Marta de Diego, pionera de la pala

Marta de Diego golpea la pelota de revés en las pistas de pádel que inauguró hace años./Ana Julia B. Palacio
Marta de Diego golpea la pelota de revés en las pistas de pádel que inauguró hace años. / Ana Julia B. Palacio

Inauguró las pistas de padel hace un cuarto de siglo y no las ha dejado desde entonces. Le apasiona la cocina, la ópera y es una clara defensora del cara a cara y las buenas costumbres

JOSÉ MOLINSValencia

Disfruta poniéndole pasión a todo lo que hace. Es una defensora a ultranza de las relaciones humanas y por eso huye de la despersonalización a la que conducen las nuevas tecnologías. El deporte y la cultura centran sus aficiones y todas ellas las descubrió hace mucho tiempo. Pero no ha dejado de practicarlas. Porque Marta de Diego es toda una pionera del pádel en Valencia. Se aficionó en 1994 e inauguró las pistas del gimnasio Atalanta que acababan de construir. «Lo único que había cogido que tuviera mango era una sartén, pero mi socia Pepa, a la que no le gusta nada el fitness y le aburre, vio las pistas y me animó a apuntarme. Por solidaridad, empatía y amistad me convenció, y enseguida nos enganchó, porque es un deporte que te atrapa, lo empieces a la edad que sea. Te divierte, no necesitas mucho tiempo para empezar a disfrutar», dice la diseñadora.

Profesión

Es una de las diseñadoras más reconocidas del panorama valenciano y español. Esta madrileña de padre catalán se enamoró de Valencia y aquí se estableció hace décadas.

«Comenzamos con un entrenador, Tino, que nos lo hizo divertido. Formó un equipo para entrenar de forma habitual y todavía seguimos siendo amigas. Hizo un grupo fantástico al que llamamos 'veteranas'. También nos llevó de bolos por toda España en pequeños torneos a los que íbamos con mucha ilusión y atrevimiento. Fuimos a Barcelona, Madrid, Santander, Bilbao y hasta Melilla. Todas teníamos obligaciones de trabajo, pero nos organizábamos. Fue una época maravillosa», relata. Ya no juega con la misma intensidad, pero sí va todas las semanas. De hecho, nos citamos allí con ella, en la misma pista que inauguró hace 24 años.

También nada en la piscina, sale a correr por el cauce del río y hace fitness en el gimnasio. «Intento ser muy deportista, es más una necesidad mental que física. Descongestiona la mente, te despeja. Estoy una hora haciendo ejercicio y me sirve para despejar alguna duda, me abre la mente para encontrar una solución a algo que me estaba dando contra la pared. El deporte ordena la cabeza, permite tener salud mental», expresa Marta.

Otra de las aficiones que le ha acompañado toda la vida es el esquí. Lo practica desde los 13 años, cuando le enseñó su padre en Barcelona. «Él llevaba esquís de madera y subía andando sin telesilla», recuerda. «He estado en Baqueira y Sierra Nevada. También en Suiza, en Gstaad, que es donde me fui de viaje de novios para enseñar a mi marido a esquiar, y ahora lo hace mejor que yo. He bajado por pistas negras, aunque ya no me gusta, prefiero no arriesgar y disfrutar».

Marta confiesa que, además del padel, otra de sus aficiones es esquiar.
Marta confiesa que, además del padel, otra de sus aficiones es esquiar. / Ana Julia B. Palacio

Pero entre tanto ejercicio también le gusta poner una pausa, y esa está entre fogones. «Disfruto muchísimo cocinando. Hay gente que se sorprende, pero me encanta. Hago todo tipo de platos. He aprendido viendo la tradicional, pero también me he interesado por la evolución en los viajes que he hecho». Su socia Pepa apunta que la especialidad de Marta es la 'fideuà' con un toque distinto, ya que es una fusión valenciano-francesa con foie. «Queda tostadito por encima, delicioso», pero el arroz al horno y la cocina francesa se le dan muy bien, aunque subraya que le gusta «hacer de todo» porque le relaja.

Como defensora de las tradiciones, huye de la escritura y la lectura electrónicas. «Me encanta escribir cartas a mis hijas. Una vive fuera, pero la otra está aquí y aún así se las envío igual. Esa sensación de escribir, tocar el papel, olerlo, me pasa igual que con los libros, es un ritual fantástico. Soy partidaria de mantenerlo, es cultural», argumenta. «Me gusta mantener las buenas costumbres. Se está fomentando la compra online, pero si vas de tiendas implica tocar el producto, comunicarte con las personas, entablar un diálogo. Si todo lo hacemos con las nuevas tecnologías nos vamos a convertir en robots impersonales. La comodidad y la inmediatez acaban con la relación humana. Soy una defensora del cara a cara, de mirar a la gente a los ojos», destaca la diseñadora.

Su padre también le enseñó a tener agilidad mental con el dominó y la magia de la ópera, que le fascinó desde que fue al Liceo de Barcelona. Ahora tiene el abono del Reina Sofía, pero lamenta que «no todas las producciones que vienen a Valencia dan la talla. Me da pena que la programación sea tan justita». Mientras, recuerda cómo vibró en la Scala de Milán la noche del regreso de José Carreras. Guarda con mimo una preciosa colección de juegos de té del siglo XIX comprada en varios países, en los que se pasa horas buscando un lugar donde encontrarlas. Adora viajar y de hecho, menos en Oceanía, ha estado en todos los continentes. «Me atrapan las culturas ancestrales, la piedra, descubrirlas. Es donde yo creo que se ha basado todo lo que nos ha llegado hasta ahora». Ahora se prepara ilusionada para hacer el gran viaje de su vida: «dentro de poco voy a ir a Perú, que ha estado pendiente muchos años».

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