Sergio Alcover: «He sido repudiado por querer gustar a todos los públicos»

El bailarín valenciano tuvo una infancia difícil, sin recursos, pero no se desvió de su camino. /Consuelo Chambó
El bailarín valenciano tuvo una infancia difícil, sin recursos, pero no se desvió de su camino. / Consuelo Chambó

Ya no baila, ahora prefiere estar entre bambalinas y que el aplauso se lo lleven otros. A nivel personal, ha creado una familia a la que involucra en su día a día. «Quiero que mis hijos vivan experiencias y al mismo tiempo sepan desenvolverse»

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Esta es la historia de un sueño cumplido. Un sueño que empezó en un barrio, Ruzafa, tan distinto treinta años atrás, donde el futuro de aquellos chicos, hijos de las primeras familias inmigrantes que llegaron a Valencia, acostumbrados a las carencias, que bailaban en las calles por diversión, no pintaba demasiado bien. Pero Sergio Alcover había vislumbrado una vida mejor, y no se desvió de su camino a pesar de los cruces y las piedras con las que podía haber tropezado fácilmente. Aquel chico que quedó fascinado viendo a Michael Jackson bailar Thriller probablemente no hubiera imaginado nunca que iba a triunfar como lo ha hecho. Nos vemos en su escuela de baile, una de sus múltiples ocupaciones, donde disfruta enseñando a quienes, como él, un día, de niños, empezaron a moverse al escuchar música, como movidos por un resorte.

-¿Por qué una escuela?

-Me lo planteé como la obligación de ofrecer a la gente joven lo que yo cuando empecé no pude tener, una formación basada en una experiencia real. Yo quiero ser para mis alumnos un maestro, no solo un profesor, que enseñe las herramientas que necesitas para dedicarte a esto.

-Habla de lo que no tuvo de pequeño. Porque usted sí sabía hacia dónde iba encaminada su vida.

-Sí y no, porque me pasó de tan pequeño que ni tan siquiera me acuerdo. Yo lo único que he hecho es seguir jugando, y le voy a poner un ejemplo. Imagine que de pequeño un niño se dedica a tocar el tambor de detergente y de mayor ese niño se convierte en músico. Es lo que me ha pasado a mí, que no he tenido que tomar una decisión. Nací así. Yo escuchaba música y me movía. Porque todos tenemos un don natural, solo se trata de escucharse a sí mismo. Tengo dos hijos de cinco y siete años y ya se les ve claramente lo que les gusta y lo que no. El problema es que, muchas veces, los padres, y a mí en mi familia me pasó, intentan redirigirte hacia otro lado. Yo seguí jugando y antes de que me diera cuenta me pagaban por ello.

«Mi ambiente era complicado; algunos amigos con los que empecé han acabado mal»

-¿Bailaba de bien pequeño?

-Yo tenía cinco o seis años y no paraba de bailar, además siguiendo el ritmo. Con siete años hice mi primera actuación haciendo de Michael Jackson. Y cuando era pequeño hacía gracia, cuando me convertí en un adolescente preocupaba.

-¿Fue motivo de discusiones?

-El gran problema que he vivido en mi casa ha sido precisamente ese. Cuando tienes un hijo quieres lo mejor para él, pero muchas veces no te das cuenta de que lo que realmente estás pensando es en qué es lo mejor para ti. Yo tuve una época en mi vida muy complicada, porque cuando, con unos dieciséis años, hay que decidir qué es que lo que vas a hacer en la vida yo ya lo sabía y no tuve un apoyo por miedo a lo desconocido. Pero es que yo lo llevaba muy dentro de mí, y aunque hubiera querido no podía siquiera negarme. De hecho, terminé delineación, sacaba buenas notas, pero no me llenaba.

-¿Y qué hizo?

-Madurar muy pronto. Sabía que si no hacía lo que me gustaba, el resto de mi vida iba a ser infeliz. Y me negaba a ello. Ahora me levanto cada mañana y es como si siguiese jugando, no tengo la sensación de estar trabajando.

-¿Tuvo claro que si no bailaba iba a ser una persona desgraciada?

-Lo veía claro, porque justo la gente que me decía que hiciese otra cosa yo los veía amargados. Veía que trabajaban durante ocho o diez horas y cuando llegaban a casa se dedicaban a su hobby. ¿Por qué no puedes vivir de lo que te gusta? Me contestaban que para ello había que tener mucha suerte. Y no nunca he creído en ella, siempre pensé que por qué no convertir una pasión en una profesión, en vez de bailar solo en los ratos libres.

Sergio Alcover, durante una clase de baile en la escuela que regenta, donde su ilusión es ser, más que profesor, un maestro.
Sergio Alcover, durante una clase de baile en la escuela que regenta, donde su ilusión es ser, más que profesor, un maestro. / Consuelo Chambó

-¿Qué ha dejado de lado por bailar?

-Según la sociedad establecida he renunciado a muchas cosas. Según la mía, no; he tenido otras experiencias. No he vivido la facultad, o irme de Erasmus, sí viajar por el mundo al lado de Miguel Bosé, supervisar sus conciertos. No tengo la sensación de haberme perdido nada, aunque sí es cierto que, por ejemplo, en verano, mientras otros iban a la playa yo estaba siempre formándome, siempre entrenando. Sabía que mi único plus respecto a otros no era el talento, sino el trabajo.

-¿Cree que es necesario ese poco o mucho de talento innato?

-Totalmente. En mi caso, interpreto el ritmo de una manera que no lo hace otra persona, pero no por ello ya soy bueno. Lo que realmente te hace sobresalir es el trabajo.

«Veo el talento en una persona sin que se mueva, incluso aunque esté sentada»

-Y, en su opinión, ¿qué porcentaje se lleva cada uno?

-No me atrevo a decirlo, pero lo que está claro es que el trabajo y la mentalidad es mucho más importante, probablemente más de un noventa por ciento. Yo podía moverme al ritmo de la música, pero necesitaba trabajar la coordinación, la flexibilidad, la potencia, abrir la mente a otros estilos, trabajar las coreografías… Y tener constancia. Hay que pasar la fase de los trece a los dieciséis años, porque es la edad en la que te vienen todos los estímulos, las tonterías, las salidas, los novios… que te pueden distraer de un objetivo.Yo no perdí el tiempo en esas cosas, porque sabía que me iba a desviar de mi camino. Tuve novietas de broma, y luego, más mayor, tuve novia, que es la madre de mis hijos.

-Es tan fácil dispersarse.

-Lo sé. Sólo hay dos ambientes en que uno puede tener claro su camino. Uno hostil, en el que tengas claro que has de salir de él, u otro muy favorable, donde el apoyo es total para que no te salgas del camino. Mi caso fue el primero. Cuando todo es más complicado, no tienes recursos económicos, o echas una solicitud para trabajar de cualquier cosa que surja o creas una mentalidad fuerte. Eso hice yo.

-¿Ve el talento?

-Al minuto. En la manera de andar. No hace falta ni siquiera que esa persona se mueva, tomándose un café. La mente es lo que falla, porque los jóvenes de ahora tienen tanta información, tantas opciones, que les asaltan las dudas. Y yo alucino, porque sé que ese chico se convertirá en abogado y dentro de quince años, cuando esté en su despacho y oiga música, se le moverá un pie, porque él no es abogado, es bailarín, o artista. Si cada uno hiciese lo que de verdad le gusta este mundo funcionaría mucho mejor, habría menos depresiones, pero muchas veces estás viviendo una vida que no te toca. Y encima tienes un hijo y le dices: «tienes que hacer esto, o lo otro». No, déjalo. Los hijos son como un árbol, tú solo tienes que ponerle un palito para que se enderece, crecen solos.

-¿Es usted de Valencia?

-De Ruzafa. Nací allí y luego me fui a vivir a Patraix.

-Cuando usted era niño supongo que estos barrios eran muy distintos.

-Claro. Mi ambiente era complicado, muchos de los amigos con los que empecé a bailar han acabado mal. La calle es muy difícil. De hecho, la persona que me hizo enamorarme de este mundo acabó de la peor forma. Y yo tenía dos opciones: salir o entrar. Decidí salir. Y le aseguro que no estaría aquí si mi elección hubiera sido otra.

-¿Ha sufrido racismo?

-Quizás no he sido consciente de ello. De pequeño tuve un pequeño incidente en el colegio, porque un grupo de niños me hicieron bullying durante una semana. Sabía que si no me defendía me iba a convertir en su víctima. Ellos venían en grupo pero yo, cuando en verano nos fuimos de vacaciones, uno a uno los fui poniendo en su sitio, porque las cosas en mi barrio se hacían así. Nunca se volvieron a meter conmigo, y ahora cuando les veo agachan la cabeza. He vivido en una selva, en la que tenías que defenderte para hacerte más fuerte. En ese sentido, más que racismo, he sufrido episodios de clasismo, casi cada día.

-Vamos hacia adelante. Llegó 'Fama' y se convirtió no sólo en un bailarín y coreógrafo respetado. También en una persona famosa.

-Cuando hice 'Fama' ya llevaba doce años dedicándome a esto, de hecho a mí siempre me gustó mucho más el teatro que hacer televisión. Es más, recuerdo que una vez pasé dos 'castings', uno para el teatro y otro para entrar en 'Un paso adelante', una serie que seguro que la gente recuerda. Elegí el teatro. Para mí, el gran éxito es tener la edad que tengo y poder decir que llevo veinticinco años sin parar y manteniendo a mi familia con mi profesión.

-¿Se lleva bien con la inestabilidad profesional inherente a las artes escénicas?

-Lo he vivido, lo que pasa es que al final hago tantas cosas que esa propia inestabilidad se convierte en estabilidad. Cuando tengo entre manos varios proyectos, se solapan tanto que no paro nunca. Así que cuando la gente me dice que aproveche, yo pienso: «si llevo veinte años aprovechando». No solo bailo; también soy productor y empresario, porque no podría vivir solo de lo que me llaman, estaría muerto de hambre.

Se ganó el prestigio ejerciendo de profesor en el talent show 'Fama' y ahora Sergio alcover triunfa como coreógrafo de Pablo Alborán y Miguel Bosé.
Se ganó el prestigio ejerciendo de profesor en el talent show 'Fama' y ahora Sergio alcover triunfa como coreógrafo de Pablo Alborán y Miguel Bosé. / Consuelo Chambó

-He leído en una entrevista que ha intentado implicar a sus hijos en su profesión, no dejarlos de lado en su día a día.

-Sí, porque la formación y la educación van de la mano, y la educación son experiencias. Es muy sencillo: puedo hacer que vayan al cole esta semana o que se vengan a Madrid conmigo porque voy a preparar una gira mundial con un artista. Vivir en otra ciudad, comer otras cosas, ver otros paisajes, o estar en el cole. Yo lo tengo claro, porque son experiencias que les hacen madurar y crecer. Para mí que estudien es importante, pero igual de esencial es el deporte, la alimentación, su comportamiento o que mediten todas las noches.

«De pequeño sufrí bullying y me defendí para no conventirme en una víctima»

-¿Ha encontrado en su pareja a una persona que le apoya también en estas cuestiones?

-Totalmente. De hecho, somos pareja porque vemos la vida de la misma forma. Nos consideramos personas muy independientes, que tenemos una vida en común y otra por separado. Así y todo, respecto a la educación de nuestros hijos, yo soy más cañero, que si te caes te levantas y que no venga tu mami a limpiarte la herida. No quiero que ellos, por haber nacido en otro ambiente distinto al mío, se queden alelados, no sepan desenvolverse en la vida.

-¿Todavía busca el aplauso?

-Ya no bailo, me lo paso mejor preparando cosas, coreografiando… no necesito subir al escenario y que me aplaudan.

-¿Por qué?

-Desde pequeño he tenido interés en ver por qué es mejor hacer este paso o el otro, levantar el brazo ahora o después, cuándo aplaude más el público… la coreografía me encanta.

-¿Siempre tuvo ese espíritu crítico?

-Claro, y además he sido una persona que he querido gustar a todos los públicos, por eso en el sector siempre me han considerado el raro, el repudiado. Yo soy comercial, me va más el rollo Spielberg, con presupuesto, a lo grande, no soy nada underground.

-¿Cree que todavía le queda mucho por aprender?

-¡Todo! Y ahora estoy empezando a coger carrerilla. Ahora empieza lo bueno porque estoy con varios proyectos que son totalmente nuevos para mí, que me hacen salir de mi zona de confort, y estoy muy ilusionado.