Dentro de Santa María Micaela

Ahora el edificio es un referente de la arquitectura racionalista, pero la construcción de este pequeño pueblo en el centro de Valencia esconde una historia de frustración y abandono

Interior del conjunto arquitectónico de Santa Mª Micaela./Tamara Villena
Interior del conjunto arquitectónico de Santa Mª Micaela. / Tamara Villena
TAMARA VILLENAValencia

La de Santa María Micaela es una historia de modernidad y frustración. De disonancia e incomprensión. Un relato material donde la ambición dirige una trama con desenlace tan injusto como previsible. Porque el rechazo a lo diferente no sorprende, ni el recelo hacia lo innovador: si no suena, no convence. Tan simple como eso. Diremos, desde una perspectiva crónica, que es lo que pasa cuando algo es demasiado para su tiempo, entorno y costumbres. Cuando Santiago Artal se plantea la construcción de Santa Mª Micaela, dando forma a lo que sería su primera y -spoiler- única obra, buscaba romper con la tradicional arquitectura propia de las viviendas sociales en la España de los sesenta. Acababa de terminar la carrera y sus estudios en Inglaterra le auguraban una próspera profesión, una visión disruptiva que pretendía importar las tendencias anglosajonas para dar forma a la Valencia franquista. «Es uno de mis edificios preferidos de la ciudad. Fue un conjunto muy avanzado en el momento de su construcción -expone la especialista en composición arquitectónica Maite Palomares-. Se trata de una arquitectura acorde con la cultura de su tiempo. Bien proyectada y bien construida», explica la arquitecta.

El edificio es reconocible por sus toques naranjas en la estructura de hormigón.
El edificio es reconocible por sus toques naranjas en la estructura de hormigón. / Tamara Villena

Racionalismo o neoplasticismo son algunas de las catalogaciones arquitectónicas en las que se enmarca esta construcción. Pero, tecnicismos aparte, Santa María Micaela no necesita presentación ninguna. 'La finca de los cuadrados de colores' ubica la memoria visual de (casi) cualquier despistado que acostumbre a pasear por la urbe valenciana. O al menos, por la avenida de Pérez Galdós, donde toneladas de hormigón cimentan una construcción modelada por el anhelo de avanzar hacia nuevos paradigmas conceptuales. «Muchos la llaman también la 'finca americana', porque tenía el encanto de las series ambientadas en los sesenta -comenta Francisco Climent, actual presidente de la cooperativa-. Supongo que por su tiempo de estudio fuera del país, Artal importó muchas de las características de los edificios extranjeros, como las grandes zonas comunes y el hecho de que fuesen casi todo dúplex. Son rasgos muy modernos para la época», comenta el actual responsable del conjunto, con tres años y medio en el cargo. «En el edificio de Artal se incluyeron muchas novedades por las que ser apreciado. Mostró a la sociedad valenciana un modo de habitar en sintonía con las propuestas europeas que ya se veían también en otras partes de España, renovando las relaciones entre el edificio, la ciudad y los usuarios», destaca Palomares.

Sin embargo, su originalidad se tornó desilusión y le llevó al retiro profesional ante la perplejidad que despertaba su proyecto: «Parece que Artal sufrió mucho. Por lo visto, estaba aquí a pie de obra porque no comprendían el concepto de cemento 'a cara vista' de las columnas y la estructura. Él quería que eso estuviera bien hecho, tenía que quedar bien porque después no llevaba ningún retoque de pintura», remarca Paco Alberola, reconocido fotógrafo profesional con medio siglo -de sus 75 años- vivido en el edificio. Orgulloso de ello, y de pasarlos junto a su mujer, aunó en el edificio su vivienda y estudio de fotografía: «Empezamos a vivir aquí en mayo del 68, hace ya cincuenta años -narra el vecino-. Reunía las condiciones para montar mi estudio, porque el salón era espacioso y no había que hacer grandes reformas. Era una planta baja con techo alto, lo cual resultaba muy cómodo para trasladar el equipo». Afortunados el resto, de su temprano flechazo por la fotografía nos quedan regalos como esta crónica visual de los orígenes del edificio, casi seis décadas atrás:

«Era el año 1961 cuando acabaron la finca y mi vivienda entonces era de alquiler, pero años después optamos por comprarla», cuenta Alberola tras cinco décadas entre sus coloridos muros de hormigón. Y no es el único: «Yo nací aquí, en el edificio. Tengo 40 años y llevo toda la vida en él. Mi vida está aquí -asegura Francisco Climent-. Mi abuelo era cooperativista desde el principio, después el piso perteneció a mi madre y yo lo heredé», relata. Es una finca familiar, de las de 'toda la vida'. Y como tal, «tiene dos etapas: las vacaciones del colegio y durante el curso, cuando los niños están en clase», comenta Alberola. «El patio es el lugar perfecto para ellos porque estamos tan tranquilos de que todo estaba controlado. Una de las ventajas del edificio es que ha tenido conserje las 24 horas, todos los días del año. Ahora es mi nieto quien juega, pero en su día fue mi hijo, que ahora tiene 46 años». Sin embargo, el tiempo nunca detiene su silencioso rastro: «Aunque siempre ha sido una finca familiar, ya no lo es tanto como antes -puntualiza Climent-. Ha habido movimientos, compraventas y muchos alquileres», expone. «Ha habido una renovación generacional. Cuando entré había mucha gente joven y con presupuestos modestos, acordes a una cooperativa, pero luego sus salarios fueron evolucionando y la finca se les quedaba poco representativa a su estatus. Se cambiaron a otros sitios y alquilaron los pisos», coincide Alberola. «Pero la esencia es la misma: los niños siguen jugando en el patio y la piscina y, a pesar de que el edificio es de antaño, se ha ido adecuando a la modernidad», resume Climent.

Foto de María Luisa tomada en el edificio. / Paco Alberola

El patio, en casi seis décadas, ha visto algo más que niños jugando. «Como aquí he tenido mi estudio de fotografía ha sucedido de todo. Un día vino María Luisa San José, una actriz española de las del principio del destape, me pidió que le hiciera un 'book' para empezar a ir a las productoras y recuerdo haber hecho fotos ahí en el patio -cuenta Alberola-. Era la década de los setenta y estábamos en la piscina, ella con una minifalda y posiciones típicas de lo que era el 'playboy' de la época, provocativa. Fue inevitable que todo el mundo que pasaba se quedase mirando».

Un vaivén migratorio que refleja el cambio en la percepción social de la finca. Si al principio se consideraba un conjunto de viviendas sociales inusual y para bolsillos modestos, ahora la finca ha pasado a ser todo un referente arquitectónico en Valencia. «La finca ha ido ganando reconocimiento social conforme ha pasado el tiempo, sobre todo hay que tener en cuenta que está protegida con un nivel alto», expone Alberola. «Sí que está más valorada a nivel general -coincide el presidente-. Se nota que vienen más periodistas y que los medios se interesan más», añade Climent. «Todos los años viene un curso de la Universitat Politècnica (UPV), toman notas y fotografías», explica David López, administrador de la finca durante 25 años. «Algunos incluso han llamado a la puerta y han preguntado», cerciora Alberola. «No es algo nuevo, ha sido así toda la vida -detalla Climent-. Siempre he visto que vinieran arquitectos y universitarios a estudiar el edificio, durante los setenta, ochenta y noventa» aclara el responsable actual de la cooperativa. «Creo que es una finca de estudio, como modelo de lo que se podía haber hecho en los sesenta. Estamos hablando del año 1961, y ya contaba con dúplex y espacios comunes grandes. Yo creo que tuvo mucho valor», incide el fotógrafo.

Maite Palomares, como experta en la materia y docente en la UPV, reconoce que «el edificio está valorado por el colectivo de los arquitectos, pero gran parte de la población todavía no conoce los beneficios que supuso para la mejora de las condiciones de vida de sus usuarios y por tanto no puede apreciarlo como corresponde». El edificio está incluido, por iniciativa de la arquitecta y catedrática de Composición Arquitectónica de la UPV Carmen Jordá, en el Registro de DoCoMoMo Vivienda Comunidad Valenciana para la conservación y reconocimiento de construcciones modernistas locales. Citando a Jordá, Palomares es autocrítica: «Creo que a los arquitectos nos queda por hacer mucha labor pedagógica».

Cooperativa de agentes comerciales
Uno de los bloques del conjunto. / Tamara Villena

¿Pero qué significa que sea una cooperativa? «Que no comprabas un piso, comprabas una opción -explica Alberola-. Adquirías un préstamo hipotecario no personal que estaba garantizado por el edificio, por eso se llama cooperativa. Los cooperativistas lo devolvían poco a poco, durante 35 años, y la finca te decía que la vivienda número 'X' te había sido asignada, pero no tenías escritura ni tenías nada», detalla el fotógrafo. «Los mandatos no son igual que en una comunidad de vecinos, en la que son anuales y se decide por asamblea.-detalla Climent, con tres años y medio como presidente-. Esto es una cooperativa para gestión, funcionamos como una empresa: gestionamos propiedades, empleados y obras», aclara el actual responsable.

«Hay varios tipos de viviendas», comenta David López. Los dúplex, entre los 120 m2 y 159 m2, están divididos entre la zona de día en la planta baja y la de 'noche', con los dormitorios en la parte superior. El número de habitaciones oscila entre tres y cuatro (según la superficie), mientras que los bajos, con una sola planta, cuentan con 135 m2 y cuatro estancias. «Los que tienen una habitación más es porque cogen el hueco del ascensor (hay dos por bloque), y ese espacio que en la parte de abajo les resta, en la planta superior les deja un salón doble», añade Paco Alberola. La idea era realizar un conjunto de viviendas sociales de clase media, sin personal de servicio y con aprovechamiento de las plantas bajas para usos comerciales: «Los bajos están integrados en la urbanización. Todos los vecinos son copropietarios, no son de uso privativo y recibimos arrendamientos por ellos», explica Francisco Climent.

Referente de innovación y comunidad
Para Artal, los espacios para el disfrute comunitario fueron una prioridad en esta construcción.
Para Artal, los espacios para el disfrute comunitario fueron una prioridad en esta construcción. / Tamara Villena

Aunque de manera tardía y como fuente de frustración para su autor, el conjunto destaca como referente de innovación arquitectónica en la ciudad de Valencia. «Santiago Artal en Santa María Micaela actualizó el planteamiento de la vivienda colectiva en la ciudad de Valencia -explica Palomares-. Artal modificó parámetros urbanísticos para lograr unas mejores condiciones de implantación, afines con el urbanismo moderno, que le permitieron organizar la edificación de una forma más libre y aprovechar así el espacio liberado para el disfrute de la comunidad», expone la arquitecta.

«La finca cuenta con 138 viviendas divididas en tres bloques, dos altos de doce plantas con todo dúplex, a los que se accede a través de las amplias galerías comunes. El tercero es bajo y de dos plantas, que solo dispone de escaleras a las que se llega a través de una galería abierta, en la planta baja junto al jardín», explica el administrador David López. «Junto con el hormigón visto de la retícula estructural, las células en dúplex fueron empleadas para definir la imagen que identifica el conjunto», aclara Palomares. La variación de alturas y volúmenes de la finca consigue aportar esa sensación de amplitud y 'aire libre' que se percibe nada más entrar en el recinto gracias a la amplia zona común, centro neurálgico del conjunto. La luz se cuela por sus bloques y rebota entre la blanca estructura de hormigón, desde la que es imposible no desviar la vista hacia los puntuales toques de color: los anaranjados balcones, la azulada alberca o el conjunto verdoso de sus árboles. «Esa gran cantidad de área comunitaria empieza a haberla ahora en edificios nuevos, pero en los sesenta eso era impensable», reconoce Alberola. «Es un edificio peculiar y destaca en un entorno donde la mayoría son fincas más pequeñas y casi sin zonas conjuntas», coincide el presidente.

«El referente de finca comunitaria en Valencia es la Finca Roja, y tiene muchos patios. La ventaja de este edificio es que solamente se entra por uno, y hay 138 viviendas, la mayoría con dos o más inquilinos. Eso casi convierte la conserjería en la entrada de un pueblo». Una estimación tan reveladora como cierta, teniendo en cuenta que «hay muchos pueblos en la Comunitat que no tienen el número de habitantes que hay en esta finca», según apunta Alberola. Además, su ubicación la hace perfecta para la combinación de una vida tranquila en el bullicio de la urbe, con sus grandes espacios iluminados, largos pasillos y esa sensación de familiaridad que traen el paso de los años y las cosas en común. «Lo que más me gusta es su localización. Lo valoro mucho porque puedes tener un magnífico edificio y estar en medio de la nada. Aquí estás prácticamente en el centro y tienes muchas comodidades», reconoce el presidente.

Y no solo eso: «También introdujo nuevas instalaciones como la centralización de basuras o el servicio de lavandería en cubierta, que ofrecían una vida con más comodidades para los habitantes, siempre pensaba en ellos -expone Palomares-. Ese fue un motivo para los accesos por corredor, socializaban los elementos de comunicación y eran muy apropiados para nuestra climatología», cuenta la arquitecta. «Los vertederos para la basura que están junto a los ascensores son otra muestra de la modernidad del edificio, parecen sacados de la película de Jack Nicholson 'Mejor imposible'-observa Climent-. Son de un estilo muy anglosajón que aquí no se llevaba, aunque también obligan a tener servicio de mantenimiento».

Reformas que conservan su esencia
El conjunto arquitectónico está catalogado como Bien de Relevancia Local.
El conjunto arquitectónico está catalogado como Bien de Relevancia Local. / Tamara Villena

«Conforme se van fundiendo las antiguas bombillas, las vamos reponiendo por LED, así aprovechamos las que tenemos mientras nos adaptamos a las nuevas», explica David mientras cambia la luz en una de las pequeñas lámparas que reposan sobre cada puerta del rellano. Se trata de prácticos reflectores en los que se aprecia el número de cada vivienda, pensados para alumbrar el conjunto del pasillo e identificar cada puerta en la oscuridad. Este pequeño detalle no es el único cambio que se ha realizado o se podría mejorar. «La última reforma se acabó en 2017, para rehabilitar el hormigón del patio, la fachada y la alberca», comenta el administrador.

«Ha habido modificaciones, pero la finca realmente estaba bien de concepto», asegura Alberola. Aunque, claro está, hay opiniones para todos los gustos: «Aquí viven arquitectos que se han comprado la vivienda como una especie de devoción, y me han confesado que no han tocado nada. Yo sí que lo reforme», reconoce el fotógrafo. Las puertas originales tenían marco de hierro y eran de 1.78 ó 1.80 metros, adaptadas a la estatura media del pueblo español en los setenta. Ahora, las medidas pueden resultar problemáticas para más de uno: «Recibí a un cliente alemán que medía casi dos metros y se dio un golpe al entrar que cayó al suelo», relata Alberola.

Pero no resulta tan fácil optar por un cambio en Santa Mª Micaela, y no precisamente porque sus vecinos no logren ponerse de acuerdo, sino porque está catalogada como Bien de Relevancia Local (BRL), una valoración adquirida después de los ochenta. «Tenemos una calificación muy similar a la de la Finca Roja. Por lo tanto, no podemos modificar nada, por ejemplo la cromática. Aunque quisiéramos, no podríamos cambiar el color naranja de la fachada. Todo está muy custodiado y tenemos que pedir una licencia específica y seguir el protocolo», comenta el presidente. «Se han hecho sucesivas reparaciones en cuanto a pintura, pero las reformas han conservado bien lo que era el espíritu original», confirma Alberola. «La rehabilitación del edificio se produjo por un motivo estructural, ya que el hormigón está a la intemperie y se degrada con el tiempo, por lo que hay que cambiar las estructuras cada 15 ó 20 años», aclara Climent.

La luz es otra parte fundamental del conjunto arquitectónico. / Tamara Villena

Una finca moderna y atrevida, construída por un arquitecto comprometido con actualizar una Valencia donde las nuevas tendencias arquitectónicas no lograban abrirse paso. Y donde, entre sus colores y bloques de hormigón, también residen recuerdos del arte de Equipo Crónica. «Sé que la viuda de uno de los artistas todavía reside aquí», comenta uno de los vecinos del edificio. El conjunto es una muestra de tenaz radicalidad, un selecto y premeditado conjunto de decisiones brutalistas que no se supieron apreciar. Pero, por suerte, las cosas a veces cambian con el tiempo.

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