¿Quién es Mario Puerto?

Mario Puerto, en uno de los despachos de la entidad./J. Monzó
Mario Puerto, en uno de los despachos de la entidad. / J. Monzó

El presidente de Plena Incursión Comunitat Valenciana fue testigo del empeño de sus padres por crear, durante la dictadura, la primera asociación a favor de la discapacidad

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

No es una charla fácil; Mario Puerto mira atrás y hay episodios de su pasado que duelen en lo más profundo del alma. Sin embargo, es un hombre que desprende una fuerza y una alegría de vivir fuera de lo común. Tanto, que a pesar de que en algunos momentos se le quiebra la voz, las risas llenan la conversación. Nos vemos en la sede de Plena Inclusión Comunitat Valenciana, entidad de la que es presidente, y con la que tiene un vínculo que va más allá de un cargo.

-¿Por qué ocupa este puesto?

-Me mueve lo que nos mueve al noventa y pico por cien de la gente que está metida en este mundo, y es que en mi familia hay una persona con discapacidad. Mi experiencia es impresionante. Pertenezco a una familia valenciana que en el año 1957, con un hijo con discapacidad intelectual, entendió que había que escolarizarlo de alguna manera. En aquel momento no existía nada, ni en Vale ncia ni en España. En aquel momento era algo que socialmente incluso se podía tachar de castigo divino y se ocultaba. Pero mis padres no eran así. Entendieron que algo había que hacer y empezaron a luchar junto a otras familias.

-No debió de ser fácil, en plena dictadura.

-Fue una lucha tremenda, con el asociacionismo prohibido. Pero fueron valientes y echaron para adelante. Después de dos años, a punto de tirar la toalla, el gobernador civil de Valencia les citó para aprobarles aquella pequeña asociación, bajo la amenaza de que si en algún momento veían algo que no les gustaba los llevaba a la cárcel. Fue la primera entidad de este tipo en España. Yo tenía entonces ocho años.

-Lo mamó desde pequeño.

-Viví toda esa dedicación, combinado con la convivencia con mi hermano, al que me llevaba aquí y allá. Con mi hermano practiqué lo que hoy llamamos inclusión desde el minuto uno. Y eso venía inculcado por mis propios padres, que me educaron en unos valores que han guiado toda mi vida.

-¿Y desde entonces está vinculado al movimiento asociativo?

-Estuve colaborando intensamente con Asprona hasta los veintipico años, aunque llega un momento en la vida en la que tienes que dedicarte a ti, a tus estudios, a tu trabajo, a tu novia, a tu familia. Es en 2012 cuando se da una circunstancia en mi vida que me hizo volver. Tengo tres hijos que nacieron sin ningún tipo de discapacidad, pero un día llega el golpe importante: mi hija menor, con quince años, entra en coma vegetativo permanente a consecuencia de un daño cerebral sobrevenido en un accidente de tráfico a la salida del colegio (se emociona). Aún no me he curado.

Una espina clavada

Por la inclusión de los débiles

Cuando le pregunto a Mario Puerto si tiene algo pendiente, no duda: «Creo que todavía hay tiempo de quitarme alguna espinita que me pinche mucho». Se refiere a su labor al frente de la entidad que lucha por la inclusión de las personas con discapacidad, donde le quedan tres años para agotar su mandato. Con humildad añade: «Si quieren que siga por aquí, que espero que sí».

-¿Se consigue superar algo así?

-No. Y mira que lo intento y lo trabajo, pero es el golpe más grande de la vida. Este cambio en mi propia vida es la que finalmente me dice: tienes que entrar de lleno este mundo. Coincide que en Asprona iban a celebrar el 50 aniversario y Juan Planells, gerente de la entidad, me llama y me dice que formara parte de la junta directiva. El movimiento tiene mucho tirón, si lo llevas en la sangre te atrae. Llegué a la celebración como presidente. Y he seguido. Si mi padre levantara la cabeza no se lo creería. En los últimos quince años ha habido una evolución impresionante.

-Siempre hay segundas oportunidades. A nivel personal ha sido padre a la madurez.

-Tengo un niño de cinco años, no sé si está bien decirlo así, pero Ernesto es como una compensación por todos los sinsabores y ese pesar tan grande que llevo dentro.

-¿Es distinto que ser padre a los treinta?

-Cuando eres joven estás en una vorágine que no te da opción a disfrutar suficientemente a tus hijos. Se lo recomiendo a cualquier persona, ser padre a una edad madura. Es increíble.

-¿Cómo vivió su hermano?

-Vivió mucho y muy bien, falleció con 68 años. Era muy sociable, cariñoso, adoraba a sus padres con locura y se sentía muy orgulloso de pertenecer a la familia. Cuando mi padre falleció se quedó viviendo con mi madre, y se apoyaban un montón, no salían el uno sin el otro. Al morir ella, lógicamente se quedó con nosotros a vivir. Hasta que murió.

-Uno de los temores de los padres es qué va a pasar con los hijos con discapacidad cuando ellos mueren.

-Yo tenía bien claro que era mi responsabilidad cuando ellos murieran. Confío que con la educación que mis hijos mayores han recibido, si se da una circunstancia análoga con mi hija, ellos estarán ahí presentes. Pero es humano, hasta al pensar en mi niño de cinco años. ¿Qué edad tendrá cuando yo no esté? Hago mis cálculos, no lo puedo evitar.

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