Dentro de Espai Verd

El edificio, ubicado a la entrada de Valencia por la V-21, se reivindica como una 'catedral' que cuenta con zonas verdes y hasta un oratorio

Dentro de Espai Verd
Á.G.D.
Álvaro G. Devís
ÁLVARO G. DEVÍS

La vida en la ciudad es frenética. Coches, semáforos, gente, turismo, autobuses, rascacielos, manteros, calles laberínticas, bicicletas, carteles de paella y de souvenirs... Valencia ha perdido la tranquilidad del Mediterráneo, la serenidad de la huerta, el atardecer pausado de la Albufera. Valencia es una ciudad que necesita «una catedral».

Esa fue la obsesión de nuestro anfitrión, Antonio Cortés, que fue a su vez el responsable de planear Espai Verd, «ese edificio a la entrada de Valencia por la V-21».

La primera cosa que cuenta, nada más entrar en el edificio, es que la construcción se basa en los tres principios de la arquitectura clásica: Venustas (belleza), Firmitas (Firmeza) y Utilitas (Utilidad). La idea de entonces era buscar el equilibrio entre esos tres cánones, creando edificios en el que la persona se pudiera desarrollar íntegramente. «Vivimos en un mundo con mucha información: somos tremendamente humanistas, estamos muy concienciados con la sociedad, pero somos unos analfabetos espirituales», dice en otro momento Cortés, «este edificio busca que disfrutes de tu casa pero también te permite meditar, encontrarte con la naturaleza...».

La historia del edificio se remonta a finales de los 70, cuando Cortés, arquitecto por carrera pero utópico por convencimiento, encuentra su hueco en Viviendas Populares. Proyectar edificios asequibles pero con un carácter propio le llevo a su vez la formación en el cooperativismo y con la firma que fundó junto a otros arquitectos, CSPT, empezaron a construir bajo la forma de cooperativa de viviendas.

Espai Verd fue, desde el principio, un proyecto personal de Cortés. «Al principio, para fundar la cooperativa, hablabas con conocidos que se quisieran sumar. En este caso, poco más tarde, se sumó muchísima gente», cuenta. No era para menos: el arquitecto proponía un oasis en la ciudad, la tierra prometida en el desierto de asfalto.

Su catedral habitable resulta visualmente impactante por varias razones. Primera, y seguramente más obvia, la cantidad de espacio ajardinado. Cada casa cuenta con cuatro dormitorios (eran otros tiempos y otras familias), ventilación exterior y cruzada y unos 95 m2 de jardín. Sí. Más que el espacio total de muchas casas del centro.

En segundo lugar, Espai Verd no es un edificio de pisos, sino un edificio de chalets. Para proyectar el espacio que buscaba para cada habitante, Antonio Cortés se inspiró en las urbanizaciones metropolitanas, y las puso una encima de otra. Las 108 viviendas son dúplex o triplex, con más de 100 m2 de interior y el mencionado jardín aparte. Las casas tienen una entrada noroeste y un jardín sureste que le permite ventilarse naturalmente.

En tercer lugar, las propias influencias estéticas del edificio. Espai Verd es un poco de arquitectura clásica, pero también tiene algo de Ricardo Bofill y su Walden 7 y otro poco de Moshe Safdie y su Habitat 67, y además se adscribe claramente en el movimiento brutalista y sus geometrías imposibles y repetitivas que sugirió con su trabajo el francés Le Corbusier. Espai Verd fue uno de los protagonistas de una exposición que se clausuró el pasado 2 de abril en el Deutsches Architektur Museum de Frankfurt sobre este movimiento, erigiéndolo como un símbolo internacional del movimiento.

El interior de las casas es similar a un chalet de montaña: una planta baja con comedor, cocina, salón y baño, además del acceso a la parte ajardinada y una segunda altura para los espacios personales y más baños. Todas las construcciones cuentan además con un estudio, ya que Cortés proyectó ya a finales de los 70 la evolución de una atmósfera laboral dirigida al trabajo desde casa.

Fuera de las casas, las zonas comunes son más comunes de lo habitual. El edificio de 8.000 m2 de solar no buscaba el máximo aprovechamiento del espacio. Las catedrales no lo hacen. En Espai Verd el espacio lo determina la funcionalidad, entendida en el sentido más amplio y humanista de la palabra. El jardín interior de la planta baja es un espacio muy particular, pensada para el paseo. Lo preside una fuente en la que el agua recorre diferentes alturas creando una cascada. Es una de las joyas de la corona. El inmueble se conecta circularmente en la planta baja y en la cuarta, en la que hay acceso a un pequeño parque y a la piscina.

Estos espacios de encuentro y la propia organización cooperativista, lejos de intereses empresariales y económicos, ha fomentado durante todos estos años que el ambiente vecinal esté en sintonía con la paz del verde. «Somos más que vecinos. Nos conocemos todos y algunos nos consideramos casi una familia», cuenta Cortés. Y así lo pone a prueba, interrumpiendo varias veces la entrevista para saludar a una vecina o vecino y presentar al periodista de LAS PROVINCIAS que va a hacer un reportaje sobre el edificio. «Ah, qué bien, pues sácalo tan bonito cómo es», responde alguien; «Es que esto da para un reportaje», dice otra persona.

Un edificio provindencial

Espai Verd fue el futuro sin que nos dieramos cuenta y ahora aún es el presente, a pesar de la estética de los 70 que lo diferencia de los enclaves verticalmente kilométricos de ahora que le rodean.

Antonio Cortés ha estado muy ligado a los avances tecnológicos a través de su empresa Espaci, que fue la que terminó el edificio. Su formación de arquitecto complementa a la de informático, que también desarrolló en la década de los 70. Espai Verd proyecta algunas de las predicciones de Cortés sobre cómo iba a ser el futuro.

Al ya mencionado estudio integrado en la casa se une que este edificio fue pionero en España al ser el primero (con una destacada diferencia sobre el segundo) en desplegar la red de banda ancha que entonces solo se ponía en las calles de las grandes ciudades. Los cables, que Cortés enseña con orgullo, resultaban marcianos en la época: «Me decían que cómo iba a necesitar una casa tal velocidad en las telecomunicaciones, que estaba loco. 13 años después se publicó un decreto sobre cómo se tenía que incluir esa tecnología en los edificios. Lo habíamos calcado, pero mucho tiempo atrás», relata.

La orientación del emplazamiento tampoco estuvo exenta de polémicas. La construcción mira hacia el noroeste (la entrada principal está escondida en una calle y no es lo que se ve desde la avenida Cataluña) pensando en los jardines, rompiendo así con la orientación norte-sur habitual en la ciudad. Esto le valió no pocas críticas al arquitecto. Incluso en la prensa se llegó a titular algo así como «De esperanzadora innovación a chapuza arquitectónica».

Otra tecnología implantada, aunque hasta ahora no se ha puesto en práctica es un sistema de residuos en el que la basura cae directamente de la casa a una zona común, unificando todos los desperdicios en un único espacio.

La Valencia que se necesita

Cortés conoce cada centímetro de su construcción. Mientras la enseña explica lo que falta por hacer, lo que era antes y lo que es ahora, por qué esta planta y por qué esta curva. Desde que padeció un infarto en 2008, el arquitecto que vive en su propio edificio lo recorre circularmente. Cuatro vueltas hacen un kilómetro exacto.

Uno de los dos últimos espacios que visitamos son el oratorio aconfesional (sí, un oratorio en un edificio) que le sirve a la comunidad pero que también ha sido lugar de peregrinación de algunos místicos más importante del budismo. El otro es una parte que aún está sin construir. Está proyectado hacer un centro social con un espacio para el deporte pero también para el encuentro de los vecinos.

Un lugar en el que encontrarse a uno mismo, con los demás y con la naturaleza. El sueño utópico de Antonio Cortés que parecía el futuro. Pero Valencia optó por seguir creciendo de otra manera, por los coches, los rascacielos y los carteles de paella y de souvenirs. Y Espai Verd sigue ahí, recordándonos la Valencia que a veces se necesita y que solo parece estar allí.