¿Quién es María Dolores Alfonso?

María Dolores Alfonso, en la Basílica de la Virgen./Jesús Signes
María Dolores Alfonso, en la Basílica de la Virgen. / Jesús Signes

Nacida cerca de San Agustín, recuerda una infancia vinculada a la Basílica, unos padres que le transmitieron la fe y a los que cuidó hasta el último minuto. «Deben de estar celebrando en el cielo que soy camarera»

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

María Dolores Alfonso tiene un carácter tranquilo y una sonrisa contagiosa que habla de bondad. Pertenece a esa clase de mujeres que cuidan de quien tienen a su lado con el convencimiento de que esa es su vocación, de que no han nacido para otra cosa, de que su felicidad pasa por ver felices a quienes tienen cerca. Por ese motivo, cuando María Ángeles Serrano le propuso tomar el testigo para que se convirtiera en la camarera de la Virgen de los Desamparados, no tuvo ninguna duda de que no cabía más honor. Con el visto bueno del rector y vicerrector de la Basílica y, en última instancia, del arzobispo, María Dolores Alfonso inicia un camino que nunca hubiera imaginado recorrer.

-¿Qué se siente tras un nombramiento como este, en el que usted se convierte en la responsable de la Virgen?

-Una emoción muy intensa, pero no crea, que todavía no me lo creo del todo. Porque estar cerca de la Virgen es para mí el mayor placer al que podía aspirar, y me doy cuenta de que todo lo demás no importa. Esto es vida, y de aquí al cielo.

-¿De cuándo le viene a usted la devoción por la Virgen de los Desamparados?

-De mis padres. Recuerdo cómo, cuando era pequeña cada domingo veníamos a la Basílica, rezábamos una Salve y luego a la tómbola de don Marcelino. La Virgen entró dentro de mi casa de pequeña y ya no se fue. Me acuerdo también de las historias que me contaban mis abuelos, de cómo durante la guerra, en su casa en el campo, cubrieron con blanquillo una imagen en mosaico que los milicianos respetaron. Todavía la conservo. Ya de más mayor, empecé a cooperar, estuve en la corte muchos años, luego fui celadora.

Una espina clavada

Agradecida con la vida

María Dolores Alfonso está tan agradecida a la vida, que le ha traído tantas cosas buenas, que tiene claro que no le queda ninguna espina clavada que sacar. Solo se pone seria cuando pide que a la Virgen se le tenga respeto, que aunque uno no crea en ella, que al menos se le acerquen con respeto, porque «en realidad es la madre de todos nosotros. ¿No se lo merece cualquier madre?».

-¿Qué función tienen las celadoras?

-Hay treinta y un celadoras, una por día del mes, que a su vez tienen una corte con el objetivo de que la Virgen nunca esté sola. Sí, es cierto que mucha gente entra en la Basílica, pero por si acaso. El compromiso es estar media hora con ella, rezar, hablarle, pedirle. Somos ya mil setecientas y pico mujeres.

-¿Cuánto habla con Ella, que además tiene que vestirla, decidir qué manto lleva?

-Lo que puedo porque, como ve, soy charranta y no necesito mucho.

-¿En qué personas pensó el día que la propusieron para el cargo?

-En mis padres. Yo creo que ellos tienen que saberlo, que deben de estar en el cielo celebrándolo. En mi marido y mis hijos, a los que ahora les quito algo de tiempo. Además, tengo dos nietos, Carmen y Francisco, vivimos en el mismo rellano, y ya saben que si la abuela no está en casa está en la Basílica. Ella incluso le escribe versos. Están todos tan ilusionados como yo, me han apoyado muchísimo.

-¿A qué se ha dedicado usted en su vida?

-A mi casa, a mis hijos y a mis padres. ¿Sabe por qué me emociona tanto? Porque he tenido el privilegio de haber cuidado a mis padres y a una tía hasta el último momento y ahora cuidar de la Virgen es el premio gordo, un regalo de vida. Le veo la carita de cerca y qué me importa el mundo. Con esa confianza hay que vivir siempre la vida, porque a mí me ha cambiado. He recibido mucho cariño en todos estos años, y lo que me quede se lo voy a dedicar porque se lo merece. En el corazón hay sitio para todos y ahora Ella está en el centro. Porque es nuestra madre en el cielo.

-Supongo que usted nació en Valencia.

-Nací donde vivo, entre San Agustín y la plaza de España. Aunque tengo una casa en el campo, soy más bien urbanita, me he movido en el centro, y tengo calculado que de mi casa aquí son quince minutos. Da igual qué camino coja, aunque esté de paseo, siempre tropiezo con la Basílica.

-¿Cómo le gustaría que le recordaran el día que se marche y deje paso a otra persona?

-Me gustaría que dijeran de mí que quiso mucho a la Virgen y que hizo que la respetaran . Que María Dolores Alfonso supo cuidarla.

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