La crisis de la confusión

La crisis de la confusión
DIEGO CARCEDO

La derrota de la propuesta de pacto para el abandono del Reino Unido de la Unión Europea estaba descontada, pero nunca de una manera tan rotunda. Los historiadores recuerdan que apenas tiene precedentes en las memorias de los ocurrido bajo los arcos de Westminster. Pero la espectacularidad del resultado de la votación no puede distraer ahora la atención de lo que representa. La palabra es incertidumbre: el país que durante tanto tiempo todos hemos admirado por su seriedad y estabilidad institucional acaba de sumirse en una crisis total, la crisis de la confusión.

Sobre lo que pasará ante semejante situación como la que acaba de crearse se ha venido especulando desde hace días; no ha habido sorpresa salvo en las cifras, aunque no por eso el golpe que causa la noticia deja de ser más impactante. Primero para los británicos, que son los que se han metido en este atolladero, pero también para el resto de los europeos que bajo ningún aspecto podemos considerarnos entes pasivos, espectadores indiferentes. En las próximas horas, la Cámara volverá a reunirse para debatir la moción de censura que, sin dejar tiempo a respirar, ya ha presentado el impulsivo líder laborista Jeremy Corbyn.

Habrá que ver qué ocurre mañana, pero las posibilidades de prosperar y propiciar una salida inesperada al galimatías son escasas. El problema seguirá presente y cada vez más apremiante. La primera ministra, Theresa May, ha sufrido un descalabro que la deja políticamente, y quizás hasta emocionalmente, fuera de juego. Apenas le queda dimitir o, en su defecto, convocar elecciones anticipadas. Lo que ocurre es que mientras tanto el calendario sigue corriendo y si no se le pone algún remedio antes, el 29 de marzo el Reino Unido dejará de ser miembro de la UE con toda la complejidad que eso implica.

Quizás sea un momento feliz para los extremistas que llevaron a esta situación, tanto nacionales como colaboradores foráneos, pero muy delicado para el resto de las partes. Un Brexit sin un pacto previo nadie ignora que sería una catástrofe. Pero, ¿será factible aún? En Bruselas, como en otras muchas capitales comunitarias, hay deseos de que este asunto deje de marear, y eso seguramente contribuirá a que se acceda, en contra de lo advertido, a retrasar la fecha para el abandono y ampliar el plazo para volver a negociar.

Ahora mismo parece lo más probable, aunque es en Londres donde tendrán que tomarse las primeras y más difíciles iniciativas. La continuidad del Gobierno de May queda poco menos que descartada para afrontar la situación y otro Gabinete, formado en las actuales circunstancias, tampoco se vislumbra como suficiente para retomar el problema. La posibilidad de otro referéndum tropieza con la dignidad, rayana en soberbia, británica resistente a dar el brazo a torcer. Puestos a especular, quizás todo pase, sí, por un acuerdo que incluya una prórroga del plazo y elecciones para que sea un nuevo Gobierno el que rectifique hacia cualquiera de las direcciones posibles.

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