Cuando la víctima es un menor

Dos guardias civiles, junto al vehículo ayer en Godella. / manuel molines
Dos guardias civiles, junto al vehículo ayer en Godella. / manuel molines

Doce mil niños de la Comunitat alertan cada año sobre maltrato y abusos sexuales

REDACCIÓN

valencia. La cifra es tan escalofriante como los delitos que sufren. Alrededor de doce mil menores comunican cada año haber sufrido agresiones. Esta cantidad, ofrecida por la Fundación Anar, dista mucho de la realidad, esa en la que mucho niños no pueden ni pulsar un número de teléfono y denunciar los golpes, insultos y vejaciones que sufren. Incluso la muerte, como ocurrió ayer en Godella, donde fueron hallados los cuerpos sin vida de un bebé de meses y su hermano de tres años y medio. Presuntamente, los padres fueron los que acabaron con su vida y después los enterraron.

La centralita de esta fundación recoge miles de llamadas de menores que buscan amparo en los psicólogos y trabajadores sociales que allí trabajan. Necesitan un apoyo para salir del pozo profundo en el que se encuentran, ya sea maltrato, acoso escolar e, incluso, abuso sexual.

Los teléfonos de ayuda son testigos de miles de historias, todas ellas anónimas a los oídos de los demás, porque una máxima de la Fundación Anar es la confidencialidad. Todo aquel que les llame debe saber que su nombre no aparece por ningún lado y la llamada no deja ningún rastro que pueda poner en alerta al agresor. «Me decían que si contaba algo me iban a llevar a un reformatorio donde los niños me iban a pegar más», relató en su día un menor de 13 años a la operadora. «Hace un mes, mi madre me pegó con un palo de hierro en el muslo. Me dejó un morado que me dolía y tenía sangre en el centro», confesó otro.

«Me decían que si contaba algo me iban a llevar a un reformatorio y me iban a pegar más»

Son historias que destapan una realidad oculta. Una verdad en la que ocho de cada diez casos la violencia que sufren los menores es en su propia casa. Y todo por este orden: maltrato físico o psicológico, abuso sexual, violencia de género entre sus padres y casos de abandono o negligencia. «Mi padre se ha comprado un cinturón que hace más daño todavía», relataba un niño a la operadora que le atendió en la Fundación Anar.

La gravedad de la llamada marca la respuesta. No en vano, los últimos datos reflejan que hubo 60 atenciones en las que se tuvo que activar medidas judiciales urgentes para evitar un daño mayor. El resto se reconducen a través de los Servicios Sociales, hospitales o colegios en busca de soluciones para proteger a las víctimas.

Precisamente, la atención hospitalaria ha permitido destapar muchos de los casos que hasta ahora permanecían ocultos bajo un manto de miedo. Hasta 3.000 víctimas se pudo atender gracias a que los médicos localizaron heridas compatibles con una agresión y lo pusieron en manos de la policía. Y la cifra va en aumento. Pese a que este caso es ficticio, está basado en el testimonio del personas de hospitales y centros de salud de la Comunitat. La historia comienza con el pequeño Guillermo, de dos años y medio, cuyo padre, con una seria adicción a las drogas, se enfurecía cada vez que su hijo lloraba. El llanto sacó lo peor de su progenitor, que lo levantó con violencia, los zarandeó y lo acabó estampando contra la pared. Ya en el hospital, el niño mostraba severos moratones, aunque su padre lo achacó a una caída accidental. Pero los facultativos no le creyeron. Las heridas no cuadran con la versión ofrecida, por lo que pronto comienza una investigación.

Las estadísticas de Sanidad revelan que el maltrato infantil en la Comunitat es una realidad que se da a diario, no hechos aislados, aunque son pocos los casos que al final ven la luz. Sin embargo, la pericia de los médicos ha propiciado que el dolor de los menores sea atendido. Un claro ejemplo sucedió en Sagunto. Allí, una jueza encarceló a la madre y al padrastro de un niño con traumatismos propios de una brutal agresión. La historia se repite. Padres que llevan al hospital a su hijo con una caída ficticia y levantan las sospechas de los sanitarios. Al final, la magistrada los interrogó y la mentira cayó como un castillo de arena. Aquí el final sí fue feliz, pero no siempre ocurre.