Expresidente busca hogar

Expresidente busca hogar

Cuando pasen las Navidades y los empleados de la Casa Blanca hayan retirado el último espumillón, los Obama ya tendrán listas las maletas

IRMA CUESTA

El próximo 20 de enero, la familia más famosa del mundo deberá dejar el que ha sido su hogar durante los últimos ocho años para iniciar una nueva vida. De momento, se instalarán no muy lejos de la mansión que el primer presidente de los Estados Unidos, George Washington, mandó construir inspirándose en el Parlamento de Irlanda y en el castillo de Rastignac.

El todavía presidente ya ha dicho que seguirán viviendo en la capital del país, en el barrio de Kalorama, hasta 2018. «Vamos a tener que pasar un par de años en Washington DC, probablemente lo que tarde Sasha en terminar la secundaria, porque cambiarla a medio ciclo no parece conveniente», reveló Obama hace unos meses cuando los periodistas comenzaron a preguntarle qué iba a ser de su vida cuando se produjera el relevo.

La casa en la que se instalará la pareja más glamurosa que ha pasado hasta ahora por la Casa Blanca (con permiso de los Kennedy, por supuesto) está a apenas dos millas de distancia. Y aunque no será tan grande como la residencia presidencial, tampoco está nada mal. Se trata de una vivienda de 762 metros cuadrados, valorada en casi cinco millones de dólares, por la que Mr. Obama pagará 20.000 mensuales. Mucho dinero para la mayoría de los mortales pero no tanto para alguien que recibirá a partir de ahora una pensión vitalicia de 190.000 euros anuales y al que le lloverán todas las ofertas de trabajo imaginables en cuanto ponga un pie fuera del Despacho Oval.

La mansión en la que se instalarán a la vuelta de unas semanas es propiedad de Joe Lockhart, secretario de prensa de la Casa Blanca durante el mandato de Bill Clinton, y de su mujer, la editora de la revista 'Glamour' Giovanna Gray. Se trata de una construcción de ladrillo visto, con los pisos de madera, nueve dormitorios y ocho cuartos de baño, una enorme terraza y un jardín que perfectamente podría utilizar el equipo de fútbol del barrio como campo de entrenamiento.

El todavía comandante en jefe de los Estados Unidos podrá dedicarse allí a pensar en su futuro. Hay quien apunta que, como muchos de su predecesores, se volcará en desarrollar programas solidarios y escribir; también (al menos eso es lo que ha publicado el 'New York Times') que podría trabajar en el sector de la tecnología. Eso explicaría, según el periódico, por qué algunos de sus colaboradores más cercanos han viajado varias veces en los últimos meses a un par de centros de desarrollo de alta tecnología localizados en Silicon Valley (California).

A qué dedique su tiempo una vez concluya el mandato preocupa a todos, a él el primero. En la última cena anual de corresponsales, celebrada en mayo, Obama amenizó la velada proyectando un vídeo en el que aparecía en la Casa Blanca, a punto de dejar el país en manos de otro, y sin saber qué hacer a partir de ese momento con su vida. Obama pensando en pedir que le acepten como entrenador de un equipo de baloncesto de la zona, en jugar al golf, en tomarse una cerveza a media mañana, en volver a llevar pantalones vaqueros anchos... y Michele recomendándole ir a un especialista para que le eche una mano.

La realidad es que al hombre que ha llevado las riendas del país más poderoso del mundo durante los últimos ocho años no le faltarán ofertas y, como hicieron antes otros inquilinos de la Casa Blanca, es probable que a partir de ahora se dedique, básicamente, a ganar dinero y practicar la filantropía.

Rechazado en el club de golf

En cualquier caso, si verdaderamente tuviera alguna duda, solo tendría que preguntarle a Bill Clinton, cuya fortuna no ha dejado de crecer desde que aparcó la política. También los Clinton tuvieron un buen día que hacer las maletas y dejar la Casa Blanca, aunque para cuando llegó el momento de la mudanza ellos habían compraron dos mansiones valoradas en varios millones de euros: una en Chappacua, Nueva York, que se convertiría en su hogar a partir de 2001, y otra en Embassy Row, en Washington D. C.

Los vecinos de Chappaqua aseguran que la famosa pareja se deja ver a menudo paseando por el barrio y que es fácil encontrarse a Bill en la cafetería de la zona atendiendo pacientemente a todo el que se acerca a hablar con él. También en el club de golf local -en donde inicialmente le denegaron el ingreso y tuvo que inscribirse en otro, propiedad de Donald Trump- haciendo ejercicio.

Este verano, el matrimonio amplió su propiedad comprando, por un millón de euros, la casa de sus vecinos; una propiedad estilo rancho, de 337 metros cuadrados, con tres dormitorios, cuatro baños, una piscina y un gran jardín. Según el 'New York Post', Bill y Hillary Clinton usarán esta residencia para acomodar los fines de semana a su hija Chelsea y a toda su familia, y es posible que también parte del servicio de escolta se acomode en la nueva vivienda.

Y es que los expresidentes norteamericanos deberán ser protegidos por agentes del servicio secreto de por vida (durante las 24 horas del día), después de que Obama considerara que el límite de diez años establecido hasta ahora no era suficiente.

Vida en el rancho

George Walker Bush (Bush hijo) siempre tuvo claro dónde estaría su hogar cuando acabara su mandato. «Cuando tú eres de Texas y amas Texas, aquí es donde está tu casa», solía decir cuando alguien le reprochaba haberse recluido en Crawford, un pueblo del condado de McLenan, que no llega a los mil habitantes, en una esquina desértica y polvorienta de la América profunda. Aunque George y Laura Bush compraron una casa en el barrio de Preston Hollow, en Dallas, donde la familia ha pasado largas temporadas, es en ese rancho de 650 hectáreas en donde el expresidente se encuentra realmente a gusto. Allí, además de pasear entre los robles que flanquean los campos, cortar leña y pescar, Bush hijo pasa las horas pintando. Y es que, después de dejar la política, ha descubierto su vena artística. En los últimos años ha pintado a algunos de los perros y gatos que pueblan su rancho, se ha autorretratado en la ducha y ha usado como modelos a unos cuantos mandatarios mundiales (hay un cuadro de José María Aznar colgado en su museo presidencial de Dallas). Por esa casa, a la que ya se retiraba a descansar cuando aún tenía el mando del país, han pasado decenas de personalidades, incluidas Putin, Berlusconi, Juan Carlos I y José María Aznar.

La residencia, según han contado quienes han estado allí, es sencilla. Tiene ocho habitaciones en la planta baja, grandes cristaleras, un gran salón y una fantástica cocina americana. Pero es que el exmandatario no necesita mucho más. Frente a la opulencia y el trajín de vida de los Clinton, Bush dedica su tiempo a apoyar proyectos filantrópicos, principalmente los programas de su fundación en la lucha contra el sida en África y de ayuda a veteranos de guerra. Cuando le han preguntado, ha sido claro al respecto: «Ya tuve toda la fama que necesitaba y estoy tratando de no ser famoso».

Tampoco su padre se prodiga demasiado desde que abandonó la Casa Blanca en 1993. Bush senior se ha mantenido alejado de la política -al margen de su apoyo a su hijo- y, como todos los expresidentes, se ha volcado en labores sociales, principalmente desde la fundación de voluntarios Points of Light que impulsó siendo jefe del Gobierno. También le gusta acudir al rancho de Crawford cada vez que tiene oportunidad, pero lo habitual es que él y su esposa, Bárbara, pasen seis meses al año en su casa de verano de Kennebunkport (Maine), en donde suele reunirse toda la familia y celebrar fiestas y cumpleaños. Una fantástica mansión pegada al mar en donde, hasta que los años y el párkinson le han postrado en una silla de ruedas, el más viejo de los expresidentes nadaba y salía a navegar.

Un acuerdo ventajoso

Jimmy Carter vive con su esposa en Plains, Georgia, en Estados Unidos. Aunque tienen también un apartamento en el Centro Carter en Atlanta, donde pasan algún tiempo, Plains es el lugar de nacimiento del expresidente y donde está su hogar. Se trata de una bonita casa con un fantástico jardín, piscina y pista de tenis que, curiosamente, se mantiene con el dinero de los vecinos de la zona. La cancha se barre dos veces al día, la piscina se limpia cada jornada y el césped y sus macizos de flores están impecables; todo a expensas de los contribuyentes. Resulta que Carter firmó en su día un acuerdo con el Servicio Nacional de Parques según el cual ellos se encargan de mantener aquello hecho un primor y, a cambio, el Gobierno obtiene el derecho de utilizar la vivienda como una suerte de museo (Lugar Histórico Nacional Jimmy Carter) cuando él y su esposa hayan muerto.

Con Obama son cinco los expresidentes de Estados Unidos que aún viven. Visto lo visto, problemas de vivienda no tienen. Eso sí, les será difícil volver a una casa como la que un día dejaron: un edificio de 6 pisos, 5.100 metros cuadrados, 132 dormitorios y 35 baños; una mansión con 28 chimeneas, 60 escaleras y siete ascensores, un jardín con pista de tenis, bolera, cine, salón de belleza, consulta médica, floristería, piscina y circuito de golf, además de unas cocinas que pueden servir a 140 comensales y preparar aperitivos para más de 1.000. Ni siquiera el lujoso apartamento del futuro presidente Trump en su torre de oro puede competir con la Casa Blanca, su futura residencia.