¿Quién es José Vte. Pérez Córdoba?

José Vicente Pérez Córdoba, en su obrador de Rafelbunyol./Damián Torres
José Vicente Pérez Córdoba, en su obrador de Rafelbunyol. / Damián Torres

El presidente del Gremio de Confiteros y Pasteleros de Valencia heredó el negocio familiar que había empezado un bisabuelo que hacía caramelo, y no por obligación: «Cuando me puse a trabajar me encantó»

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

En una nave industrial de Rafelbunyol, entre una empresa de productos de estética y una carpintería, José Vicente Pérez Córdoba hornea pasteles, los que venderá luego en su confitería de Valencia. El olor a caramelo se siente ya en la entrada, donde tiene su despacho, donde reparte el tiempo con el obrador. Es el presidente del gremio de pasteleros, el que un día hizo grande el negocio que heredó y que viene de una tradición que se remonta a varias generaciones.

-Entre todas las posibles alternativas que alguien tiene cuando se enfrenta a su futuro profesional, usted eligió la pastelería. ¿Por qué?

-Este es un negocio familiar, mi bisabuelo ya tenía una fábrica de caramelos, mi abuelo se dedicó a la pastelería y mi padre creó la empresa, Dulces Pérez. Así que vino rodado, parecía predestinado a ello.

-¿En algún momento se plantea otra alternativa?

-No es que lo tuviera en mente de pequeño, dedicarme a la pastelería, pero cuando me puse a trabajar lo cierto es que me encantó. Y menos mal, porque es una profesión que te tiene que gustar porque es muy sacrificada; cuanta más fiesta más trabajo; recuerdo que llegaban fallas y mientras mis amigos se iban a los casales, yo me metía a trabajar. Igual me pasaba en Navidad, que no parábamos de hacer roscones.

-¿Le quedan recuerdos de infancia vinculados al negocio familiar?

-El olor, pero también ese deseo de que mi padre me despertara cuando se iba a trabajar para irme con él. Luego me ha pasado con mis hijos, que querían venirse conmigo. O cuando me daban un trozo de masa para que cochineara. Esos son los recuerdos positivos, aunque de negativos también hay alguno, como cuando había que bajar a vender pasteles el día de Reyes, después de abrir los regalos, y ni siquiera podíamos disfrutarlos.

José reconoce que el negocio implica sacrificar parte del tiempo familiar.
José reconoce que el negocio implica sacrificar parte del tiempo familiar. / Damián Torres

-¿Los horarios condicionan su vida?

-Ya estoy acostumbrado a madrugar, quizás sea más duro en verano, cuando te tienes que ir a dormir y todavía es de día. Condiciona sobre todo el hecho de trabajar los fines de semana, porque la vida familiar se ve afectada, porque no puedo hacer demasiados planes con mis hijos. Todavía es el domingo el día que más se vende.

-¿Por qué en un momento dado se quiso involucrar en el gremio?

-Mi padre toda la vida ha estado agremiado, aunque no participaba demasiado. Yo también estuve como él hasta que un año vino gente de la junta a verme y me propusieron involucrarme más. Poco a poco me fui enredando y una serie de circunstancias hicieron que llegara a presidente, aunque ni mucho menos era mi objetivo. Ocho años después, me gustaría que alguien me relevara, porque al final cansa, sobre todo porque en muchas ocasiones no hay respuesta por parte de la gente. Primero, porque somos unos setenta agremiados y deberíamos ser más, teniendo en cuenta que en Valencia hay muchas más pastelerías, y también porque es triste cuando hemos conseguido que alguien reconocido venga a hacer una formación y no le interesa a nadie.

-¿Para usted ha sido importante aprender más?

-Yo hasta el último día voy a estar intentando aprender, porque si te crees que lo sabes todo te quedas estancado. Está muy bien la pastelería tradicional, pero hay más productos que los clientes demandan. Esta semana he estado en una formación en Barcelona y a principios de mes me fui a París solo a probar productos de pastelerías. Es increíble ver cómo cuidan hasta el más mínimo detalle, con sus cajitas individuales, con ese mimo con que tratan los pasteles.

Una espina clavada

Sin ambición profesional

No cree José Vicente Pérez Córdoba que le haya quedado ninguna espina a nivel profesional, quizás «porque no he tenido más ambición que la de hacer mi trabajo lo mejor posible». Tampoco le han interesado esos concursos que otros compañeros han luchado por ganar. «Nunca me han motiva», explica el confitero, que sí reconoce que en su día tuvo el deseo de ampliar el negocio.

-¿Fue para su padre una satisfacción que se dedicara a lo mismo que él?

-Sí. Es cierto que nunca trató de obligarme, nunca me dijo que fuera, que lo probara; quizás porque él sabía el sacrificio que suponía. Meterme ahí fue decisión mía. Ahora ya está muy mayor, pero se siente muy orgulloso de ver lo que hemos crecido. Se hincha como un pavo.

-¿Cree que alguno de sus hijos continuará?

-Mi hijo mayor está en la adolescencia y todavía no sabe lo que quiere, los otros dos son todavía pequeños, aunque la niña apunta maneras; le gusta la cocina. Yo le digo: «tú tienes que ser buñolera».

-Confiéseme. Le gusta el dulce, ¿no?

-Sí, pruebo todo lo que sale y no siempre por obligación (ríe).

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