de las viviendas y ahora ya no conocemos a casi nadie», reconoce Manuel.

Rótulo de la calle, en la fachada de una de las viviendas, ahora deshabitada.
Rótulo de la calle, en la fachada de una de las viviendas, ahora deshabitada. / Tamara Villena

La degradación de las casas es más que evidente, donde incluso varios de los inmuebles estuvieron ocupados ilegalmente «bastante tiempo», hasta que «hace año y medio hubo un incendio y tuvieron que ser desalojados. Ahora siguen abandonadas», relata Francesc. «El deterioro derivó de la construcción de una trama completamente diferente de ciudad -explica Arocas-. Las casas pequeñas empezaron a desaparecer y se hicieron otros edificios alrededor. Ramón de Castro se quedó como un pequeño barrio metido ahí en medio, sin ninguna importancia», relata el vicepresidente. Aunque el punto de vista difiere desde dentro: «Yo creo que la zona estaba más deteriorada hace veinte años que ahora -opina Tomás-. No vivía casi nadie y estaban la mitad de casas vacías. Hoy en día hay más gente y me parece que el conjunto está menos degradado porque hay varias casas que se están reformando, aunque yo no conozco ya a los dueños», explica el vecino. «Excepto nosotros y la casa de Tomás ya no queda casi nadie de los originales-concuerda Manuel-. No tengo ni idea de por qué vuelve a venir la gente por aquí, pero sí es cierto que ahora es todo distinto», asegura. Algunos de esos recién estrenados vecinos prefieren no contestar al respecto. La callada por respuesta o un anacrónico «vuelve cuando esté mi marido y lo hablas mejor con él» es todo lo que se recibe al tocar algunas puertas de la calle.

«Creo que la zona estaba más deteriorada hace veinte años que ahora» Tomás, vecino del conjunto

Un cambio que tiene más de circunstancial que de generacional y con el que no todos están de acuerdo. Esta situación de dejadez institucional propicia que «la iniciativa privada entre al barrio y que alguien que incluso no sea de la zona y no le dé el valor que tiene, se compre una casita muy cerca del centro de la ciudad», expone el presidente de la Asociación de Vecinos de Patraix, Antonio Pla. «La comodidad que ofrece su ubicación y su estructura hace que los inmuebles (o en algunos casos, los solares) se vendan a un precio muy elevado, que ni artesanos ni gente del barrio va a comprar motu proprio, sino gente con un nivel adquisitivo alto que quiere vivir casi en el centro pero como en una urbanización», indica el responsable de la agrupación. Esto recae en otro problema: «La gente nueva no suele conocer las costumbres del barrio y eso a veces genera conflicto. Esto es un núcleo de socialización y tenemos que buscar un equilibrio», argumenta Pla.

Proyecto de futuro con inspiración checa
Tamara Villena

Desde la asociación plantean un proyecto de reforma para el barrio, después de conseguirle un grado de protección por ser considerado Bien de Interés Local: «Pretendemos que no se conserve solamente su estructura urbanística o arquitectónica sino que se mejorase el entorno y tuviera un uso, funcionalmente hablando -detalla el presidente-. La idea era que en esas casas hubiera intervención pública y se recuperasen esos espacios, teniendo en cuenta a sus propietarios. SIn expropiar y con una compra a modo de inversión pública», expone Pla. «Nuestro planteamiento es que se destinase a una recuperación de los oficios tradicionales valencianos mediante tres vertientes: la de recuperación de esas facetas tradicionales, la educativa para su transmisión y la comercial, enfocándose al ámbito turístico para dar a conocer la historia y sacar un rendimiento», concreta Antonio. «El problema está en que aquí no valoramos lo que tenemos -opina el vicepresidente, Vicente Arocas-. Hace falta poner en valor el patrimonio que hay en Valencia, que es mucho, porque es una pena que los turistas lo valoren y a nosotros nos dé igual. Aquí solo vale el suelo, lo que hay arriba parece no importar nada», expone Arocas. «Me molesta que en este barrio, con sus casas obreras y entorno de pueblo antiguo, hasta sus propios vecinos digan que 'esto hay que tirarlo todo'», confiesa el encargado de la asociación vecinal.

«Lo que pretendíamos con esta iniciativa era imitar las pequeñas casas contiguas al Castillo de Praga, que pertenecían a la familia de los guardias y ahora están todas reconvertidas. Ubiicadas en el Callejón del Oro, las llaman 'las casas de los artesanos' y venden a los turistas todo lo que ahí se fabrica», aclara Arocas.

Rincón de arte

La intención es la de volver a los orígenes. El grupo Ramón de Castro fue plasmado bajo una funcionalidad social que hicieron propia trabajadores, artesanos y artistas. Refugio del reconocido escultor valenciano Ricardo Boix, los vecinos aún recuerdan y reivindican la importancia de su presencia: «Boix también estuvo en una de las casas, en la de al final a la derecha -explica Francesc-. En realidad, era más taller que vivienda, porque el espacio estaba todo lleno de sus esculturas. Recuerdo que solíamos hacer excursiones con los niños para que las vieran», rememora Nácher, con una media sonrisa propia de las charlas sobre buenos recuerdos. «No era su casa como tal, porque él vivía en la Finca Roja, pero es ahí donde hacía sus obras», confirma Manuel, mientras su hermano enseña un artículo sobre el artista que también guarda de la prensa de la época. La artesanía también estaba presente, en las dos casas que ahora son la escuela infantil: «Antes de la rehabilitación era un taller y recuerdo que estaba todo lleno de las cucharas de madera que hacían», añade Francesc.

«El escultor valenciano Ricardo Boix también estuvo en una de las casas» Manuel, vecino del conjunto

El temor de la burguesía

El documento con información original del proyecto recopilado por la asociación vecinal muestra otro interesante matiz, clave para entender la selección específica de la ubicación para edificar estas viviendas: «Las agrupaciones de barrios para obreros no deben acumularse formando extensos barrios, sino desparramarse por la población y su término», edificándose «no en el centro, sino en las afueras. La dimensión de las barriadas es reducida, debido al temor de la burguesía a las concentraciones obreras, por lo que consecuentemente se dispersaron por el extrarradio». Una especie de 'medida preventiva' para evitar la comunicación en masa entre este sector, que Gómez también constata: «Se construían en grupos no muy numerosos, para evitar grandes congregaciones obreras», confirma el arquitecto.

Imagen del libro original del proyecto, con una fotografía del año de su construcción.
Imagen del libro original del proyecto, con una fotografía del año de su construcción. / Tamara Villena

Pero a pesar de los trazos comunes, no todo son similitudes: «Las casas de esta calle son todas iguales, pero cada barrio obrero de los cuatro que se hicieron tenía una distribución distinta», relata Arocas. Uno de los distintintivos de Ramón de Castro respecto al trío restante es el jardín situado entre las dos hileras de edificaciones. Y, al contrario de lo que la mayoría cree, estas casas no estaban habitadas por trabajadores de la construcción ni por operarios del tren cuyas vías (colocadas a posteriori) pasaban entonces justo al lado de las viviendas. Tampoco todos trabajaban de lo mismo. «Era un barrio de trabajadores pero sobre todo se dividían en dos tipos-explica Mozas-. Por una parte estaba formado por labradores, porque estaba rodeado de huerta y cultivaban las tierras para los propietarios que residían en Valencia mientras ellos vivirían en Patraix. Por otro lado, en el entorno también se encontraban las fábricas del último tercio del siglo XIX, de seda principalmente, que gracias a ellas hubo gente de otros municipios que emigraron al barrio. Por lo tanto, la zona sin duda era de clase obrera».

Es fácil de imaginar, en este contexto de cambio de siglo, auge burgués y tradición monárquica, el impacto de que la reina Victoria Eugenia en persona entregase las llaves, de -nada menos que- un barrio obrero, a los propietarios, trabajadores alejados del perfil habitual con el que se codeaba la monarquía. «Piensa que en aquel momento (octubre de 1910) los reyes no solían aparecer en tantos actos institucionales como ahora, que estamos más acostumbrados a verlos en todo tipo de eventos. Supongo que debió de causar bastante revuelo», observa Arocas. Además, «la prensa de entonces no estaba tan extendida y era más difícil reconocer a la soberana, por lo que habría muchos que no se creerían del todo que fuese ella», puntualiza Javier Mozas. Pero «efectivamente sí, la reina Victoria entregó en mano las llaves. Supongo que por motivo de su visita a la Exposición Regional de Valencia aprovecharía para realizar varios actos, entre los que se encontraba este. Entiendo que sería un gran impacto porque no era algo normal», aclara el historiador.

«Aquí al lado vivía la familia de un ministro de Franco, Villar Palasí» Manuel, vecino del conjunto

Ni siquiera los vecinos descendientes de aquellos propietarios saben más detalles sobre el asunto. «Yo solo sé que vino, entregó las llaves y poco más, esto fue hace muchos años y tampoco nos ha llegado mucho más que eso», asegura Tomás. Lo mismo cuentan el par de hermanos: «Sabemos que las dió ella, pero nada más», coinciden. Aunque la reina no fue la única personalidad influyente que pasó por Ramón de Castro. «Aquí al lado vivía la familia de un ministro de Franco, Villar Palasí. Fueron los primeros en tener televisión en toda la calle. De hecho, la primera vez que vi algo por una fue en la suya, el entierro de Juan XXIII», cuenta Manuel.

Manuel y Rafael, en una de las antiguas fotografías que adornan la estantería de su salón.
Manuel y Rafael, en una de las antiguas fotografías que adornan la estantería de su salón. / Tamara Villena

Son muchos los aspectos que confluyen hasta hacer de estas casas un elemento único en el callejero valenciano, como último superviviente de un barrio obrero construido en una época donde la máxima arquitectónica eran construcciones que miraban hacia una burguesía urbana que se abría paso en el centro de Valencia. Y aún así, su estado actual evidencia una desidia autóctona que deja perder tesoros históricos a pie de calle.

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