Jarr, recuerdos en el fogón

Jarr, en su cocina haciendo las croquetas durante la entrevista./Damián Torres
Jarr, en su cocina haciendo las croquetas durante la entrevista. / Damián Torres

Cocinar las recetas de su tía Ascensión, en especial las croquetas, es lo que más le gusta al artista para evadirse, aunque también disfruta bailando, pasión que descubrió de pequeño. Viajar, los musicales y la lectura completan su nómina de aficiones

José Molins
JOSÉ MOLINSValencia

Decía Ortega y Gasset aquello de «yo soy yo y mis circunstancias» y en el caso del artista Juan Antonio Rodríguez, conocido como Jarr, ciertas casualidades marcaron el desarrollo de su vida, pero sobre todo le han influido dos mujeres. Su tía Ascensión y su profesora Elvira. De la primera heredó el gusto por la cocina, su gran afición, y la segunda resultó clave para encauzar su profesión. Le brillan los ojos al hablar de ambas, y muestra orgulloso cómo realiza las croquetas que tan buenas le salían a su querida tía. De hecho, cuando llegamos a su casa, en el corazón del barrio del Carmen de Valencia, tiene ya preparados sobre el banco de la cocina todos los ingredientes. Y no duda en empezar a preparar la masa ante nosotros, durante la propia entrevista.

«En mi familia la gran mayoría ha cocinado muy bien. Mi abuelo fue un gran cocinero y mis tres tías también, pero sobre todo Ascensión, que lo hacía como los ángeles. He hecho una receta suya, las croquetas de pollo. No aprendí a hacerlas con ella, pero con cosas que me iba diciendo mientras me las comía, he ido sacando el sabor y la verdad es que me salen bastante parecidas. Estoy orgulloso, aunque ella le daba un toque especial. Cocinar esto hace que me acuerde perfectamente de ella, como si estuviera aquí detrás diciéndome qué debo hacer», dice melancólico Joan. «A veces digo: 'Ay, tía, por favor, a ver cómo me va a salir esto'. Porque son muy laboriosas y debes tener tiempo, así que las hago en momentos especiales. Tiene un punto nostálgico muy claro», admite.

Artista

Pintura y escultura son las pasiones de Jarr, y en ambos casos desarrolla el arte conceptual en sus obras, con numerosos trabajos que le permiten ser un profesional reconocido.

Mientras responde a las preguntas, no para de vigilar la sartén, y en un momento dado nos dice: «La masa ya está hecha, ahora hay que dejarla enfriar y esta tarde se podrán comer». Nos insiste en que probemos la famosa masa y ciertamente está buenísima. Y para terminar el improvisado almuerzo, nos saca un cuenco de arroz con leche que acaba de preparar y que también sabe delicioso. «Empecé a cocinar cuando salí de casa a estudiar fuera, por necesidad. Fui a Barcelona, al Institut de teatre, aunque ya había vivido solo en Valencia porque estudiaba en la escuela de Artes y Oficios. Primero la pifiaba mucho, pero siempre me ha gustado, los olores, los sabores... Hago platos muy tradicionales y populares, guisados, arroces, me gusta. Me evado mientras lo hago, no pienso en otra cosa, ni el trabajo ni nada más», comenta.

La otra gran influencia de su vida tiene una historia curiosa. «Empecé cantando en el coro Cabanilles de Algemesí porque unas navidades la profesora de música, Elvira, estaba preparando los villancicos y ese día dio la casualidad que me puse en primera fila. Entonces cuando me escuchó cantar en la clase me dijo que había un coro en el pueblo, que si me quería apuntar. Así lo hice. Las circunstancias de la gente que pertenecía a ese coro eran muy artísticas y una cosa llevó a la otra. En el coro se hacían los bailes tradicionales del Corpus, necesitaban chicos y allí estaba yo. La chica que enseñaba esos bailes también era profesora de ballet en el conservatorio de Algemesí. A mí me gustó y dije: 'yo quiero hacer esto'». Ese coro le influyó decisivamente y a partir de entonces sintió una gran atracción hacia el arte y la cultura. «Todo lo que te acostumbras a hacer de pequeño te marca mucho. En mi casa nunca me han dicho 'no' a nada. Si me apetecía cantar o bailar, me animaban a que lo hiciera». Aunque reconoce que es tímido y ya no ha vuelto a cantar, ni siquiera en un karaoke.

Pero esa timidez se le va bailando. «Hice danza clásica y contemporánea, por eso me marché a Barcelona. Hubo un momento en que lo cambié todo por la danza, estuve unos años, pero al final uno tiene que ser consciente de que donde yo quería llegar no era posible. Me podía haber mantenido, haber sido coreógrafo, pero como primera figura no iba a llegar, así que era el momento de retomar. En aquel momento sentí una especie de fracaso, pero enseguida me di cuenta que gané y mucho. Hay un libro muy bueno, 'Lo que arraiga en el hueso' de Robertson Davies, que trata sobre muchas cosas que nos pasan a lo largo de nuestra vida que ocurren por algo. Todas las circunstancias te van marcando. Si no me hubiera sentado en la primera fila doña Elvira no me hubiera escuchado, no me hubiera apuntado al coro, no hubiera hecho danza...». Admira también los musicales, que ha visto en Nueva York y Londres, ya que además le encanta viajar y disfruta apreciando la música clásica cuando está solo en casa. Vibró con Tosca hace unos días en Valencia y ya prepara su próximo viaje para conocer Japón.

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