Dentro de La Casa Judía

El vistoso edificio ha sobrevivido a numerosos cambios a su alrededor y en su interior

La fachada de La Casa Judía./Á.G.D.
La fachada de La Casa Judía. / Á.G.D.
Álvaro G. Devís
ÁLVARO G. DEVÍS

La Casa Judía es un edificio con una piel única. A nadie que pase por la calle Castellón, a pocos metros de la Gran Vía y de la Estación del Norte, le puede pasar desapercibida esta construcción. Colores marcianos, formas hipnóticas y una arquitectura que traslada a muchos sitios sin saber muy bien dónde concretamente.

La obra fue diseñada por Juan Guardiola, nacido en Sueca, estudiante de arquitectura en Barcelona y discípulo de Gaudí. Cuentan algunos artículos que recogen su carrera que sus trabajos estuvieron muy influenciados por los viajes que hizo y las culturas orientales, a las que le supo sacar partido alineándose desde el principio al movimiento del Art Decó. La Casa Judía evoca diferentes motivos porque es en realidad un collage con elementos de distintos lugares y arquitecturas, siempre visto desde la mirada creativa de Guardiola. Otros grandes obras del autor son La Casa China en Barcelona, el Ateneo de Socorros de Sueca o varios cines en la comarca de la Ribera.

Cuentan las malas lenguas que Guardiola forma parte de la Orden Masónica y que oculta parte de la simbología mística en sus edificios. En este caso sería la estrella de David y los elementos propios de la arquitectura egipcia. Como poco, se ve claramente una subversión a lo iconográfico en sus contrucciones.

La Casa Judía se construyó en los años 30 en una Valencia a la que le faltaba tanto por vivir. El centro de Valencia aún no era lo que llegaría a ser unos años después, el progreso estaba llegando poco a poco, y la obra de Guardiola podía ser un símbolo de ese cambio que vivía la ciudad. El edificio sobrevivió a una bomba, que caería y destrozaría a otros inmuebles vecinos, ha visto evolucionar el barrio y ha observado cómo a su alrededor nada de lo que la zona fue permanece.

La piel de la La Casa Judía es única, y por eso no puede cambiar, pero el interior del edificio sí que sufre de un síndrome camaleónico que le ha adaptado (a vista de algunos, demasiado) a los nuevos tiempos por los que vive la ciudad actualmente. A la impresionante fachada ya se le echan encima algunos cambios: el zagúan está rodeado de unas persianas metálicas y de una zona tapiada, que albergó una sauna y un club de alterne. También quitaron dos pilares de la parte más alta por riesgo de desprendimiento. Aún así, los diferentes trabajos de rehabilitación han conservado los colores naturales del trabajo de Guardiola. Recientemente, varias asociaciones han pedido una protección especial para este edificio, que ahora mismo no cuenta con ninguna.

En el edificio viven familias particulares, la gran mayoría personas mayores. Solo se conoce una propietaria cuyos padres ocuparan un piso desde el principio de sus tiempos. También hay, en el penúltimo piso, unas oficinas que albergan varios negocios, una especie de planta de co-working en el que se mezclan inmobiliarias, abogados y diseñadores de videojuegos. Es allí donde nos recibe Ramón Villasante, que se define a si mismo como un «friki de la historia de Valencia». En su tiempo libre se ha dedicado en varias ocasiones a recoger historias del edificio.

Villasante nos cuenta la historia del edificio, cada cambio, y sobre todo, lo que más le emociona, el edificio en sus primeros años: «hay fotos de la zona en las que está solo la Estación del Norte, este edificio y en frente, un solar, es espectacular», cuenta.

El interior de La Casa Judía lo preside el zaguán, que sigue recogiendo con coherencia los elementos característicos de su fachada. Un pequeño patio con un techo con motivos de estrellas y formas egipcias a su lado. Pero una vez traspasada una puerta abierta de cristal, el edificio se convierte en uno mucho más normal de lo que anuncia su piel exterior. Un ascensor rodeado de escaleras, dos puertas en cada piso... La extraordinaria arquitectura de La Casa Judía deja paso a un edificio interior mucho más modesto.

Esto vuelve a cambiar de puertas particulares hacia adentro. Del interior del edificio ya no queda prácticamente nada de origen. Para meter el ascensor se hicieron trabajos muy agresivos, y cada propietario se ha reformado su hogar a su gusto, algunos convirtiendo ese piso de la Valencia que empezaba a progresar en una vivienda de lujo. Son unos 100m2 cada una, y originalmente contarían con tres habitaciones, un baño, una cocina y un comedor. Ahora cada casa es un mundo diferente, y solo alguna conserva parte del mosaico de azulejos original.

No hay ninguna casa en venta ni en alquiler, ya que la comunidad es muy pequeña. Los vecinos no contestan a los timbres, y cuando son preguntados, remiten a otros vecinos «que contarán la historia del edificio mejor». Villasante, sin embargo, habla con pasión del edificio: «Me encanta trabajar aquí, para mí es un lujo. No paro de contar que todos los días puedo entrar y pasar las horas aquí. Esto es Historia viva de Valencia», cuenta.

No son pocos los curiosos que pasan diariamente por La Casa Judía. Hasta el autobús turístico hace un apunte cuando pasa por ahí. Hablan de su piel, la que se ha conservado intacta, la que viaja por todas las arquitecturas orientales. Todo lo demás, es Historia y también historia, sumando realidades a través de esa realidad camaleónica del edificio y de sus gentes.

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