Dos jóvenes muertos en la brutal represión policial a los estudiantes en Nicaragua

Un grupo de parapolicías agrede a varios obispos y periodistas tras irrumpir violentamente en la basílica de San Sebastián, en la ciudad de Diriamba (Nicaragua). /Efe
Un grupo de parapolicías agrede a varios obispos y periodistas tras irrumpir violentamente en la basílica de San Sebastián, en la ciudad de Diriamba (Nicaragua). / Efe

Los paramilitares asaltan la Universidad Autónoma y asedian a tiros la iglesia en la que se refugiaron los estudiantes, que protestan contra el presidente Ortega, en un conflicto que deja más de 270 muertes en tres meses

MERCEDES GALLEGOEnviada especial a Managua

A sangre fría, Daniel Ortega celebró ayer los avances «en el proceso de recuperar la paz» mientras enviaba a los cuerpos paramilitares a rematar a tiros los focos rebeldes que quedaban en Nicaragua. Su llamada a la «reconciliación» venía cargada de fuego y metralla. Dos jóvenes han muerto por disparos en la brutal represión del gobierno nicaragüense contra una iglesia en Managua, donde se atrincheraron el viernes decenas de estudiantes, según ha confirmado la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN) a través de las redes sociales.

Uno de los fallecidos es Gerald Vásquez, de 20 años, un estudiante de la Universidad Autónoma que ha sido alcanzado por un disparo dentro de la iglesia asediada, según han confirmado los sacerdotes. Ante la gravedad de los hechos, una comitiva encabezada por el cardenal Leopoldo José Brenes y el nuncio apostólico Stanislaw Waldemar Sommertag se dirigieron a la parroquia, donde lograron que dejaran entrar las ambulancias para trasladar a los heridos, y negociar la salida de los estudiantes que permanecían atrincherados en el templo junto a tres periodistas y varios médicos y sacerdotes.

El ejército irregular de enmascarados entró a tiros en la Universidad Autónoma de Nicaragua con rifles militares y explosivos antitanques que lanzaron contra los estudiantes desarmados que se escondían tras las barricadas. Su única defensa eran los teléfonos por los que transmitieron en vivo esos últimos minutos y se despidieron llorando de sus madres. «¡Nos van a matar a todos!», gemía una chica entre lágrimas mientras le llovían balas por la cabeza. «Mamá, mamá, perdonadme, salí a defender mi patria». El teléfono pasaba de uno en uno, rostros tensos esperando el final. Junto a ella, otro chico igual de aterrorizado que prefería morir sereno se despedía cariñosamente de la suya «a la que no veo desde abril, cuando salí de Estelí. No me arrepiento de nada».

Imágenes tomadas junto a la Universidad Autónoma de Nicaragua. / Mercedes Gallego

El dictador que ha sembrado de muerte el país desde que surgieron las protestas hace tres meses secuestró todas las cadenas de televisión para que dieran en directo la celebración de su histórico «Repliegue», la operación táctica con la que un 27 de junio de 1979 los sandinistas se replegaron hasta Masaya y lograron dar después el golpe de gracia a la dictadura de Somoza. Mientras sus fieles le escoltaban triunfante con banderas sandinistas durante los 26 kilómetros que separan la capital de la ciudad rebelde recién reprimida, las redes sociales estallaban con los vídeos desesperados de los nietos de la revolución.

Casi 40 años después Ortega se ha convertido en el dictador contra el que luchó. Con lágrimas en los ojos, el cantautor Carlos Mejía Godoy le recordaba ante las cámaras la sangre de su hermano Camilo, asesinado y torturado durante la lucha contra Somoza, y le suplicaba sollozante «¡Daniel, detened esta masacre!». Como entonces le dijo Camilo a sus verdugos, «esta sangre te perseguirá hasta el final de tus días», parafraseó.

En la misma línea se pronuncia Juanita López Montengro, una mujer de 64 años que ha salido a la calle con unas cacerolas que golpea frente a policías encapuchados en la entrada de la Universidad Autónoma de Nicaragua. «Luché contra Somoza de joven junto a los sandinistas. Me da verguenza decirlo pero tengo el carné del frente sandinista. Nunca creí que fueran igual de asesinos que Somoza. Nosotros luchamos por el pueblo pobre, no para que una familia se enriqueciera y ahora estén matando a nuestra juventd. ¡No es posible! Que se vayan, ya no los queremos. Esto está fuera de toda lógica», se lamenta. Otro joven, llorando sobre una moto, narra a este periódico que no importa su historia, «nos importa que nuestros hijos puedan tener historia».

«Están enloquecidos por el poder»

No hubo compasión. La policía acordonó la zona para que el Ejército de paramilitares que ha construido persiguiera a tiros a los estudiantes, sin dejar pasar siquiera a las ambulancias que intentaban sacar a los heridos. Algunos se refugiaron en la Iglesia de la Divina Misericordia vecina al campus, sin que «el cristianismo social» que pregonaba el líder del malogrado sandinismo sirviera para frenar la masacre.

Unas 150 personas, muchas de ellas heridas, oraban dentro de la iglesia bajo las ráfagas intermitentes de los paramilitares -ya son 12 horas de asedio-, que no dejaron pasar ni al obispo auxiliar de Managua Silvio José Baez, que llegó acompañado de las organizaciones de derechos humanos. «¡En nombre de Dios le ruego que hable con Daniel Ortega para que detenga la represión de esta noche en Masaya y Managua!», suplicaba por Twitter al secretario general de la OEA Luis Almagro.

De la iglesia han sido liberados dos periodistas de los cuatro que permanecían encerrados -Ismael López, de la BBC, y Joshua Partlow, de The Washington Post-, después de que la embajada de EE UU haya negociado su salida. Quedan dentro José Noel Marenco, de 100% Noticias, y Sergio Marín, de La Mesa Redonda. Sin los estadounidenses dentro, los paramilitares no tuvieron reparos en prender fuego a la iglesia con los jóvenes dentro, aunque fue sofocado poco después. Mientras tanto, un millar de personas decidieron salir a las calles, hasta entonces desiertas, para plantar cara a los policías encapuchados que apuntan con rifles a todos loq ue se acercaron a la entrada de la universidad. «Las calles son nuestras, no para que nos maten», gritan ante la Policía, a la que ruegan: «Váyanse a sus casas a dormir y dejen salir a los chavales. Regresen con dignidad, despierten del embrujo».

Así de dramática era la situación en la noche más negra de la oscuridad en la que vive Nicaragua desde el pasado 19 de abril, con los jóvenes llamando a los consulados de diferentes países pidiendo la intervención de la comunidad internacional para salvar la vida. «Lo que Ortega quiere es regresar al 18 de abril como si nada hubiera pasado pero eso es imposible», dijo a este periódico el rector de la Universidad Cetroamericana (UCA) José Alberto Idiáquez. «Ortega y Rosario Murillo (su esposa y vicepresidenta) están enloquecidos por el poder. Hay un endiosamiento brutal».

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