Dentro de la finca más estrecha de Valencia

Con 107 centímetros, ha sido la casa menos amplia de toda España. En los últimos años su interior se ha modificado completamente

La fachada más estrecha de Valencia, en la plaza Lope de Vega./Tamara Villena
La fachada más estrecha de Valencia, en la plaza Lope de Vega. / Tamara Villena
TAMARA VILLENAValencia

«No vamos a enseñaros solo lo más grande de la ciudad. A veces son más interesantes los lugares más pequeños», comenta una guía turística al grupo de extranjeros asombrados que inmortaliza el número 6 de la plaza Lope de Vega. Una dirección que dirá más bien poco a muchos y mucho a algunos, pero que sin duda es una de las paradas obligatorias de la ciudad de Valencia. Un punto de encuentro ineludible en el callejero local, más conocido por los forasteros que entre los propios valencianos, a pesar de ser una de las curiosidades arquitectónicas más atractivas de nuestro continente. La ubicación pertenece a la que en su día fue la casa más estrecha de toda Europa, con apenas 107 centímetros de amplitud que la han consagrado como foco del afán 'yo estuve ahí' que rige toda ruta turística. Aunque en los años 80 dejó de lado su funcionalidad hogareña y pasó a ser la segunda fachada menos amplia de Europa, aquí se sigue vendiendo al turista como la más estrecha, un título que ahora ostenta la parte delantera de una casa de 101 metros a orillas del canal Singes (Ámsterdam).

En los años 80 dejó de lado su funcionalidad hogareña y pasó a ser la segunda fachada más estrecha de Europa

A dÍa de hoy, la entrada al icónico inmueble pertenece al local contiguo, el bar La Estrecha, regentado por Alberto Martínez «desde hace tres años y medio», según comenta el dueño. «Ahora la fachada está unida a la finca contigua -explica Martínez.- Lleva así desde la década de los ochenta, pero hasta entonces la casa estaba separada y eran viviendas distintas», comenta el empresario. La fachada valenciana despierta asombro y claustrofobia a la par. Sus muros (ahora falseados a la vista) contaban con una amplitud poco mayor que la de sus ventanas y puerta principal, lo que conduce irremediablemente a preguntarse por el espacio personal con el que contaban sus antiguos habitantes. «Era una casa única, de ahí la diferencia del suelo que se puede apreciar. La entrada tenía una escalera de caracol y todo era un mismo edificio en que vivía una familia. -cuenta Adrián Samper, empleado de La Estrecha-. En cada piso había una estancia: el primer piso era el comedor, el segundo el baño, el tercero una habitación…», ilustra el camarero sobre cómo eran las estancias del inmueble. «La casa respetaba mucho los 107 centímetros, lo único que al final se ensanchaba un poco más por las habitaciones», asegura Samper.

La entrada a lo que fue la casa más estrecha de Valencia.
La entrada a lo que fue la casa más estrecha de Valencia. / Tamara Villena

La fachada mantiene una apariencia que nada tiene que ver ya con la realidad interior de sus muros, unidos por completo a la finca colindante y sin su estrechez característica, tan popular más allá de las lindes valencianas. «Vienen muchísimas personas y, efectivamente, los turistas conocen más la fachada que los propios valencianos», confirma Martínez. «Nos visita demasiada gente, porque hay muchísimos grupos de tours turísticos y se han hecho reportajes de muchas partes del mundo. Es bastante habitual ver cómo se hacen la típica foto con el dedo como cogiendo la fachada, como pasa con la Torre de Pisa», añade Samper. «Aunque ya se mantenía la fachada antes de que nosotros abrieramos el local, la puerta de la casa siempre estuvo cerrada hasta que decidimos abrirla al público y poner en en esa parte una zona 'museo' sobre cómo era», explica el empleado.

«Los turistas conocen más la fachada que los propios valencianos» Alberto Martínez | responsable del local 'la estrecha'

Un ir y venir de visitas que no cesa y acrecienta el esfuerzo para mantener la icónica imagen del edificio: «Con tanta afluencia de visitantes estamos intentando preparar y adecuar la parte correspondiente a la fachada tal y como se encontraba inicialmente, para que los interesados puedan ver la peculiaridad de la fachada», asegura el propietario de La Estrecha. Sin embargo, las trabas institucionales no están poniendo nada fácil la restauración de este particular emplazamiento valenciano. «Con los continuos problemas que nos ponen desde la administración es imposible realizar nada y corre peligro el trabajo de cinco familias que trabajamos allí. -explica Martínez-. Es algo incomprensible cuando lo que queremos es darle a este enclave la importancia que se merece», confiesa el empresario.

Interior de lo que fue la vivienda, en el que aún se puede comprobar la estrechez de las dimensiones. / Tamara Villena

La antigua casa nos ha dejado su fachada, historias y rumores. «Tiempo atrás, según tengo entendido, era una pensión en la que se alquilaban las camas por noche», detalla Martínez. La leyenda urbana que corre sobre la vivienda cuenta que el inmueble se arrendaba principalmente a prostitutas y adúlteros para mantener relaciones extramatrimoniales 'en secreto'. «Según nos contaron los últimos propietarios de la casa, lo del 'picadero' es cierto», confirma el responsable. En su local hay un pequeño homenaje a la casa, justo en la zona donde se encontraba su entrada principal, una especie de crónica fotográfica donde también se puede ver cómo era la plaza hace algunas décadas. Si miramos hacia arriba también se puede comprobar la estrechez de los pisos que formaban el edificio, y al bajar la mirada nos topamos con otra de las pocas muestras de lo que hace quince años estuvo ahí: las baldosas del suelo diferencian perfectamente el trozo de espacio que pertenecía a la casa original del que ahora ocupa el local La Estrecha. Además, el baño también hace referencia a la antigua residencia con una inscripción en sus paredes.

«Con los continuos problemas que nos ponen desde la administración es imposible realizar nada»

Visitar este entorno y tantear sus limitadas posibilidades despierta inevitablemente la curiosidad sobre cómo sería la vida de sus anteriores habitantes. «Los antiguos propietarios han pasado por el local y nos confirmaron que antes era una joyería -comenta Martínez-. La última dueña nos contó la historia de que ella misma tuvo que vestirse fuera de la vivienda el día de su comunión, porque no podía salir con el traje desde dentro», asegura el responsable de La Estrecha. «Esa niña, ahora mayor de sesenta años, sigue viniendo aquí a tomar café», cuenta Samper. Ella, entre muchísimos otros visitantes, sigue apreciando el encanto de las pequeñas cosas.

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